Joludi Blog

Oct 19
Newton.
Lo habitual es ver una manzana caer. Lo inusual es preguntarse por qué.

Newton.

Lo habitual es ver una manzana caer. Lo inusual es preguntarse por qué.


Drácula.
La revista Time declaró en 2008 al zombie el monstruo oficial de la recesión. Es evidente que sigue mereciendo el título, pero ahora debería ser ex aequo con Drácula, cuyo enésimo avatar cinematográfico se ha estrenado en los cines hace unos días. Veo su publicidad por todas partes en la ciudad, junto a marquesinas y escaparates que muestran dead walkers, ante los que caminan, precisamente cual zombies, los viandantes ensimismados en sus pantallas de móvil.
Drácula simboliza bien la alienación que sufrimos a manos de un poder que seduce con el señuelo del bienestar.  Es el perfecto monstruo polimórfico, que cambia hábilmente de personalidad, y sabe transformarse de repulsivo quiróptero a elegante aristócrata. Su maldad es, como la del sistema socioeconómico que sufrimos, invisible a nuestros ojos. 
Drácula es además el necesario correlato de los zombies, y ambos representan la conversión del individuo y su trabajo en mera materia prima. 
La noción de zombificación es de origen africano, como el terrible virus que ha llegado al Hombre con el vuelo de algún murciélago fatal, y que insidiosamente ha penetrado en las estancias de nuestro inconsciente colectivo. Aún hoy en día, el zombie es algo casi real en el continente negro, y simboliza allí el pánico, justificado por la historia colonial, frente a la reducción del ser humano a un estado semi-animal, semi-vivo, a una criatura productiva pero infrahumana, sin razón, identidad, ni conciencia. A una commodity, en suma. Nollywood, el Hollywood de Nigeria, lanza cada mes decenas de películas con esta temática, es decir, la zombificación por dinero. 
Dráculas y zombies expresan conjuntamente la relación entre quienes mueven los hilos en el mundo, a través de los mecanismos de las finanzas, el control de las redes y los medios, y el hombre de a pie, que sufre la incertidumbre y el desgarro de un salario de subsistencia, si lo tiene, y una sobrevigilancia cada vez más opresora por parte del Estado y del Gran Hermano informático.
Zombies y dráculas son el trasunto mítico de los perroflautas, del Occupy Wall Street y de los nuevos descamisados, de Lehman Brothers, de Gowex, de las Cajas de Ahorros, de las troikas, de los banqueros corruptos, de la desigualdad social creciente, de los abusos, de las hipocresías, de la inigualable capacidad de mentir, seducir y explotar de los que nadan en el dinero en sus castillos de impunidad, de las incontables infamias de los poderosos de la Tierra. Y hasta de las famosas tarjetas “black”, si me apuras.
Curiosamente, además, Drácula prefigura también algo muy moderno y propio del sistema de mercado en su fase financiera, es decir, el poder de crear y manipular opiniones y estados de ánimo por parte de los medios de comunicación. 
Esta última observación comprendo que pueda sorprender, y quizá merezca la pena aclarar su sentido. ¿Qué puede tener que ver el mito de Drácula con el poder de los medios?
Pues Drácula es una elaboración literaria que realiza Stoker, un empresario teatral irlandés de los tiempos victorianos (es decir, de los tiempos en los que el motor de la Revolución Industrial funcionaba con la sangre de los operarios británicos de todo género y edad como combustible), a partir de algunos mitos y leyendas del folklore serbio (que no rumano). Leyendas tan antiguas como el mundo, que hunden su  origen en antiquísimas fabulaciones grecolatinas, como el pasaje de Homero en el que Ulises alimenta y revive a los muertos con la sangre de una cabra a la que sacrifica, o la que nos contaba Ovidio sobre aquellas aves destripaniños en sus cunas que huían de la alcoba gritando strix, strix, strix (lo que evoca el strega como bruja en italiano, el strigoi como vampiro en rumano o nuestro adjetivo estridente). 
Pero la singularidad de la obra de Stoker es que combina todo este patrimonio folclórico europeo con elementos rigurosamente históricos.
Ese elemento histórico se centra el Conde Vlad el Empalador, un señor feudal de Valaquia (que no de Transilvania), quien fue en esencia un buen estratega y héroe militar en las interminables batallas defensivas contra el avance turco (pero no consta en ningún documento que gustase de beber sangre ni cosa parecida). Fue un personaje brutal, sin duda, y sabemos que acostumbraba a empalar a la población civil pro-turca, para impresionar a las huestes de la Sublime Puerta, pero esto era algo usual en en aquellos tiempos tan difíciles de mediados del siglo XV, cuando Constantinopla acababa de caer en manos de los otomanos.
Entonces ¿de dónde nace la leyenda negra de un Vlad chupasangre y diabólico? Pues de la propaganda. Este valeroso Conde Vlad tuvo la mala fortuna de caer en desgracia ante su señor natural, el Rey de los Húngaros, Mathias Corvino. Y para justificar su captura, el monarca húngaro promovió la redacción y publicación de un panfleto anónimo en el que se acusaba al conde valaco de toda clase de perversiones. 
Aquel panfleto impreso en Buda en 1463, si no me equivoco, es por lo tanto el primer ejemplo de la Historia del poder de la imprenta al servicio de la creación artificial de verdades políticas útiles, conforme a fines más o menos inconfesables. Un incunable de la mentira mediática por tanto. La madre de todas las falsedades y manipulaciones impresas que hoy vemos en los medios de comunicación.
Por el momento me conformo con mencionar este curioso tema de aquel protolibelo que convirtió a un héroe nacional rumano y cristiano en el prototipo mismo del Mal. Lo que constituye una razón más para nominar a Drácula como monstruo del momento.
Pero, antes de terminar, permíteme contarte un pasaje en el panfleto de 1463 que me parece creible en esencia, y que tal vez merece la pena relatar.
Cuenta el autor del panfleto que una noche, Vlad invitó a cenar en su castillo a los centenares de nobles e hidalgos de su país que le debían homenaje feudal y obediencia. Cuando estaban todos sentados a la mesa, fue preguntando, uno por uno, a cuántos otros condes como él habían sobrevivido, hasta la fecha. Unos dijeron que a tres, otros que a dos, otros que a cinco…Nadie dijo que a ninguno.
Tras escuchar las respuestas, nos dice el panfleto, Vlad ordenó ejecutar inmediatamente a todos sus comensales, sin excepción.
La idea que estaba detrás era sencilla: sobrevivir al amo, en tiempos de guerra, es algo más factible si uno conoce y práctica las artes de la traición. 
Un lince, ese Vlad. Debía tener también unas cuantas tarjetas black de esas. 
 

