Joludi Blog

Jul 26
Elisabeth
Me pide Agustín, mientras cenamos al fresco, que le cuente alguna cosa de la Emperatriz Elisabeth de Baviera. Necesita, para el lunes, algunos datos clave sobre ella, más allá de la abundante documentación que es fácil encontrar sobre su vida. 
Animado por el Moscato d’Asti que amablemente ha traído a casa, le empiezo diciendo que el hipocorístico de la Kaiserin, Sissi, no le hace a este fascinante personaje ninguna justicia. 
Sissi nos sugiere conformismo femenino y hasta cursilería. Pero en realidad, Sissi debería representar todo lo contrario. Su biografía es un monumento a la rebeldía en su más amplio sentido, y, contra lo que pudiera pensarse, esta mujer bien podría ser un adalid de la lucha por la libertad y la igualdad de género.
Quiso rebelarse Sissi frente a su destino como Emperatriz de Austria. Quiso rebelarse frente a su presunta pertenencia al sexo débil y a su condición de mera consorte. Quiso rebelarse frente a su propio cuerpo y sus requerimientos. Finalmente quiso rebelarse frente a la mismísima muerte.
Se rebeló frente a su destino imperial negándose a participar de las farsas y rigores de la corte austriaca, y llevando una vida absolutamente independiente. Viajaba sola por el mundo, desde Funchal a Merano. Navegaba. Tenía su propio círculo de amistades. No tenía el menor interés en hacerle el juego a su esposo, el Emperador Francisco José, tan entretenido con sus diferentes amantes. 
Se rebeló frente a la idea de pertenecer al sexo débil, empeñándose en practicar incluso deportes de cierto riesgo. Montaba a caballo como un consumado jinete profesional y solo interrumpió esa pasión cuando se rompió los huesos en una terrible caída, galopando temerariamente por la campiña inglesa.
Se rebeló frente a su condición de mera consorte. Defendió con uñas y dientes los derechos de su querida nación húngara frente a la hegemonía austriaca, y consiguió establecer para los magyares un estatus político de nación que persiste hasta la fecha. Lo hizo enfrentándose a fuerzas muy poderosas del establishment de Viena y en particular a su odiada suegra, la archiduquesa Sophia.
Se rebeló frente a los requerimientos de su propio cuerpo, negándose a seguir el modelo de mujer más bien entrada en carnes que primaba en su época. Ayunaba habitualmente hasta rozar la anorexia. Apenas se alimentaba de otra cosa que no fuesen los concentrados de carne.
Finalmente, y quizá lo más significativo, Elisabeth se rebeló frente a la muerte. Luigi Lucheni, el anarquista italiano que se acercó a ella, mientras paseaba junto al lago Leman en compañía de una vieja condesa húngara, consiguió clavarle en pleno corazón un estilete de sección triangular, cuidadosamente preparado para producir la muerte en la víctima. 
Sin embargo, Elisabeth también se negó a morir. Con el corazón partido, tal vez como lo había tenido durante toda su vida, siguió caminando por el muelle como si tal cosa, ante los ojos atónitos de su asesino. Subió por el embarcadero hasta el yate y solo cuando el barco había soltado amarras alguien se dió cuenta de que por su pecho manaba sangre. 
Esa rebelión, la última de todas, ya no le fue dado llevarla a cabo. Tal vez subiéndose, herida de muerte, a aquel último barco de su vida, quería burlar una vez más su propio destino. Zarpar en busca de una libertad que el estilete ensangrentado había conjurado. No lo consiguió. 
O quizá sí, porque ya inconsciente y agonizando, los marineros la llevaron hasta un hospital de Ginebra sobre una camilla improvisada con dos remos. El destino la concedió por tanto el privilegio de salir de este mundo a bordo de su propia nave.
Escribía mucha poesía, comparándose a menudo con una gaviota que sobrevolaba el océano. Adoraba a Heine, que era un proscrito en todo el Imperio, y cuyas obras estaban rigurosamente perseguidas por las autoridades austríacas. Y tal como proclamaba el propio Heine, hizo de la rebeldía y la pasión por la libertad una forma de religión. Una religión de un tiempo nuevo, al que ella sentía que ya pertenecía.

Elisabeth

Me pide Agustín, mientras cenamos al fresco, que le cuente alguna cosa de la Emperatriz Elisabeth de Baviera. Necesita, para el lunes, algunos datos clave sobre ella, más allá de la abundante documentación que es fácil encontrar sobre su vida.

Animado por el Moscato d’Asti que amablemente ha traído a casa, le empiezo diciendo que el hipocorístico de la Kaiserin, Sissi, no le hace a este fascinante personaje ninguna justicia.

Sissi nos sugiere conformismo femenino y hasta cursilería. Pero en realidad, Sissi debería representar todo lo contrario. Su biografía es un monumento a la rebeldía en su más amplio sentido, y, contra lo que pudiera pensarse, esta mujer bien podría ser un adalid de la lucha por la libertad y la igualdad de género.

Quiso rebelarse Sissi frente a su destino como Emperatriz de Austria. Quiso rebelarse frente a su presunta pertenencia al sexo débil y a su condición de mera consorte. Quiso rebelarse frente a su propio cuerpo y sus requerimientos. Finalmente quiso rebelarse frente a la mismísima muerte.

Se rebeló frente a su destino imperial negándose a participar de las farsas y rigores de la corte austriaca, y llevando una vida absolutamente independiente. Viajaba sola por el mundo, desde Funchal a Merano. Navegaba. Tenía su propio círculo de amistades. No tenía el menor interés en hacerle el juego a su esposo, el Emperador Francisco José, tan entretenido con sus diferentes amantes. 

Se rebeló frente a la idea de pertenecer al sexo débil, empeñándose en practicar incluso deportes de cierto riesgo. Montaba a caballo como un consumado jinete profesional y solo interrumpió esa pasión cuando se rompió los huesos en una terrible caída, galopando temerariamente por la campiña inglesa.

Se rebeló frente a su condición de mera consorte. Defendió con uñas y dientes los derechos de su querida nación húngara frente a la hegemonía austriaca, y consiguió establecer para los magyares un estatus político de nación que persiste hasta la fecha. Lo hizo enfrentándose a fuerzas muy poderosas del establishment de Viena y en particular a su odiada suegra, la archiduquesa Sophia.

Se rebeló frente a los requerimientos de su propio cuerpo, negándose a seguir el modelo de mujer más bien entrada en carnes que primaba en su época. Ayunaba habitualmente hasta rozar la anorexia. Apenas se alimentaba de otra cosa que no fuesen los concentrados de carne.

Finalmente, y quizá lo más significativo, Elisabeth se rebeló frente a la muerte. Luigi Lucheni, el anarquista italiano que se acercó a ella, mientras paseaba junto al lago Leman en compañía de una vieja condesa húngara, consiguió clavarle en pleno corazón un estilete de sección triangular, cuidadosamente preparado para producir la muerte en la víctima. 

Sin embargo, Elisabeth también se negó a morir. Con el corazón partido, tal vez como lo había tenido durante toda su vida, siguió caminando por el muelle como si tal cosa, ante los ojos atónitos de su asesino. Subió por el embarcadero hasta el yate y solo cuando el barco había soltado amarras alguien se dió cuenta de que por su pecho manaba sangre. 

Esa rebelión, la última de todas, ya no le fue dado llevarla a cabo. Tal vez subiéndose, herida de muerte, a aquel último barco de su vida, quería burlar una vez más su propio destino. Zarpar en busca de una libertad que el estilete ensangrentado había conjurado. No lo consiguió. 

O quizá sí, porque ya inconsciente y agonizando, los marineros la llevaron hasta un hospital de Ginebra sobre una camilla improvisada con dos remos. El destino la concedió por tanto el privilegio de salir de este mundo a bordo de su propia nave.

Escribía mucha poesía, comparándose a menudo con una gaviota que sobrevolaba el océano. Adoraba a Heine, que era un proscrito en todo el Imperio, y cuyas obras estaban rigurosamente perseguidas por las autoridades austríacas. Y tal como proclamaba el propio Heine, hizo de la rebeldía y la pasión por la libertad una forma de religión. Una religión de un tiempo nuevo, al que ella sentía que ya pertenecía.


Duelos, máscaras, superpoderes…
Me dice Marta que le intriga que Batman, tan de actualidad esta semana pasada, sea huérfano, al igual que la mayoría de los héroes de los comics y de los protagonistas de los films de Disney. También le llama la atención que casi siempre estos héroes como Batman tengan una doble personalidad, que posean extraños superpoderes y, por último, que estén siempre obsesionados por salvar al mundo.
¿Por qué esto tiene que ser siempre así? ¿Es una falta de imaginación de los guionistas? ¿Es que se copian unos a otros? ¿No puede haber otro tipo de superhéroes?
En realidad, le comento, las cuatro cosas (orfandad, máscara, superpoderes e impulso redentor) están relacionadas de manera profunda entre sí y son un rasgo común de casi todos los héroes populares. Son rasgos que responden a una pauta antropológica universal. La misma pauta que encontramos repetida una y otra vez en los mitos, leyendas, fábulas y cuentos populares de innumerables culturas del mundo. Y por supuesto también en los comics de Marvel o las superproducciones de Hollywood.
La explicación es que la narrativa de los héroes gira siempre en torno a la primera y más decisiva crisis que afecta al ser humano en su desarrollo individual, en esa odisea que le va llevando, accidentada y tortuosamente, desde la infancia a la madurez. 
Ese gran asunto no es otro sino el terrible duelo por la separación del ámbito parental de total protección que nos acoge cuando nacemos.
La orfandad del héroe es un presupuesto indispensable para que el niño que llevamos dentro, ese niño atormentado por la pérdida de los padres, pueda identificarse con la historia y ver en el superhéroe una proyección de su drama interior, de su tragedia íntima de desarraigo existencial.
A su vez, la doble identidad también está relacionada con ese cataclismo interior de la separación parental. Lo que el superhéroe oculta es precisamente la cara de su dolor íntimo. La máscara es la máscara de su duelo. El disfraz es el disfraz de su tormento.
En cuanto a los poderes extraordinarios, se trata de los mismos poderes que el niño veía en los padres. Para el niño, los padres son verdaderos gigantes. Tienen una estatura inmensa. Se desplazan de un lugar a otro a una velocidad portentosa. Pueden levantar fácilmente objetos de un peso descomunal. Incluso, piensa el niño, a menudo son capaces de leer sus propios pensamientos y anticiparse a sus deseos…
Los poderes del superhéroe son simplemente los poderes de los padres.
Finalmente, el afán del héroe por salvar el mundo está relacionado con el sentido de culpa que el niño padece en su camino hacia la individuacion. Un sentido de culpa derivado precisamente del hecho de no haber sido capaz de mantenerse en el maravilloso mundo de la protección parental. El héroe (y con él nuestro niño interior que se proyecta en sus aventuras) alivia su culpabilidad colocando al mundo entero en el lugar de sus padres perdidos. Entonces, trata de rescatar ese mundo, como alternativa a la imposibilidad de rescatar a sus padres. Asume grandes riesgos en esa odisea de redención, uno tras otro, justamente porque siente que de alguna manera debe expiar, debe ser castigado por el delito inefable de haber sobrevivido a los padres. 
Para querer salvar el mundo, el héroe ha de ser imperativamente huérfano. Y trata de salvar al mundo justamente para revertir esa orfandad de la que él mismo se siente, en lo profundo de su ser, el verdadero responsable.
Batman es ejemplar en todos estos rasgos. Huérfano, desolado, confuso en cuanto a su verdadera identidad y su lugar en el mundo, y obsesionado por expiar a toda costa su culpa salvando al género humano. Sobrelleva con dolor contenido la ausencia prematura de sus padres, como Rómulo y Remo, Edipo, Beowulf, Huck Finn, Copperfield, Tarzán, Bambi, Potter o Froddo. Se dota de doble personalidad y se muestra enmascarado detrás de un disfraz, como el Zorro, el Capitán América, Spiderman o Iron Man. Es valeroso hasta la temeridad como todos ellos.
Batman es el molde o modelo ejemplar del superhéroe. No cumple ahora 75 años, sino tal vez 75 milenios. Porque Batman y su peripecia personal es tan eterno como el hombre mismo. Sus aventuras, aunque quizá no seamos muy conscientes de ello, son nuestras propias aventuras. Batman soy yo. Batman eres tú.

Duelos, máscaras, superpoderes…

Me dice Marta que le intriga que Batman, tan de actualidad esta semana pasada, sea huérfano, al igual que la mayoría de los héroes de los comics y de los protagonistas de los films de Disney. También le llama la atención que casi siempre estos héroes como Batman tengan una doble personalidad, que posean extraños superpoderes y, por último, que estén siempre obsesionados por salvar al mundo.

¿Por qué esto tiene que ser siempre así? ¿Es una falta de imaginación de los guionistas? ¿Es que se copian unos a otros? ¿No puede haber otro tipo de superhéroes?

En realidad, le comento, las cuatro cosas (orfandad, máscara, superpoderes e impulso redentor) están relacionadas de manera profunda entre sí y son un rasgo común de casi todos los héroes populares. Son rasgos que responden a una pauta antropológica universal. La misma pauta que encontramos repetida una y otra vez en los mitos, leyendas, fábulas y cuentos populares de innumerables culturas del mundo. Y por supuesto también en los comics de Marvel o las superproducciones de Hollywood.

La explicación es que la narrativa de los héroes gira siempre en torno a la primera y más decisiva crisis que afecta al ser humano en su desarrollo individual, en esa odisea que le va llevando, accidentada y tortuosamente, desde la infancia a la madurez. 

Ese gran asunto no es otro sino el terrible duelo por la separación del ámbito parental de total protección que nos acoge cuando nacemos.

La orfandad del héroe es un presupuesto indispensable para que el niño que llevamos dentro, ese niño atormentado por la pérdida de los padres, pueda identificarse con la historia y ver en el superhéroe una proyección de su drama interior, de su tragedia íntima de desarraigo existencial.

A su vez, la doble identidad también está relacionada con ese cataclismo interior de la separación parental. Lo que el superhéroe oculta es precisamente la cara de su dolor íntimo. La máscara es la máscara de su duelo. El disfraz es el disfraz de su tormento.

En cuanto a los poderes extraordinarios, se trata de los mismos poderes que el niño veía en los padres. Para el niño, los padres son verdaderos gigantes. Tienen una estatura inmensa. Se desplazan de un lugar a otro a una velocidad portentosa. Pueden levantar fácilmente objetos de un peso descomunal. Incluso, piensa el niño, a menudo son capaces de leer sus propios pensamientos y anticiparse a sus deseos…

Los poderes del superhéroe son simplemente los poderes de los padres.

Finalmente, el afán del héroe por salvar el mundo está relacionado con el sentido de culpa que el niño padece en su camino hacia la individuacion. Un sentido de culpa derivado precisamente del hecho de no haber sido capaz de mantenerse en el maravilloso mundo de la protección parental. El héroe (y con él nuestro niño interior que se proyecta en sus aventuras) alivia su culpabilidad colocando al mundo entero en el lugar de sus padres perdidos. Entonces, trata de rescatar ese mundo, como alternativa a la imposibilidad de rescatar a sus padres. Asume grandes riesgos en esa odisea de redención, uno tras otro, justamente porque siente que de alguna manera debe expiar, debe ser castigado por el delito inefable de haber sobrevivido a los padres. 

Para querer salvar el mundo, el héroe ha de ser imperativamente huérfano. Y trata de salvar al mundo justamente para revertir esa orfandad de la que él mismo se siente, en lo profundo de su ser, el verdadero responsable.