Drácula.

La revista Time declaró en 2008 al zombie el monstruo oficial de la recesión. Es evidente que sigue mereciendo el título, pero ahora debería ser ex aequo con Drácula, cuyo enésimo avatar cinematográfico se ha estrenado en los cines hace unos días. Veo su publicidad por todas partes en la ciudad, junto a marquesinas y escaparates que muestran dead walkers, ante los que caminan, precisamente cual zombies, los viandantes ensimismados en sus pantallas de móvil.

Drácula simboliza bien la alienación que sufrimos a manos de un poder que seduce con el señuelo del bienestar.  Es el perfecto monstruo polimórfico, que cambia hábilmente de personalidad, y sabe transformarse de repulsivo quiróptero a elegante aristócrata. Su maldad es, como la del sistema socioeconómico que sufrimos, invisible a nuestros ojos. 

Drácula es además el necesario correlato de los zombies, y ambos representan la conversión del individuo y su trabajo en mera materia prima. 

La noción de zombificación es de origen africano, como el terrible virus que ha llegado al Hombre con el vuelo de algún murciélago fatal, y que insidiosamente ha penetrado en las estancias de nuestro inconsciente colectivo. Aún hoy en día, el zombie es algo casi real en el continente negro, y simboliza allí el pánico, justificado por la historia colonial, frente a la reducción del ser humano a un estado semi-animal, semi-vivo, a una criatura productiva pero infrahumana, sin razón, identidad, ni conciencia. A una commodity, en suma. Nollywood, el Hollywood de Nigeria, lanza cada mes decenas de películas con esta temática, es decir, la zombificación por dinero. 

Dráculas y zombies expresan conjuntamente la relación entre quienes mueven los hilos en el mundo, a través de los mecanismos de las finanzas, el control de las redes y los medios, y el hombre de a pie, que sufre la incertidumbre y el desgarro de un salario de subsistencia, si lo tiene, y una sobrevigilancia cada vez más opresora por parte del Estado y del Gran Hermano informático.

Zombies y dráculas son el trasunto mítico de los perroflautas, del Occupy Wall Street y de los nuevos descamisados, de Lehman Brothers, de Gowex, de las Cajas de Ahorros, de las troikas, de los banqueros corruptos, de la desigualdad social creciente, de los abusos, de las hipocresías, de la inigualable capacidad de mentir, seducir y explotar de los que nadan en el dinero en sus castillos de impunidad, de las incontables infamias de los poderosos de la Tierra. Y hasta de las famosas tarjetas “black”, si me apuras.

Curiosamente, además, Drácula prefigura también algo muy moderno y propio del sistema de mercado en su fase financiera, es decir, el poder de crear y manipular opiniones y estados de ánimo por parte de los medios de comunicación. 

Esta última observación comprendo que pueda sorprender, y quizá merezca la pena aclarar su sentido. ¿Qué puede tener que ver el mito de Drácula con el poder de los medios?