Batman es ejemplar en todos estos rasgos. Huérfano, desolado, confuso en cuanto a su verdadera identidad y su lugar en el mundo, y obsesionado por expiar a toda costa su culpa salvando al género humano. Sobrelleva con dolor contenido la ausencia prematura de sus padres, como Rómulo y Remo, Edipo, Beowulf, Huck Finn, Copperfield, Tarzán, Bambi, Potter o Froddo. Se dota de doble personalidad y se muestra enmascarado detrás de un disfraz, como el Zorro, el Capitán América, Spiderman o Iron Man. Es valeroso hasta la temeridad como todos ellos.

Batman es el molde o modelo ejemplar del superhéroe. No cumple ahora 75 años, sino tal vez 75 milenios. Porque Batman y su peripecia personal es tan eterno como el hombre mismo. Sus aventuras, aunque quizá no seamos muy conscientes de ello, son nuestras propias aventuras. Batman soy yo. Batman eres tú.


Jul 23
Por lo mismo.

Cuenta Cicerón, en De Republica, una anécdota referida a Alejandro Magno, que casi medio milenio después será citada por San Agustín, buen lector de Marco Tulio. Es la historia de un pirata particularmente feroz, un criminal que hacía cundir el pánico entre los que cruzaban el mar, y al que llevaron ante el caudillo macedonio. Este, preguntó al sujeto por qué aterrorizaba los mares con su barco pirata. “Por lo mismo que usted aterroriza el mundo entero, contestó el pirata con acritud”. 
No sabemos si después de la contundente réplica, el pirata osó también añadir a su respuesta algunas de las muchas masacres que su interlocutor, al que llamamos por convenio el Grande, había perpetrado. Pudo por ejemplo haber citado el asesinato masivo de la población del Punjab por las huestes de Alejandro. O la destrucción completa del gran Palacio Real de Persépolis, con todos sus habitantes en el interior, en medio de una atroz borrachera de alcohol y sangre, de esas a las que tanta afición tenía el Grande. O, por supuesto, el terrible sitio de Gaza en el 332 a.c, al que siguió la matanza total de la población masculina por parte de las tropas griegas y  la venta de todas las mujeres y niños gazatíes como esclavos.
Me ha venido varias veces a la cabeza esta vieja anécdota que sitúa en plano de igualdad al vulgar pirata y al gran general. Tal vez porque vivimos tiempos en los parece haberse difuminado por completo la ya muy delgada línea que se diría separaba, al menos nominalmente, el puro terror, la barbarie, y el crimen masivo, de lo que podría ser la acción legítima de un Estado de Derecho.

Por lo mismo.

Cuenta Cicerón, en De Republica, una anécdota referida a Alejandro Magno, que casi medio milenio después será citada por San Agustín, buen lector de Marco Tulio. Es la historia de un pirata particularmente feroz, un criminal que hacía cundir el pánico entre los que cruzaban el mar, y al que llevaron ante el caudillo macedonio. Este, preguntó al sujeto por qué aterrorizaba los mares con su barco pirata. “Por lo mismo que usted aterroriza el mundo entero, contestó el pirata con acritud”.

No sabemos si después de la contundente réplica, el pirata osó también añadir a su respuesta algunas de las muchas masacres que su interlocutor, al que llamamos por convenio el Grande, había perpetrado. Pudo por ejemplo haber citado el asesinato masivo de la población del Punjab por las huestes de Alejandro. O la destrucción completa del gran Palacio Real de Persépolis, con todos sus habitantes en el interior, en medio de una atroz borrachera de alcohol y sangre, de esas a las que tanta afición tenía el Grande. O, por supuesto, el terrible sitio de Gaza en el 332 a.c, al que siguió la matanza total de la población masculina por parte de las tropas griegas y  la venta de todas las mujeres y niños gazatíes como esclavos.

Me ha venido varias veces a la cabeza esta vieja anécdota que sitúa en plano de igualdad al vulgar pirata y al gran general. Tal vez porque vivimos tiempos en los parece haberse difuminado por completo la ya muy delgada línea que se diría separaba, al menos nominalmente, el puro terror, la barbarie, y el crimen masivo, de lo que podría ser la acción legítima de un Estado de Derecho.


Jul 20
Fungible.
Marta me pide que le explique el significado de la rara y fea palabra fungible, que he usado en un post reciente, al referirme a la concepción del don de la vida entre los antiguos griegos. Le reprocho, refunfuñando, que me pregunte el significado de un término, teniendo tan estupendos diccionarios en casa. Y le digo que si otorgase a los libros que tenemos una décima parte del tiempo que gasta en su móvil, se convertiría rápidamente en una persona muy sabia.
Fungible, le explico, es aquello que se termina cuando lo usamos o disfrutamos. 
En realidad todo en la vida es fungible, me adelanto a aclarar, ante la esperable objeción, pero hay cosas más fungibles que otras. Un pastel es esencialmente fungible. No lo es la cuchara con la que nos lo comemos. O más bien no lo es en igual medida.
En el mundo del Derecho, se usa el término fungible para referirse a aquellas cosas que, a efectos jurídicos, pueden sustituirse con facilidad por otras equivalentes. 
Ocurre que, en general, las cosas que se terminan cuando las disfrutamos, tienden a ser cosas fácilmente sustituibles por otras virtualmente idénticas, y por eso el Derecho las llama fungibles. 
La fungibilidad de las cosas facilita la creación de un mercado para ellas, y el establecimiento de precios de referencia, lo que hace posible la transmisión de dichas cosas, la mercantilización de los objetos. Por eso, cuando yo me refería a la vida como algo fungible, en mi referencia al mito griego de Admeto y Alceste, quería decir que, en cierto sentido, para los griegos, la vida era como un trozo de hilo que nos conceden las Moiras y que se puede transmitir de unos a otros, como quien transmite un saco de trigo. Yo dejo de disfrutar mi vida, y te la traspaso a tí. Yo me quedo sin mi vida, pero tú la tienes, Mors mea, vita tua (esto tiene además algo de actualidad, sin duda, por el tema de las donaciones de órganos y los transplantes, algo que por lo tanto, y en cierto modo, supo anticipar la mitología griega, como tantas otras cosas).
Así que este es el sentido en el que yo usé la dichosa palabra fungible, tan cara a los juristas. Estoy de acuerdo con Marta en que es una palabra rara y fea, pero no encontré otra para expresar lo que yo quería sobre la noción griega de la fungibilidad de la vida. 
Además, si bien fea, es una palabra muy interesante. Fungible proviene, en primera instancia, del latín fungor, que significa ejecutar, cumplir, concluir algo. Esto nos lleva a palabras como disfrutar, y también a términos como función, que en matemáticas indica el acto de ejecutar, de llevar a cabo, de dar fin a una operación cualquiera, (o a un conjunto de operaciones), sobre una variable independiente, al objeto de obtener la variable dependiente. 
También, la misma raiz latina de fungor tiene relación con el término “difunto”, en el sentido de que quien ha muerto, precisamente ha gastado o disfrutado de su vida.
Es fascinante esta vinculación lingüística entre la vida y la muerte. Entre el disfrute y el fin del disfrute. Pero es que esto es precisamente la esencia de la fungibilidad, como dije más arriba. Y es una relación lingüística que en última instancia proviene del primitivo indoeuropeo. En sánscrito, por ejemplo, la raíz bheug (lo podríamos pronunciar fug), que es el antepasado verbal remoto de fungor y fungible, significa al mismo tiempo disfrutar y concluir. Y aún hoy, entre los sikhs, el  bhog es justamente el acto de cumplir adecuadamente con los ritos funerarios, de poner punto final a una existencia. Curiosa (y sabia) esta vinculación lingüística entre la vida y la muerte, como si fuesen el anverso y el reverso de una misma moneda. Los psicoanalistas sabran interpretar muy bien esta vinculación verbal.
Así que es en este sentido interesantísimo de cosa fungible, es en el que Admeto recibe el terrible don de Apolo. Puede obtener vida, si consigue que alguien se la transmita. Puede evitar la muerte si alguien accede a dar la suya por él. Y esto solo es capaz de hacerlo su amada Alceste.
Creo que usé adecuadamente la palabra, por lo tanto.
Pero, cabe decir, que además del mito de Admeto, hay otras muchas narraciones de la antigua Grecia que sugieren esta idea tan profundamente arraigada en el alma primitiva helénica. Por ejemplo, el mito de la inmortalidad parcial de los Dioscuros, que en alguna ocasión también he comentado aquí.
O un maravilloso cuentecito tradicional griego que nos habla de un tiempo en el que todas las criaturas tenían una duración de la vida muy parecida: hombres, caballos, bueyes, perros…Un día de invierno, durante una terrible tormenta, el caballo, el buey y el perro buscan refugio en la cabaña del hombre. Allí pasan una noche, y al amanecer, cuando ha concluido la tempestad, cada uno de los huéspedes quiere agradecer al hombre su hospitalidad y es así como deciden cederle parte de sus vidas. Con ello, la vida del hombre se hace más larga que la de todos sus huéspedes. Pero esto explica también que en la juventud, el hombre sea tan fogoso como un caballo, que se tranquilice y asiente como un buey pastueño cuando la madurez va llegando, y que más adelante acabe siendo un ser un tanto malhumorado y gruñón, tal como yo lo he sido al reprochar a Marta por no utilizar más a menudo el diccionario, ese objeto que ya, ay, se diría pertenece al ámbito de la paleontología. 