Pues Drácula es una elaboración literaria que realiza Stoker, un empresario teatral irlandés de los tiempos victorianos (es decir, de los tiempos en los que el motor de la Revolución Industrial funcionaba con la sangre de los operarios británicos de todo género y edad como combustible), a partir de algunos mitos y leyendas del folklore serbio (que no rumano). Leyendas tan antiguas como el mundo, que hunden su  origen en antiquísimas fabulaciones grecolatinas, como el pasaje de Homero en el que Ulises alimenta y revive a los muertos con la sangre de una cabra a la que sacrifica, o la que nos contaba Ovidio sobre aquellas aves destripaniños en sus cunas que huían de la alcoba gritando strix, strix, strix (lo que evoca el strega como bruja en italiano, el strigoi como vampiro en rumano o nuestro adjetivo estridente). 

Pero la singularidad de la obra de Stoker es que combina todo este patrimonio folclórico europeo con elementos rigurosamente históricos.

Ese elemento histórico se centra el Conde Vlad el Empalador, un señor feudal de Valaquia (que no de Transilvania), quien fue en esencia un buen estratega y héroe militar en las interminables batallas defensivas contra el avance turco (pero no consta en ningún documento que gustase de beber sangre ni cosa parecida). Fue un personaje brutal, sin duda, y sabemos que acostumbraba a empalar a la población civil pro-turca, para impresionar a las huestes de la Sublime Puerta, pero esto era algo usual en en aquellos tiempos tan difíciles de mediados del siglo XV, cuando Constantinopla acababa de caer en manos de los otomanos.

Entonces ¿de dónde nace la leyenda negra de un Vlad chupasangre y diabólico? Pues de la propaganda. Este valeroso Conde Vlad tuvo la mala fortuna de caer en desgracia ante su señor natural, el Rey de los Húngaros, Mathias Corvino. Y para justificar su captura, el monarca húngaro promovió la redacción y publicación de un panfleto anónimo en el que se acusaba al conde valaco de toda clase de perversiones. 

Aquel panfleto impreso en Buda en 1463, si no me equivoco, es por lo tanto el primer ejemplo de la Historia del poder de la imprenta al servicio de la creación artificial de verdades políticas útiles, conforme a fines más o menos inconfesables. Un incunable de la mentira mediática por tanto. La madre de todas las falsedades y manipulaciones impresas que hoy vemos en los medios de comunicación.

Por el momento me conformo con mencionar este curioso tema de aquel protolibelo que convirtió a un héroe nacional rumano y cristiano en el prototipo mismo del Mal. Lo que constituye una razón más para nominar a Drácula como monstruo del momento.

Pero, antes de terminar, permíteme contarte un pasaje en el panfleto de 1463 que me parece creible en esencia, y que tal vez merece la pena relatar.

Cuenta el autor del panfleto que una noche, Vlad invitó a cenar en su castillo a los centenares de nobles e hidalgos de su país que le debían homenaje feudal y obediencia. Cuando estaban todos sentados a la mesa, fue preguntando, uno por uno, a cuántos otros condes como él habían sobrevivido, hasta la fecha. Unos dijeron que a tres, otros que a dos, otros que a cinco…Nadie dijo que a ninguno.

Tras escuchar las respuestas, nos dice el panfleto, Vlad ordenó ejecutar inmediatamente a todos sus comensales, sin excepción.

La idea que estaba detrás era sencilla: sobrevivir al amo, en tiempos de guerra, es algo más factible si uno conoce y práctica las artes de la traición. 

Un lince, ese Vlad. Debía tener también unas cuantas tarjetas black de esas. 

 


Oct 18
La Hipótesis de Gaia.

Tengo un amigo que piensa que los virus son una forma de autodefensa por parte de Gaia; una reacción final antes de rendirse por completo frente al Hombre y la llamada civilización global. No se toma él a la ligera esa predicción de Stephen Hawkings en el sentido de que al planeta lo estamos acosando de tal modo que, si no se da alguna reacción, en 100 años se desvanecerá en nuestras manos.
Quién sabe. Los  virus como reacción de Gaia en defensa propia. Es una hipótesis que acaso tenga sentido. O tal vez solo es el fruto de largas y melancólicas noches de Otoño leyendo ora a Lovecraft ora a Lovelock.

La Hipótesis de Gaia.

Tengo un amigo que piensa que los virus son una forma de autodefensa por parte de Gaia; una reacción final antes de rendirse por completo frente al Hombre y la llamada civilización global. No se toma él a la ligera esa predicción de Stephen Hawkings en el sentido de que al planeta lo estamos acosando de tal modo que, si no se da alguna reacción, en 100 años se desvanecerá en nuestras manos.

Quién sabe. Los  virus como reacción de Gaia en defensa propia. Es una hipótesis que acaso tenga sentido. O tal vez solo es el fruto de largas y melancólicas noches de Otoño leyendo ora a Lovecraft ora a Lovelock.


Oct 16
Cisnes y riesgos
Es el nuevo hallazgo retórico: “el riesgo cero no existe”. 
La frase sirve estos días para justificar cualquier evento indeseado. Cualquier suceso que se supone deberíamos haber previsto o evitado. 
“El riesgo cero no existe”. He ahí un recurso verbal formidable que al parecer lo mismo vale para justificar un contagio que tal vez ha tenido lugar por falta de diligencia en los gestores sanitarios, como la caída inesperada de los árboles en un parque público que quizá no se está cuidando y vigilando como se debiera.
Así que, ya se sabe, cualesquiera que sean los agravios del opresor, las burlas del prepotente, los retrasos de la la justicia, las patadas con las que se compensa el paciente mérito, debemos conformarnos y resignarnos, puesto que, ya se sabe, el riesgo cero no existe…
Hamlet se quedaría perplejo y mudo ante la majestuosa frase. No proseguiría su quejumbroso soliloquio.
En realidad, no es cierto. El riesgo cero sí existe. Conceptualmente existe, sin duda. El riesgo de sacar una suma 13 en una tirada de dos dados ordinarios es cero.Y también existe el riesgo cero en el plano de la vida práctica. Pensemos por ejemplo en que si se clausuran las centrales nucleares, estaremos llevando a cero el riesgo de una catástrofe nuclear como la que ha tenido lugar hace no mucho en Japón. Más aún, frente a peligros de gran alcance y dimensiones acaso planetarias (como lo es una explosión en una central atómica) los teóricos sociales sostienen que precisamente lo que hay que hacer es evolucionar desde un enfoque de riesgos meramente probabilísticos (centrales nucleares de seguridad reforzada, por ejemplo) que siempre están abiertos a la aparición de los llamados "cisnes negros", hacia los riesgos determinísticos (cancelación de la energía nuclear y búsqueda de fuentes alternativas).
Pero, además, lo curioso es que el origen de esta ahora ubicua expresión “riesgo cero” no guarda relación con este uso que se está divulgando estos días. Es más bien al revés. El riesgo cero sí existe, y además es entendido como un problema clave de las sociedades contemporáneas.
La psicología social ha puesto de manifiesto que en esta cultura del miedo en la que vivimos, aspiramos irracionalmente a que los gobiernos reduzcan a cero todos aquellos riesgos que nos puedan afectar. Incluso los de carácter menor.
Y a menudo aceptamos, he ahí el problema, pagar precios demasiado altos por conseguir que ese riesgo sea cero. Así, el servicio meteorológico sobrevalorará y exagerará la probabilidad de un temporal de frío y la administración pondrá en marcha todas las alarmas posibles con tal de que sea cero el riesgo de que cientos de miles de automóviles se queden bloqueados en las carreteras, con el consiguiente coste político para los gobernantes. Ese fin de semana nos quedaremos en casa…por culpa del riesgo cero.
Del mismo modo, las crecientes medidas de seguridad, vigilancia y control de los ciudadanos van dando forma a un nuevo estado policial, precisamente porque el ciudadano medio parece estar dispuesto a aceptar esas medidas inquisitoriales. Todo ello en aras…del riesgo cero.
En el plano financiero, que esta mañana está tan de actualidad, se da algo parecido: los inversores son cada vez más temerosos y prefieren minimizar a toda costa los riesgos de pérdida, aunque ello implique renunciar irracionalmente a la mayor parte de sus posibles ganancias futuras, lo que representa un impacto letal en relación con el desarrollo económico y la salida de las recesiones (tal como ya estudiaron y formalizaron matemáticamente Tobin y Samuelson hace ya muchos años, sentando las bases del llamado Zero Risk Theorem). 
Hasta en el ámbito del márketing y la publicidad vemos cómo se manifiesta la la obsesión por el riesgo cero, pues al parecer nada “vende” mejor que ofrecer pruebas o compras “risk free”, lo que es solo otro modo de decir “zero risk”.
Y así todo.
El riesgo cero está ahí, claro que sí. En algunos casos porque indebidamente no lo garantizamos. Y en muchos otros porque indebidamente lo ansiamos.
Nos conformamos con riesgos no nulos allí donde los poderes públicos deberían garantizar una seguridad de tipo determinístico. Y nos mortificamos por conseguir un riesgo cero en aspectos menores de la vida cotidiana. Y esto a cualquier precio, con lo que vamos creando una sociedad del miedo, la fragilidad y la sobrevigilancia.

Cisnes y riesgos

Es el nuevo hallazgo retórico: “el riesgo cero no existe”. 

La frase sirve estos días para justificar cualquier evento indeseado. Cualquier suceso que se supone deberíamos haber previsto o evitado. 