Fungible.

Marta me pide que le explique el significado de la rara y fea palabra fungible, que he usado en un post reciente, al referirme a la concepción del don de la vida entre los antiguos griegos. Le reprocho, refunfuñando, que me pregunte el significado de un término, teniendo tan estupendos diccionarios en casa. Y le digo que si otorgase a los libros que tenemos una décima parte del tiempo que gasta en su móvil, se convertiría rápidamente en una persona muy sabia.

Fungible, le explico, es aquello que se termina cuando lo usamos o disfrutamos. 

En realidad todo en la vida es fungible, me adelanto a aclarar, ante la esperable objeción, pero hay cosas más fungibles que otras. Un pastel es esencialmente fungible. No lo es la cuchara con la que nos lo comemos. O más bien no lo es en igual medida.

En el mundo del Derecho, se usa el término fungible para referirse a aquellas cosas que, a efectos jurídicos, pueden sustituirse con facilidad por otras equivalentes.

Ocurre que, en general, las cosas que se terminan cuando las disfrutamos, tienden a ser cosas fácilmente sustituibles por otras virtualmente idénticas, y por eso el Derecho las llama fungibles. 

La fungibilidad de las cosas facilita la creación de un mercado para ellas, y el establecimiento de precios de referencia, lo que hace posible la transmisión de dichas cosas, la mercantilización de los objetos. Por eso, cuando yo me refería a la vida como algo fungible, en mi referencia al mito griego de Admeto y Alceste, quería decir que, en cierto sentido, para los griegos, la vida era como un trozo de hilo que nos conceden las Moiras y que se puede transmitir de unos a otros, como quien transmite un saco de trigo. Yo dejo de disfrutar mi vida, y te la traspaso a tí. Yo me quedo sin mi vida, pero tú la tienes, Mors mea, vita tua (esto tiene además algo de actualidad, sin duda, por el tema de las donaciones de órganos y los transplantes, algo que por lo tanto, y en cierto modo, supo anticipar la mitología griega, como tantas otras cosas).

Así que este es el sentido en el que yo usé la dichosa palabra fungible, tan cara a los juristas. Estoy de acuerdo con Marta en que es una palabra rara y fea, pero no encontré otra para expresar lo que yo quería sobre la noción griega de la fungibilidad de la vida. 

Además, si bien fea, es una palabra muy interesante. Fungible proviene, en primera instancia, del latín fungor, que significa ejecutar, cumplir, concluir algo. Esto nos lleva a palabras como disfrutar, y también a términos como función, que en matemáticas indica el acto de ejecutar, de llevar a cabo, de dar fin a una operación cualquiera, (o a un conjunto de operaciones), sobre una variable independiente, al objeto de obtener la variable dependiente. 

También, la misma raiz latina de fungor tiene relación con el término “difunto”, en el sentido de que quien ha muerto, precisamente ha gastado o disfrutado de su vida.

Es fascinante esta vinculación lingüística entre la vida y la muerte. Entre el disfrute y el fin del disfrute. Pero es que esto es precisamente la esencia de la fungibilidad, como dije más arriba. Y es una relación lingüística que en última instancia proviene del primitivo indoeuropeo. En sánscrito, por ejemplo, la raíz bheug (lo podríamos pronunciar fug), que es el antepasado verbal remoto de fungor y fungible, significa al mismo tiempo disfrutar y concluir. Y aún hoy, entre los sikhs, el  bhog es justamente el acto de cumplir adecuadamente con los ritos funerarios, de poner punto final a una existencia. Curiosa (y sabia) esta vinculación lingüística entre la vida y la muerte, como si fuesen el anverso y el reverso de una misma moneda. Los psicoanalistas sabran interpretar muy bien esta vinculación verbal.

Así que es en este sentido interesantísimo de cosa fungible, es en el que Admeto recibe el terrible don de Apolo. Puede obtener vida, si consigue que alguien se la transmita. Puede evitar la muerte si alguien accede a dar la suya por él. Y esto solo es capaz de hacerlo su amada Alceste.

Creo que usé adecuadamente la palabra, por lo tanto.

Pero, cabe decir, que además del mito de Admeto, hay otras muchas narraciones de la antigua Grecia que sugieren esta idea tan profundamente arraigada en el alma primitiva helénica. Por ejemplo, el mito de la inmortalidad parcial de los Dioscuros, que en alguna ocasión también he comentado aquí.

O un maravilloso cuentecito tradicional griego que nos habla de un tiempo en el que todas las criaturas tenían una duración de la vida muy parecida: hombres, caballos, bueyes, perros…Un día de invierno, durante una terrible tormenta, el caballo, el buey y el perro buscan refugio en la cabaña del hombre. Allí pasan una noche, y al amanecer, cuando ha concluido la tempestad, cada uno de los huéspedes quiere agradecer al hombre su hospitalidad y es así como deciden cederle parte de sus vidas. Con ello, la vida del hombre se hace más larga que la de todos sus huéspedes. Pero esto explica también que en la juventud, el hombre sea tan fogoso como un caballo, que se tranquilice y asiente como un buey pastueño cuando la madurez va llegando, y que más adelante acabe siendo un ser un tanto malhumorado y gruñón, tal como yo lo he sido al reprochar a Marta por no utilizar más a menudo el diccionario, ese objeto que ya, ay, se diría pertenece al ámbito de la paleontología. 


Tafois kekoniamenois.

Ahora se lleva mucho la camisa blanca entre los que aspiran al poder. Sánchez y Madina han hecho toda su campaña casi sin quitársela. 
Es una moda que inauguró Obama, evocando las célebres camisas blancas de los Kennedy, quienes a menudo se despojaban de la chaqueta para dar mucha imagen de energía y proactividad. 
Obama ha sabido explotar muy bien esa iconografía consagrada de la camisa blanca kennediana, con esas mangas tan descuidadamente recogidas (muy importante). 
Luego ha venido Matteo Renzi, imitando el estilo camiseril de Obama. Con gran éxito de público y crítica.
Y ahora se visten de camisa blanca estos candidatos de hipotética izquierda que reconocen sin pudor ver en el condottiero italiano un perfecto modelo a seguir. Y en Obama, claro está.
Camisa blanca. Librea de meeting. Uniforme de rottamatore. Seña de identidad de político de nueva generación y de presunta vocación progresista. 
La cosa tiene una explicación. Llevar estas camisas blancas mal remangadas y sin corbata transmite un claro mensaje subliminal (sub-limen, por debajo del límite, debajo del nivel de la conciencia). A saber: ojo, votante, esta camisa te indica que yo llevo normalmente traje y corbata, es decir, no soy un perroflauta o un friki; soy del sistema, no te vayas a creer; lo que pasa es que, una cosa no quita la otra, también me mola el buen rollito de izquierdas; soy un tío majo y currante, de verdad…pero soy una persona de orden, en última instancia. Te puedes fiar de mí. Si quiero me pongo la chaqueta y la corbata y ya está…
Es eso, básicamente. La potente semiótica de la camisa blanca remangada. Una camisa blanca que adicionalmente transmite una idea de la impecable limpieza moral en el candidato, algo muy necesario en estos tiempos. Pero esto último es un truco muy viejo. Ya lo usaban los romanos, que vestían con togas completamente blanqueadas con tiza (candidae togae) a los que se debatían en el cursus honoris en busca de algún puesto. No se si va a colar. Y además, a mí me recuerda, no se por qué, aquello tan expresivo que alguien mas autorizado que yo dedicó a los escribas y fariseos de su tiempo. Me refiero a eso de de τάφοις κεκονιαμένοις, es decir sepulcros blanqueados, tal vez bellos por fuera pero llenos, por dentro, de huesos y restos del pasado…

Tafois kekoniamenois.

Ahora se lleva mucho la camisa blanca entre los que aspiran al poder. Sánchez y Madina han hecho toda su campaña casi sin quitársela.

Es una moda que inauguró Obama, evocando las célebres camisas blancas de los Kennedy, quienes a menudo se despojaban de la chaqueta para dar mucha imagen de energía y proactividad. 

Obama ha sabido explotar muy bien esa iconografía consagrada de la camisa blanca kennediana, con esas mangas tan descuidadamente recogidas (muy importante). 

Luego ha venido Matteo Renzi, imitando el estilo camiseril de Obama. Con gran éxito de público y crítica.

Y ahora se visten de camisa blanca estos candidatos de hipotética izquierda que reconocen sin pudor ver en el condottiero italiano un perfecto modelo a seguir. Y en Obama, claro está.

Camisa blanca. Librea de meeting. Uniforme de rottamatore. Seña de identidad de político de nueva generación y de presunta vocación progresista. 

La cosa tiene una explicación. Llevar estas camisas blancas mal remangadas y sin corbata transmite un claro mensaje subliminal (sub-limen, por debajo del límite, debajo del nivel de la conciencia). A saber: ojo, votante, esta camisa te indica que yo llevo normalmente traje y corbata, es decir, no soy un perroflauta o un friki; soy del sistema, no te vayas a creer; lo que pasa es que, una cosa no quita la otra, también me mola el buen rollito de izquierdas; soy un tío majo y currante, de verdad…pero soy una persona de orden, en última instancia. Te puedes fiar de mí. Si quiero me pongo la chaqueta y la corbata y ya está…

Es eso, básicamente. La potente semiótica de la camisa blanca remangada. Una camisa blanca que adicionalmente transmite una idea de la impecable limpieza moral en el candidato, algo muy necesario en estos tiempos. Pero esto último es un truco muy viejo. Ya lo usaban los romanos, que vestían con togas completamente blanqueadas con tiza (candidae togae) a los que se debatían en el cursus honoris en busca de algún puesto. No se si va a colar. Y además, a mí me recuerda, no se por qué, aquello tan expresivo que alguien mas autorizado que yo dedicó a los escribas y fariseos de su tiempo. Me refiero a eso de de τάφοις κεκονιαμένοις, es decir sepulcros blanqueados, tal vez bellos por fuera pero llenos, por dentro, de huesos y restos del pasado…


The Happiness Valley
De acuerdo con una reciente normativa, hasta los niños más pequeños, cuando van por el parque con su minúscula bicicleta de ruedines, deben usar casco. Si no lo hacen, sus padres se exponen  a una multa de nada menos que 200 euros. 
Esto es otro pintoresco ejemplo de cómo consentimos que los gobiernos nos sobreprotejan y nos expolien a la vez. Aceptamos que nos dirijan y controlen la vida hasta límites que rayan en lo ridículo. Y aceptamos que además nos despojen por ello. 
El tema este del casco en la bicicleta con ruedines tiene además algo de simbólico. Cuando un niño se sube a una bicicleta por primera vez, se produce su mágico encuentro con la libertad. Poco tiempo antes, iba en un cochecito, amarrado. Pero ahora va solo. Puede girar a izquierda y derecha. Dirigirse a donde quiera. Hasta tocar el timbre. Es su primera intuición de que su vida puede estar en sus manos, y no en la de los demás. Tal vez por eso, con los primeros pasos sobre la bici, iniciamos un idilio que dura muchos años. 
Pero ahora, le calzamos a la criatura un casco. Para empezar. Para que vaya comprendiendo de qué va el asunto. 
Hemos creado un sistema de poder que nos exprime, pero eso sí, lo hace vigilándonos noche y día. Y velando hipócritamente por nuestra seguridad y hasta nuestra felicidad, pese a que, por ejemplo, no tiene escrúpulos en financiarse con la lucrativa y mortífera industria del tabaco (7 mil millones de euros vale hoy la marca Winston, acabo de leer, en plena época de las falaces campañas anti-nicotina, lo que resulta sumamente significativo ). 
Felices y seguros a la fuerza nos quieren hacer, como en aquel hilarante episodio de Monty Python, The Happiness Valley, en el que vemos cómo en el país de los hombres seguros y jocosos a la fuerza, juzgan a un pobre ciudadano por el delito de no haber sido feliz durante 5 minutos. El juez, partiéndose de risa, como el resto de los asistentes al juicio, le condena a ser colgado en la horca, por lo menos hasta que se anime un poco…

The Happiness Valley

De acuerdo con una reciente normativa, hasta los niños más pequeños, cuando van por el parque con su minúscula bicicleta de ruedines, deben usar casco. Si no lo hacen, sus padres se exponen  a una multa de nada menos que 200 euros.

Esto es otro pintoresco ejemplo de cómo consentimos que los gobiernos nos sobreprotejan y nos expolien a la vez. Aceptamos que nos dirijan y controlen la vida hasta límites que rayan en lo ridículo. Y aceptamos que además nos despojen por ello. 

El tema este del casco en la bicicleta con ruedines tiene además algo de simbólico. Cuando un niño se sube a una bicicleta por primera vez, se produce su mágico encuentro con la libertad. Poco tiempo antes, iba en un cochecito, amarrado. Pero ahora va solo. Puede girar a izquierda y derecha. Dirigirse a donde quiera. Hasta tocar el timbre. Es su primera intuición de que su vida puede estar en sus manos, y no en la de los demás. Tal vez por eso, con los primeros pasos sobre la bici, iniciamos un idilio que dura muchos años. 

Pero ahora, le calzamos a la criatura un casco. Para empezar. Para que vaya comprendiendo de qué va el asunto. 

Hemos creado un sistema de poder que nos exprime, pero eso sí, lo hace vigilándonos noche y día. Y velando hipócritamente por nuestra seguridad y hasta nuestra felicidad, pese a que, por ejemplo, no tiene escrúpulos en financiarse con la lucrativa y mortífera industria del tabaco (7 mil millones de euros vale hoy la marca Winston, acabo de leer, en plena época de las falaces campañas anti-nicotina, lo que resulta sumamente significativo ). 