El riesgo cero no existe”. He ahí un recurso verbal formidable que al parecer lo mismo vale para justificar un contagio que tal vez ha tenido lugar por falta de diligencia en los gestores sanitarios, como la caída inesperada de los árboles en un parque público que quizá no se está cuidando y vigilando como se debiera.

Así que, ya se sabe, cualesquiera que sean los agravios del opresor, las burlas del prepotente, los retrasos de la la justicia, las patadas con las que se compensa el paciente mérito, debemos conformarnos y resignarnos, puesto que, ya se sabe, el riesgo cero no existe…

Hamlet se quedaría perplejo y mudo ante la majestuosa frase. No proseguiría su quejumbroso soliloquio.

En realidad, no es cierto. El riesgo cero sí existe. Conceptualmente existe, sin duda. El riesgo de sacar una suma 13 en una tirada de dos dados ordinarios es cero.Y también existe el riesgo cero en el plano de la vida práctica. Pensemos por ejemplo en que si se clausuran las centrales nucleares, estaremos llevando a cero el riesgo de una catástrofe nuclear como la que ha tenido lugar hace no mucho en Japón. Más aún, frente a peligros de gran alcance y dimensiones acaso planetarias (como lo es una explosión en una central atómica) los teóricos sociales sostienen que precisamente lo que hay que hacer es evolucionar desde un enfoque de riesgos meramente probabilísticos (centrales nucleares de seguridad reforzada, por ejemplo) que siempre están abiertos a la aparición de los llamados "cisnes negros", hacia los riesgos determinísticos (cancelación de la energía nuclear y búsqueda de fuentes alternativas).

Pero, además, lo curioso es que el origen de esta ahora ubicua expresión “riesgo cero” no guarda relación con este uso que se está divulgando estos días. Es más bien al revés. El riesgo cero sí existe, y además es entendido como un problema clave de las sociedades contemporáneas.

La psicología social ha puesto de manifiesto que en esta cultura del miedo en la que vivimos, aspiramos irracionalmente a que los gobiernos reduzcan a cero todos aquellos riesgos que nos puedan afectar. Incluso los de carácter menor.

Y a menudo aceptamos, he ahí el problema, pagar precios demasiado altos por conseguir que ese riesgo sea cero. Así, el servicio meteorológico sobrevalorará y exagerará la probabilidad de un temporal de frío y la administración pondrá en marcha todas las alarmas posibles con tal de que sea cero el riesgo de que cientos de miles de automóviles se queden bloqueados en las carreteras, con el consiguiente coste político para los gobernantes. Ese fin de semana nos quedaremos en casa…por culpa del riesgo cero.

Del mismo modo, las crecientes medidas de seguridad, vigilancia y control de los ciudadanos van dando forma a un nuevo estado policial, precisamente porque el ciudadano medio parece estar dispuesto a aceptar esas medidas inquisitoriales. Todo ello en aras…del riesgo cero.

En el plano financiero, que esta mañana está tan de actualidad, se da algo parecido: los inversores son cada vez más temerosos y prefieren minimizar a toda costa los riesgos de pérdida, aunque ello implique renunciar irracionalmente a la mayor parte de sus posibles ganancias futuras, lo que representa un impacto letal en relación con el desarrollo económico y la salida de las recesiones (tal como ya estudiaron y formalizaron matemáticamente Tobin y Samuelson hace ya muchos años, sentando las bases del llamado Zero Risk Theorem). 

Hasta en el ámbito del márketing y la publicidad vemos cómo se manifiesta la la obsesión por el riesgo cero, pues al parecer nada “vende” mejor que ofrecer pruebas o compras “risk free”, lo que es solo otro modo de decir “zero risk”.

Y así todo.

El riesgo cero está ahí, claro que sí. En algunos casos porque indebidamente no lo garantizamos. Y en muchos otros porque indebidamente lo ansiamos.

Nos conformamos con riesgos no nulos allí donde los poderes públicos deberían garantizar una seguridad de tipo determinístico. Y nos mortificamos por conseguir un riesgo cero en aspectos menores de la vida cotidiana. Y esto a cualquier precio, con lo que vamos creando una sociedad del miedo, la fragilidad y la sobrevigilancia.


Oct 15
Peste.
En esa especie de fascinante diario íntimo que luego se convirtió en las “Meditaciones”, el más sabio y noble de los emperadores romanos hace una anotación comentando la terrible peste que se ha extendido por Roma y que ha terminado por contagiarle a él mismo: “…la destrucción de la inteligencia es una peste mucho mayor que una infección y alteración de este aire que está esparcido en torno nuestro…”
Diecisiete días después de escribir esto, Marco Aurelio moriría, víctima él también de la terrible epidemia que hoy conocemos como Plaga Antonina (o Plaga de Galeno). 
En aquella peste, que obligaba a sacar de Roma, malamente apilados en carros, más de dos mil cadáveres diarios, Gibbon quiso ver el verdadero origen y clave de la decadencia y caída del Imperio Romano. 
Lo que no queda claro es si el llamado primer historiador moderno se estaba refiriendo a la peste biológica o a esa fatal corrupción de la inteligencia que mencionaba el lúcido emperador/filósofo.