Felices y seguros a la fuerza nos quieren hacer, como en aquel hilarante episodio de Monty Python, The Happiness Valley, en el que vemos cómo en el país de los hombres seguros y jocosos a la fuerza, juzgan a un pobre ciudadano por el delito de no haber sido feliz durante 5 minutos. El juez, partiéndose de risa, como el resto de los asistentes al juicio, le condena a ser colgado en la horca, por lo menos hasta que se anime un poco…


Jul 19
Bicis, fados y mitos.
De tres cosas no me canso nunca: de bicis, de fados y de mitos. Hasta el punto que mis hijas a menudo se toman la triple obsesión a broma. No lo busques, está pedaleando. Otra vez nos va a poner fados en el coche. Cuidado que ahora nos suelta otra de mitos griegos.
Tienen razón. Especialmente con esto último. Los mitos griegos me fascinan desde que tengo uso de razón (de lo cual no hace mucho, si acaso). Quizá doy la lata demasiado con ellos a mis amigos y familia. Tengo que reconsiderar el asunto.
Pero es que a veces me provocan. Hace unos días a Marta no se le ocurrió otra cosa que preguntarme por mi narración mitológica favorita, entre las muchas que le voy contando. Error fatal. Esta es la mía, me dije.
Le expliqué a Marta que no tengo un mito favorito, sino tres. Y los tres hablan de las dos cosas más importantes que dan sentido no solo a la mitología griega, sino seguramente al arte, a la literatura, al pensamiento y a la vida…A saber, el amor y la muerte. O mejor dicho, el poder del amor, y el miedo a la muerte. Y la relación entre ambos.
Pero cada uno de esos tres mitos griegos que tengo por favoritos, habla del amor y de la muerte de una manera diferente. 
En uno de ellos, la muerte es implacable, y el amor casi no aparece. En otro, la muerte está a punto de ser vencida por el amor, pero este flaquea ante el poder del ego y la vanidad. En el tercero, en cambio, la muerte es, en cierto modo, vencida por el amor. 
Es una trilogía perfecta.
Mi primer mito es el de Sísifo, el piel de cabra, el hijo del Viento, el padre de Ulises. Sísifo es el más astuto de los hombres de su tiempo, de ahí su nombre, que se relaciona con sofos, sabio. Negociante sin escrúpulos. Tramposo. Hedonista. Está casado con Mérope, la única de las Pléyades que aceptó casarse con un un mortal. Pero a la bellísima Mérope, que incluso enloqueció a Zeus, apenas Sísifo le hace caso. La pasión de Sísifo es más bien por el comercio, el engaño, el dinero. Un día, la Muerte, cómo no, llama a la puerta de Sísifo. Pero este intenta engañarla. Es su estilo. Primeramente le ofrece dinero. Pero la Muerte se niega. Si lo aceptase, solo los ricos podrían vivir indefinidamente, y eso sería injusto. Entonces, Sísifo trama una treta para burlar a la Parca. Lo hace indicando previamente a Mérope que no le haga funerales tras su inminente muerte. De este modo, cuando Sísifo llega al Infierno, le explica a Hades que es indispensable su retorno, un día o dos, para castigar adecuadamente a su esposa por no haber cumplido con los ritos funerarios habituales tras el óbito de su esposo, crimen supremo donde los haya. Hades cede y Sísifo retorna al mundo de los vivos. Y si te he visto no me acuerdo. Nuestro héroe se larga a Corinto y se da la gran vida. Hasta que la Muerte vuelve a por él, y lo hace particularmente enfadada por el engaño. El castigo será terrible. Lo conocemos todos. Sísifo pasará la Eternidad empujando una enorme piedra hasta la cima de una colina. Tan solo para ver cómo vuelve a caer una vez consigue llevarla hasta arriba.
En mi segundo mito griego favorito, nos encontramos con Orfeo. Orfeo también nos lleva al tema de la Muerte, pero ya en este caso como algo plenamente entrelazado con el Amor. Orfeo, el músico divino, el hijo de Apolo, pierde a su amada esposa Eurídice, pero por amor baja hasta el Tártaro en su búsqueda y la rescata. Sin embargo, en el camino de retorno, Orfeo, tal vez ensimismado en su música, tal vez demasiado pagado de sí mismo y el poder de su arte, olvida la norma ancestral de no mirar a los muertos y provoca la segunda muerte de su amada. Se queda en una ya inevitable orfandad. De ahí su nombre.
El tercero de mis mitos nos habla de un gran héroe heleno: Admeto, el domador (de ahí su nombre, del verbo damnemí, domar). Es el joven que consigue la mano de la bellísima Alceste la hija del rey Yolco, a quien su padre no quería casar bajo ningún concepto. Pero el bravo Admeto consigue llevar a cabo la imposible proeza que el padre de la princesa había fijado como condición para renunciar a su hija: uncir un jabalí y un león. Cumplida la hazaña, Admeto y Alceste se casan, felices. Pero el lecho nupcial, la noche de bodas, aparece lleno de serpientes, lo que resulta el peor de los presagios para la pareja. Solo augura muerte. Y en efecto, la Muerte no tarda en acudir en busca de su próxima presa, el bravo y apuesto Admeto. Pero ocurre que Admeto resultaba ser un protegido de Apolo (Cuando Apolo se enemistó con Zeus, fue exiliado al mundo de los mortales, y el dios pasó una temporada en la casa de Admeto, como huésped). Así que Apolo le ofreció un regalo salvador a su amigo. Le obsequió con el don de poder cambiar su vida por la de otro mortal. Admeto se horrorizó ante esto. Pero no tenía otra opción que aceptar el presente. Los regalos de los dioses no se pueden rechazar bajo ningún concepto. Entonces Admeto, melancólicamente, buscó, entre parientes y amigos, alguien que quisiera morir por él. Pero nadie aceptó. Ni siquiera su padre que, indignado, le dijo que ya bastaba con haberle dado una vez la vida, como para que le exigiera otra vez lo mismo. Faltaría más. Así que Admeto se resignó a morir. Mas no contaba con el infinito amor de su esposa, que afirmó estar decidida a ir al Infierno por él. Y así ocurrió, dejando sin embargo a Admeto en el desconsuelo supremo. La vida, así, no merecía la pena. 
Fue entonces cuando los dioses se apiadaron de los dos enamorados separados por la Muerte, y enviaron a Hércules a resolver la cuestión. Siempre aparece Hércules en los momentos más dramáticos de la mitología griega. Hércules baja hasta el reino tenebroso de Hades, se enfrenta a él, lo vence, y recupera a Alceste, que vuelve así con su amado Admeto. Es el más feliz de los finales para nuestra romántica historia.
Son tres mitos fascinantes y llenos de sabias alegorías. El primero nos habla de la vanidad y vacuidad de las cosas mundanas. De poco vale ser el más listo de los hombres, conseguir éxito, riquezas o fama. Todo eso, si no hay nada más, es arar en el agua o subir una y otra vez una gran piedra hasta lo alto de una montaña. Sísifo es el símbolo del hombre moderno, engreído, pagado de sí mismo, volcado en conseguir absurdos avances técnicos que crean enormes problemas, los cuales a su vez requerirán de nuevos avances para ser resueltos. Y así indefinidamente.
El segundo de los mitos nos habla de la capacidad del arte, la poesía y la belleza para enfrentarse a la Muerte y conseguir casi vencerla. Pero el arte, cuando se ensimisma, puede conducir al egoismo, y hace olvidar el amor. Orfeo también nos habla del error de la nostalgia, del pecado de vivir mirando siempre hacia atrás. No basta el arte. No basta el recuerdo. Con eso solo no se vence a la Muerte.
El tercero de los mitos, el de Admeto y Alceste, es la más bella historia de amor jamás contada y es al mismo tiempo es una reflexión sobre los grandes problemas de la vida. Sugiere que el verdadero amor conyugal, a la postre, está por encima de cualquier otro amor, y es el único amor capaz incluso de enfrentarse a la Muerte y de vencerla. Y también suscita muchos pensamientos inquietantes. Suscita reflexiones sobre la vida, que no parece ser otra cosa sino un regalo que nos hacen las Moiras (moira=trozo, parte), o sea, en cierto modo por la Muerte misma. Un pedacito de existencia que nos es ofrecido generosamente a los que antes de nacer no existíamos, claro está. Un regalo que tal vez incluso podríamos intercambiar con otros semejantes, hasta tal punto puede verse como algo fungible, particularmente en estos tiempos en los que hacemos donaciones de órganos y transplantes que arrebatan su presa a la muerte en muchos casos.
Sísifo, Orfeo y Admeto. Mis tres mitos griegos favoritos. Yo pienso mucho en ellos. Doy muchas vueltas en torno a estas narraciones inmortales, creadas por la sabiduría infinita de un pueblo único. Y lo hago mientras voy en mi bicicleta por el Guadarrama. O mientras escucho en mi jardín, bajo las estrellas, las canciones de Mariza, a quien anoche, como he dicho, en el Price, escuché arrobado y agradecido, cantar sublimes poemas de amor, de saudade y de vida.

Bicis, fados y mitos.

De tres cosas no me canso nunca: de bicis, de fados y de mitos. Hasta el punto que mis hijas a menudo se toman la triple obsesión a broma. No lo busques, está pedaleando. Otra vez nos va a poner fados en el coche. Cuidado que ahora nos suelta otra de mitos griegos.

Tienen razón. Especialmente con esto último. Los mitos griegos me fascinan desde que tengo uso de razón (de lo cual no hace mucho, si acaso). Quizá doy la lata demasiado con ellos a mis amigos y familia. Tengo que reconsiderar el asunto.

Pero es que a veces me provocan. Hace unos días a Marta no se le ocurrió otra cosa que preguntarme por mi narración mitológica favorita, entre las muchas que le voy contando. Error fatal. Esta es la mía, me dije.

Le expliqué a Marta que no tengo un mito favorito, sino tres. Y los tres hablan de las dos cosas más importantes que dan sentido no solo a la mitología griega, sino seguramente al arte, a la literatura, al pensamiento y a la vida…A saber, el amor y la muerte. O mejor dicho, el poder del amor, y el miedo a la muerte. Y la relación entre ambos.

Pero cada uno de esos tres mitos griegos que tengo por favoritos, habla del amor y de la muerte de una manera diferente. 

En uno de ellos, la muerte es implacable, y el amor casi no aparece. En otro, la muerte está a punto de ser vencida por el amor, pero este flaquea ante el poder del ego y la vanidad. En el tercero, en cambio, la muerte es, en cierto modo, vencida por el amor.

Es una trilogía perfecta.

Mi primer mito es el de Sísifo, el piel de cabra, el hijo del Viento, el padre de Ulises. Sísifo es el más astuto de los hombres de su tiempo, de ahí su nombre, que se relaciona con sofos, sabio. Negociante sin escrúpulos. Tramposo. Hedonista. Está casado con Mérope, la única de las Pléyades que aceptó casarse con un un mortal. Pero a la bellísima Mérope, que incluso enloqueció a Zeus, apenas Sísifo le hace caso. La pasión de Sísifo es más bien por el comercio, el engaño, el dinero. Un día, la Muerte, cómo no, llama a la puerta de Sísifo. Pero este intenta engañarla. Es su estilo. Primeramente le ofrece dinero. Pero la Muerte se niega. Si lo aceptase, solo los ricos podrían vivir indefinidamente, y eso sería injusto. Entonces, Sísifo trama una treta para burlar a la Parca. Lo hace indicando previamente a Mérope que no le haga funerales tras su inminente muerte. De este modo, cuando Sísifo llega al Infierno, le explica a Hades que es indispensable su retorno, un día o dos, para castigar adecuadamente a su esposa por no haber cumplido con los ritos funerarios habituales tras el óbito de su esposo, crimen supremo donde los haya. Hades cede y Sísifo retorna al mundo de los vivos. Y si te he visto no me acuerdo. Nuestro héroe se larga a Corinto y se da la gran vida. Hasta que la Muerte vuelve a por él, y lo hace particularmente enfadada por el engaño. El castigo será terrible. Lo conocemos todos. Sísifo pasará la Eternidad empujando una enorme piedra hasta la cima de una colina. Tan solo para ver cómo vuelve a caer una vez consigue llevarla hasta arriba.

En mi segundo mito griego favorito, nos encontramos con Orfeo. Orfeo también nos lleva al tema de la Muerte, pero ya en este caso como algo plenamente entrelazado con el Amor. Orfeo, el músico divino, el hijo de Apolo, pierde a su amada esposa Eurídice, pero por amor baja hasta el Tártaro en su búsqueda y la rescata. Sin embargo, en el camino de retorno, Orfeo, tal vez ensimismado en su música, tal vez demasiado pagado de sí mismo y el poder de su arte, olvida la norma ancestral de no mirar a los muertos y provoca la segunda muerte de su amada. Se queda en una ya inevitable orfandad. De ahí su nombre.

El tercero de mis mitos nos habla de un gran héroe heleno: Admeto, el domador (de ahí su nombre, del verbo damnemí, domar). Es el joven que consigue la mano de la bellísima Alceste la hija del rey Yolco, a quien su padre no quería casar bajo ningún concepto. Pero el bravo Admeto consigue llevar a cabo la imposible proeza que el padre de la princesa había fijado como condición para renunciar a su hija: uncir un jabalí y un león. Cumplida la hazaña, Admeto y Alceste se casan, felices. Pero el lecho nupcial, la noche de bodas, aparece lleno de serpientes, lo que resulta el peor de los presagios para la pareja. Solo augura muerte. Y en efecto, la Muerte no tarda en acudir en busca de su próxima presa, el bravo y apuesto Admeto. Pero ocurre que Admeto resultaba ser un protegido de Apolo (Cuando Apolo se enemistó con Zeus, fue exiliado al mundo de los mortales, y el dios pasó una temporada en la casa de Admeto, como huésped). Así que Apolo le ofreció un regalo salvador a su amigo. Le obsequió con el don de poder cambiar su vida por la de otro mortal. Admeto se horrorizó ante esto. Pero no tenía otra opción que aceptar el presente. Los regalos de los dioses no se pueden rechazar bajo ningún concepto. Entonces Admeto, melancólicamente, buscó, entre parientes y amigos, alguien que quisiera morir por él. Pero nadie aceptó. Ni siquiera su padre que, indignado, le dijo que ya bastaba con haberle dado una vez la vida, como para que le exigiera otra vez lo mismo. Faltaría más. Así que Admeto se resignó a morir. Mas no contaba con el infinito amor de su esposa, que afirmó estar decidida a ir al Infierno por él. Y así ocurrió, dejando sin embargo a Admeto en el desconsuelo supremo. La vida, así, no merecía la pena. 

Fue entonces cuando los dioses se apiadaron de los dos enamorados separados por la Muerte, y enviaron a Hércules a resolver la cuestión. Siempre aparece Hércules en los momentos más dramáticos de la mitología griega. Hércules baja hasta el reino tenebroso de Hades, se enfrenta a él, lo vence, y recupera a Alceste, que vuelve así con su amado Admeto. Es el más feliz de los finales para nuestra romántica historia.

Son tres mitos fascinantes y llenos de sabias alegorías. El primero nos habla de la vanidad y vacuidad de las cosas mundanas. De poco vale ser el más listo de los hombres, conseguir éxito, riquezas o fama. Todo eso, si no hay nada más, es arar en el agua o subir una y otra vez una gran piedra hasta lo alto de una montaña. Sísifo es el símbolo del hombre moderno, engreído, pagado de sí mismo, volcado en conseguir absurdos avances técnicos que crean enormes problemas, los cuales a su vez requerirán de nuevos avances para ser resueltos. Y así indefinidamente.

El segundo de los mitos nos habla de la capacidad del arte, la poesía y la belleza para enfrentarse a la Muerte y conseguir casi vencerla. Pero el arte, cuando se ensimisma, puede conducir al egoismo, y hace olvidar el amor. Orfeo también nos habla del error de la nostalgia, del pecado de vivir mirando siempre hacia atrás. No basta el arte. No basta el recuerdo. Con eso solo no se vence a la Muerte.