Peste.

En esa especie de fascinante diario íntimo que luego se convirtió en las “Meditaciones”, el más sabio y noble de los emperadores romanos hace una anotación comentando la terrible peste que se ha extendido por Roma y que ha terminado por contagiarle a él mismo: “…la destrucción de la inteligencia es una peste mucho mayor que una infección y alteración de este aire que está esparcido en torno nuestro…”

Diecisiete días después de escribir esto, Marco Aurelio moriría, víctima él también de la terrible epidemia que hoy conocemos como Plaga Antonina (o Plaga de Galeno). 

En aquella peste, que obligaba a sacar de Roma, malamente apilados en carros, más de dos mil cadáveres diarios, Gibbon quiso ver el verdadero origen y clave de la decadencia y caída del Imperio Romano. 

Lo que no queda claro es si el llamado primer historiador moderno se estaba refiriendo a la peste biológica o a esa fatal corrupción de la inteligencia que mencionaba el lúcido emperador/filósofo.


La Cuarta Pata del Toro.
Durante la cena, degustando unos espléndidos burritos veganos preparados por Michael, hablamos sobre la prodigiosa eclosión del míedo irracional y el ciego egoismo que ha desencadenado la llegada del virus a nuestro entorno próximo. Comentamos noticias lacerantes, como la de ese enfermero a cuyos hijos tratan de estigmatizar en el colegio por el simple hecho de que su padre cuida, valerosamente, a un enfermo de Ebola.
Aprovechando estos comentarios, y el hecho de que mientras cenamos tengo una audiencia razonablemente cautiva, me lanzo a hablar sobre la diferencia de la concepción cronólogica y cosmogónica entre Occidente y la India.
En Occidente, nuestra idea del Tiempo es lineal y ascendente. 
Tendemos a pensar que, pese a los diferentes avatares y retrocesos, la Historia y el Hombre van evolucionando desde lo imperfecto a lo perfecto, en una especie de línea esencialmente recta que partiendo de la nada o del caos ha de llevarnos hasta no se sabe muy bien dónde, pero siempre en pasos firmes que avanzan y progresan por definición. Axiomáticamente.
En la antropología hindú las cosas se ven de modo totalmente opuesto. La Historia del Universo no traza líneas rectas, sino circulares. Y no se concibe nada en absoluto como una idea de progreso ontológico, sino más bien todo lo contrario, en ciclos de destrucción que se suceden sin fin y que se diría evocan extrañamente la noción física de aumento de la entropía.
En esa cosmología tradicional hindú, el mundo atraviesa cuatro edades o “yugas” que transcurren a lo largo de una trayectoria regresiva. Se comienza con el amanecer de una especie de edad dorada, similar al antiguo mito grecorromano, y se termina con una catástrofe final que dará origen a un nuevo universo, creado por un nuevo demiurgo. El ciclo es virtualmente interminable, pues mil “yugas” apenas forman un solo kalpa, es decir, una jornada en la vida de Brahma, delegado en el mundo del Dios supremo y eterno. Y tengamos en cuenta que la vida de Brahma debe extenderse por mil kalpas, sabiendo además que, entre yuga y yuga, Brahma siempre duerme una plácida siesta, durante la cual el universo y la historia quedan en suspenso.
Pero lo que nos interesa es lo que ocurre en cada uno de esos ciclos de cuatro “yugas”. En esencia, cada ciclo es concebido como la aniquilación progresiva y por fases, de un Toro Cósmico (equivalente al Tauro de nuestra tradición astrológica). Ese Toro simboliza la Ley Universal, el dharma, y va perdiendo en cada edad o yuga una de sus cuatro patas, que a su vez representan los cuatro elementos de la Ley Universal.
De acuerdo con esta tradición hindú, nosotros nos encontramos ahora en la última yuga, la peor de cada ciclo, la kaliyuga o yuga de Kali, que es la deidad maligna. Al término de esta yuga, que se inició en el 3102 a.c, los hindúes piensan que se manifestarán terribles desastres, se alterará “la sequedad y el hielo”, y las aguas llegarán hasta el Cielo en una especie de pralaya o diluvio universal muy similar al de la tradición sumeria y judaica (no faltará, al timón de su barca salvadora, cargada de especies vivas, el correspondiente Noé, que entre los hindúes se llamará Manu).
En esta kaliyuga, el toro místico del dharma ya solo se apoya en una de sus patas. Ha perdido las otras tres, que son la Verdad, la No Violencia, el Dominio de Sí Mismo. Le queda solo una de sus  extremidades. 
Esa cuarta pata, la única que ya sostiene el frágil mundo en estos momentos, de acuerdo con la religiosidad hindú, es precisamente la Generosidad. 
 

La Cuarta Pata del Toro.

Durante la cena, degustando unos espléndidos burritos veganos preparados por Michael, hablamos sobre la prodigiosa eclosión del míedo irracional y el ciego egoismo que ha desencadenado la llegada del virus a nuestro entorno próximo. Comentamos noticias lacerantes, como la de ese enfermero a cuyos hijos tratan de estigmatizar en el colegio por el simple hecho de que su padre cuida, valerosamente, a un enfermo de Ebola.

Aprovechando estos comentarios, y el hecho de que mientras cenamos tengo una audiencia razonablemente cautiva, me lanzo a hablar sobre la diferencia de la concepción cronólogica y cosmogónica entre Occidente y la India.

En Occidente, nuestra idea del Tiempo es lineal y ascendente. 

Tendemos a pensar que, pese a los diferentes avatares y retrocesos, la Historia y el Hombre van evolucionando desde lo imperfecto a lo perfecto, en una especie de línea esencialmente recta que partiendo de la nada o del caos ha de llevarnos hasta no se sabe muy bien dónde, pero siempre en pasos firmes que avanzan y progresan por definición. Axiomáticamente.

En la antropología hindú las cosas se ven de modo totalmente opuesto. La Historia del Universo no traza líneas rectas, sino circulares. Y no se concibe nada en absoluto como una idea de progreso ontológico, sino más bien todo lo contrario, en ciclos de destrucción que se suceden sin fin y que se diría evocan extrañamente la noción física de aumento de la entropía.

En esa cosmología tradicional hindú, el mundo atraviesa cuatro edades o “yugas” que transcurren a lo largo de una trayectoria regresiva. Se comienza con el amanecer de una especie de edad dorada, similar al antiguo mito grecorromano, y se termina con una catástrofe final que dará origen a un nuevo universo, creado por un nuevo demiurgo. El ciclo es virtualmente interminable, pues mil “yugas” apenas forman un solo kalpa, es decir, una jornada en la vida de Brahma, delegado en el mundo del Dios supremo y eterno. Y tengamos en cuenta que la vida de Brahma debe extenderse por mil kalpas, sabiendo además que, entre yuga y yuga, Brahma siempre duerme una plácida siesta, durante la cual el universo y la historia quedan en suspenso.

Pero lo que nos interesa es lo que ocurre en cada uno de esos ciclos de cuatro “yugas”. En esencia, cada ciclo es concebido como la aniquilación progresiva y por fases, de un Toro Cósmico (equivalente al Tauro de nuestra tradición astrológica). Ese Toro simboliza la Ley Universal, el dharma, y va perdiendo en cada edad o yuga una de sus cuatro patas, que a su vez representan los cuatro elementos de la Ley Universal.

De acuerdo con esta tradición hindú, nosotros nos encontramos ahora en la última yuga, la peor de cada ciclo, la kaliyuga o yuga de Kali, que es la deidad maligna. Al término de esta yuga, que se inició en el 3102 a.c, los hindúes piensan que se manifestarán terribles desastres, se alterará “la sequedad y el hielo”, y las aguas llegarán hasta el Cielo en una especie de pralaya o diluvio universal muy similar al de la tradición sumeria y judaica (no faltará, al timón de su barca salvadora, cargada de especies vivas, el correspondiente Noé, que entre los hindúes se llamará Manu).

En esta kaliyuga, el toro místico del dharma ya solo se apoya en una de sus patas. Ha perdido las otras tres, que son la Verdad, la No Violencia, el Dominio de Sí Mismo. Le queda solo una de sus  extremidades. 

Esa cuarta pata, la única que ya sostiene el frágil mundo en estos momentos, de acuerdo con la religiosidad hindú, es precisamente la Generosidad. 

 


Clichés.
No se si todos los marcos son incomparables. O si todos los favores son flacos. O si todas las protestas deben ser enérgicas. Pero quizá sea cierto que todos los demonios son familiares.

Clichés.

No se si todos los marcos son incomparables. O si todos los favores son flacos. O si todas las protestas deben ser enérgicas. Pero quizá sea cierto que todos los demonios son familiares.


Oct 12
Evolución.
Hay quien está convencido de que en todo laberinto encontrará una salida.
Otros creen, no sin razón, que ningún laberinto tiene salida, porque quien sale, propiamente, ya es otro hombre.

Finalmente, hay algunos que piensan que toda salida acaba por encontrar su propio laberinto. Esta es la visión más pesimista. Y acaso la más cierta.