El tercero de los mitos, el de Admeto y Alceste, es la más bella historia de amor jamás contada y es al mismo tiempo es una reflexión sobre los grandes problemas de la vida. Sugiere que el verdadero amor conyugal, a la postre, está por encima de cualquier otro amor, y es el único amor capaz incluso de enfrentarse a la Muerte y de vencerla. Y también suscita muchos pensamientos inquietantes. Suscita reflexiones sobre la vida, que no parece ser otra cosa sino un regalo que nos hacen las Moiras (moira=trozo, parte), o sea, en cierto modo por la Muerte misma. Un pedacito de existencia que nos es ofrecido generosamente a los que antes de nacer no existíamos, claro está. Un regalo que tal vez incluso podríamos intercambiar con otros semejantes, hasta tal punto puede verse como algo fungible, particularmente en estos tiempos en los que hacemos donaciones de órganos y transplantes que arrebatan su presa a la muerte en muchos casos.

Sísifo, Orfeo y Admeto. Mis tres mitos griegos favoritos. Yo pienso mucho en ellos. Doy muchas vueltas en torno a estas narraciones inmortales, creadas por la sabiduría infinita de un pueblo único. Y lo hago mientras voy en mi bicicleta por el Guadarrama. O mientras escucho en mi jardín, bajo las estrellas, las canciones de Mariza, a quien anoche, como he dicho, en el Price, escuché arrobado y agradecido, cantar sublimes poemas de amor, de saudade y de vida.


Jul 13
Probable.

Las palabras, como todo, se adaptan al entorno. Un sencillo ejemplo es la palabra “probable”. Inicialmente, en su forma latina, “probabilis”, se usaba para referirse a algo que resultaba tan cierto como para poderse probar y demostrar, si preciso fuere. Pero, claro, se abusó de la palabra. Los astrólogos medievales consideraban probabilis aquello que en realidad no resultaba después ser tan cierto. Lo mismo los abogados en los juicios. O los médicos ante la evolución de la enfermedad o los esperables resultados de una pócima.Con el tiempo, lo que a ciencia cierta podía probarse se quedó simplemente en eso, en probable. Y, más aún, nació, con toda majestad, la Teoría de la Probabilidad, pero no como teoría de la certeza, sino más bien como Teoría de la Incertidumbre. 

Vivimos la Edad de la Indeterminación. La física contemporánea ha convertido las verdades en una cuestión meramente probabilística. Pero antes de que eso hubiese ocurrido, el lenguaje ya se había adaptado muy oportunamente a la transformación. 

Probable.

Las palabras, como todo, se adaptan al entorno. Un sencillo ejemplo es la palabra “probable”. Inicialmente, en su forma latina, “probabilis”, se usaba para referirse a algo que resultaba tan cierto como para poderse probar y demostrar, si preciso fuere. Pero, claro, se abusó de la palabra. Los astrólogos medievales consideraban probabilis aquello que en realidad no resultaba después ser tan cierto. Lo mismo los abogados en los juicios. O los médicos ante la evolución de la enfermedad o los esperables resultados de una pócima.Con el tiempo, lo que a ciencia cierta podía probarse se quedó simplemente en eso, en probable. Y, más aún, nació, con toda majestad, la Teoría de la Probabilidad, pero no como teoría de la certeza, sino más bien como Teoría de la Incertidumbre. 

Vivimos la Edad de la Indeterminación. La física contemporánea ha convertido las verdades en una cuestión meramente probabilística. Pero antes de que eso hubiese ocurrido, el lenguaje ya se había adaptado muy oportunamente a la transformación. 


Gaia.

Claro que Gaia se adapta. El problema es cómo se adapta. Parece ser que algunas de esas islas de detritus del Pacífico están desapareciendo; los peces (u otras criaturas) han aprendido a digerir el plástico. Y se han comido alguno de esos inmensos atolones de basura flotante. Pero cuando los pesqueros japoneses capturen esos peces, será el punto de partida para llevar a nuestra mesa un pescado de inusitada toxicidad. Es como si la Naturaleza nos devolviese la pelota. Otro ejemplo serían las medusas que infestan las costas mediterráneas; son seres de muy baja complejidad y por ello mismo se adaptan perfectamente a la escasez de oxígeno y a la imparable degradación de las aguas del Mare Nostrum. Su proliferación es inaudita. Y temible.
O sea, Gaia se defiende de nosotros. Reacciona. Se adapta. Como lo ha hecho a lo largo de miles de millones de años. 
La cuestión es si la forma en la que se está produciendo esa adaptación nos va a gustar o no.

Gaia.

Claro que Gaia se adapta. El problema es cómo se adapta. Parece ser que algunas de esas islas de detritus del Pacífico están desapareciendo; los peces (u otras criaturas) han aprendido a digerir el plástico. Y se han comido alguno de esos inmensos atolones de basura flotante. Pero cuando los pesqueros japoneses capturen esos peces, será el punto de partida para llevar a nuestra mesa un pescado de inusitada toxicidad. Es como si la Naturaleza nos devolviese la pelota. Otro ejemplo serían las medusas que infestan las costas mediterráneas; son seres de muy baja complejidad y por ello mismo se adaptan perfectamente a la escasez de oxígeno y a la imparable degradación de las aguas del Mare Nostrum. Su proliferación es inaudita. Y temible.

O sea, Gaia se defiende de nosotros. Reacciona. Se adapta. Como lo ha hecho a lo largo de miles de millones de años.

La cuestión es si la forma en la que se está produciendo esa adaptación nos va a gustar o no.


Jul 12
Gotham

Al hilo de mi post sobre el origen del nombre de Gowex, alguien me ha llamado la atención sobre el no menos curioso nombre de la empresa que ha puesto en evidencia a estos estafadores del Go West, Go Wifi, Gowex. En efecto, suena raro que una firma se autodenomine Gotham Research. Pero tiene su lógica. La idea de Gotham Research es justamente poner en evidencia a las empresas golfas, a las firmas que utilizan auditorías falsas, a las compañías especializadas en recurrir a los trucos chapuceros de la mal llamada ingeniería financiera. 
Gotham Research evoca la ciudad corrupta, decadente, oscura y tristemente gótica del mundo de DC Comics, la contrafigura de la luminosa metrópolis de Clark Kent. ¿Y por qué pone en evidencia Gotham Research a los golfos de la contabilidad creativa? ¿Afán justiciero? ¿Profundo sentido ético? Nop. El asunto es poner en evidencia esas empresas justo después de haberse puesto en corto con ellas, es decir, justo después de haber apostado en la Bolsa a que no tardarían en hundirse. Self fulfilling prophecy, porque al desvelar en el momento apropiado su concienzuda investigación, los de Gotham Research derrumban a la empresa en cuestión y recogen seguidamente los réditos bursátiles. Así es el mundo de las finanzas. Así es la gran Gotham City del los mercados financieros.

Gotham

Al hilo de mi post sobre el origen del nombre de Gowex, alguien me ha llamado la atención sobre el no menos curioso nombre de la empresa que ha puesto en evidencia a estos estafadores del Go West, Go Wifi, Gowex. En efecto, suena raro que una firma se autodenomine Gotham Research. Pero tiene su lógica. La idea de Gotham Research es justamente poner en evidencia a las empresas golfas, a las firmas que utilizan auditorías falsas, a las compañías especializadas en recurrir a los trucos chapuceros de la mal llamada ingeniería financiera.

Gotham Research evoca la ciudad corrupta, decadente, oscura y tristemente gótica del mundo de DC Comics, la contrafigura de la luminosa metrópolis de Clark Kent. ¿Y por qué pone en evidencia Gotham Research a los golfos de la contabilidad creativa? ¿Afán justiciero? ¿Profundo sentido ético? Nop. El asunto es poner en evidencia esas empresas justo después de haberse puesto en corto con ellas, es decir, justo después de haber apostado en la Bolsa a que no tardarían en hundirse. Self fulfilling prophecy, porque al desvelar en el momento apropiado su concienzuda investigación, los de Gotham Research derrumban a la empresa en cuestión y recogen seguidamente los réditos bursátiles. Así es el mundo de las finanzas. Así es la gran Gotham City del los mercados financieros.


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