Evolución.

Hay quien está convencido de que en todo laberinto encontrará una salida.

Otros creen, no sin razón, que ningún laberinto tiene salida, porque quien sale, propiamente, ya es otro hombre.

Finalmente, hay algunos que piensan que toda salida acaba por encontrar su propio laberinto. Esta es la visión más pesimista. Y acaso la más cierta.


Pandemia.
La palabra pandemia, que ahora, y solo ahora, empezamos a escuchar a menudo, en una muestra de hasta qué punto el terror irracional frente al mal que viene de fuera y el ciego egoismo lo transforma todo, incluso el sentido de los vocablos, era, entre los antiguos griegos, una hermosa palabra, relacionada con el amor; más exactamente con la fascinante capacidad del amor humano para invadirnos y llegar a todas partes. El término “pandemia” se convirtió además en uno de los dos “alias” de la diosa Afrodita o Venus, que tenía, por decirlo así, dos personalidades o vertientes, la divina, que era Venus Urania y la humana, que era precisamente Venus Pandemia. Qué lástima que esta bella palabra griega haya pasado de simbolizar el principio generador de vida, el amor humano, a denotar el principio generador de miedo y muerte, de inhumano egoismo.
 
 

Pandemia.

La palabra pandemia, que ahora, y solo ahora, empezamos a escuchar a menudo, en una muestra de hasta qué punto el terror irracional frente al mal que viene de fuera y el ciego egoismo lo transforma todo, incluso el sentido de los vocablos, era, entre los antiguos griegos, una hermosa palabra, relacionada con el amor; más exactamente con la fascinante capacidad del amor humano para invadirnos y llegar a todas partes. El término “pandemia” se convirtió además en uno de los dos “alias” de la diosa Afrodita o Venus, que tenía, por decirlo así, dos personalidades o vertientes, la divina, que era Venus Urania y la humana, que era precisamente Venus Pandemia. Qué lástima que esta bella palabra griega haya pasado de simbolizar el principio generador de vida, el amor humano, a denotar el principio generador de miedo y muerte, de inhumano egoismo.

 

 


Estrellas sin luz.
Hace cuatro años, Barroso decía que se estaba produciendo una revolución silenciosa en términos de crecimiento del poder económico central de Bruselas (Discurso  en el Instituto Europeo de Florencia, Junio 2010). Esa predicción se ha hecho realidad. Y hoy en día los burócratas de la Unión Europea, marionetas de poderes financieros y sociales superiores, ejercen tiránicamente su poder económico sobre cientos de millones de aturdidos ciudadanos, ante la indigna dejación de soberanía de los gobiernos nacionales. Esto ya lo empezamos a intuir cuando vimos asombrados cómo esos burócratas impusieron, a la orden de ya, incluso cambios constitucionales en España y en Italia para garantizar el principio de equilibrio presupuestario. Desde allí hasta aquí, todo ha ido a más. Debería estar ya claro que la idea europea, que para los españoles fue durante mucho tiempo un horizonte de esperanza frente a un régimen reaccionario, ha pasado súbitamente de ser la solución a ser el problema. Y lo asombroso es que sigamos tolerando esta tiranía financiera global que ha encontrado en Bruselas su plataforma perfecta para imponer la desigualdad y el derribo del Estado del Bienestar. Las estrellitas de la bandera de la Unión han perdido para siempre su lustre, y más bien configuran ahora un camino hacia una nueva forma, sutil y eficientísima, de dictadura.

Estrellas sin luz.

Hace cuatro años, Barroso decía que se estaba produciendo una revolución silenciosa en términos de crecimiento del poder económico central de Bruselas (Discurso  en el Instituto Europeo de Florencia, Junio 2010). Esa predicción se ha hecho realidad. Y hoy en día los burócratas de la Unión Europea, marionetas de poderes financieros y sociales superiores, ejercen tiránicamente su poder económico sobre cientos de millones de aturdidos ciudadanos, ante la indigna dejación de soberanía de los gobiernos nacionales. Esto ya lo empezamos a intuir cuando vimos asombrados cómo esos burócratas impusieron, a la orden de ya, incluso cambios constitucionales en España y en Italia para garantizar el principio de equilibrio presupuestario. Desde allí hasta aquí, todo ha ido a más. Debería estar ya claro que la idea europea, que para los españoles fue durante mucho tiempo un horizonte de esperanza frente a un régimen reaccionario, ha pasado súbitamente de ser la solución a ser el problema. Y lo asombroso es que sigamos tolerando esta tiranía financiera global que ha encontrado en Bruselas su plataforma perfecta para imponer la desigualdad y el derribo del Estado del Bienestar. Las estrellitas de la bandera de la Unión han perdido para siempre su lustre, y más bien configuran ahora un camino hacia una nueva forma, sutil y eficientísima, de dictadura.


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