Joludi Blog

Apr 20
¡Taringa!
Resulta que Marta no sabía lo que es el Haka, ese magnífico rito guerrero maorí que los jugadores de rugby de Nueva Zelanda, los famosos e imparables All Blacks, interpretan antes de cada partido, ante la mirada artificiosamente impávida de sus contrincantes. Le he mostrado varios vídeos de youtube, entre ellos el del reciente y formidable haka bajo la lluvia en Hong Kong, a primeros de este mes. Vídeos que, cosa inédita, Marta no conocía; pensé que esto no ocurriría jamás. He aprovechado entonces para contarle la traducción al castellano de esos gritos de guerra, que no deja de tener su gracia.
Después de algunas frases que el director del haka pronuncia para preparar la ceremonia y dar instrucciones sobre los movimientos rituales (¡taringa! ¡escuchad bien!, ¡kia rite!, ¡preparaos!), los jugadores comienzan a cantar al unísono: “eh, este el el guerrero de largos cabellos, el que fue a rescatar al sol e hizo posible que brillase otra vez” (tenei te tangata puhuru huru nana nei i tiki mai whakawhiti te ra). 
Marta piensa que no está nada mal como exageración para asustar al contrario…”soy (somos) el guerrero que levanta con sus manos el sol que se ha puesto en la noche…”. Qué bestia, dice ella. A mí me parece bonito.
 

¡Taringa!

Resulta que Marta no sabía lo que es el Haka, ese magnífico rito guerrero maorí que los jugadores de rugby de Nueva Zelanda, los famosos e imparables All Blacks, interpretan antes de cada partido, ante la mirada artificiosamente impávida de sus contrincantes. Le he mostrado varios vídeos de youtube, entre ellos el del reciente y formidable haka bajo la lluvia en Hong Kong, a primeros de este mes. Vídeos que, cosa inédita, Marta no conocía; pensé que esto no ocurriría jamás. He aprovechado entonces para contarle la traducción al castellano de esos gritos de guerra, que no deja de tener su gracia.

Después de algunas frases que el director del haka pronuncia para preparar la ceremonia y dar instrucciones sobre los movimientos rituales (¡taringa! ¡escuchad bien!, ¡kia rite!, ¡preparaos!), los jugadores comienzan a cantar al unísono: “eh, este el el guerrero de largos cabellos, el que fue a rescatar al sol e hizo posible que brillase otra vez” (tenei te tangata puhuru huru nana nei i tiki mai whakawhiti te ra). 

Marta piensa que no está nada mal como exageración para asustar al contrario…”soy (somos) el guerrero que levanta con sus manos el sol que se ha puesto en la noche…”. Qué bestia, dice ella. A mí me parece bonito.

 


Resurrexit.
Marta me pregunta el por qué de las llamadas monas de Pascua, esos bollos indigeribles con un huevo empotrado. Le digo que es una larga, larguísima historia. Una historia que nos habla de muerte y de vida, como todas las buenas historias. Porque el huevo, esa cosa de perfecto diseño, pese a estar hecha con el culo, si se me permite la boutade, sintetiza para el hombre primitivo, como ningún otro objeto, el misterio del ciclo vital; omne vivum ex ovo, como nos decía Harvey, todo lo vivo proviene del huevo. Es muy posible que los menhires megalíticos no fuesen otra cosa sino pétreos huevos en los que nuestros ancestros querían que sus muertos renaciesen algún día. En toda la Antigüedad, desde Egipto a Persia, donde se intercambiaban huevos al llegar la primavera, este ente maravilloso que es el huevo protagonizaba los ritos del equinoccio, las ceremonias del surgimiento de la vida tras el letargo invernal, la escenificación del culto a la diosa madre, protectora de la vida que nace y renace incansable. 
En nuestro Domingo de Resurrección, nuestros huevos de Pascua solo son el eco de un pasado muy remoto, pero que de algún modo se obstina en no desaparecer de nuestro subconsciente colectivo. Como no desaparece ni quizá desaparezca nunca el enigma del renacimiento y la fertilidad. La Pascua cristiana, con sus huevos, con sus extraños ritos apotropaicos en torno a la Muerte y a la Vida, al igual que casi todas las fiestas solemnes que celebramos, no es sino una reelaboración de un antiguo festival que ha ido perviviendo y transformándose a lo largo de los siglos, y tiene lugar más o menos en la misma época del año, cuando la Luna recupera su esplendor pleno por primera vez tras el equinoccio primaveral. 
Mucho antes que nosotros, los romanos celebraban por estas mismas fechas equinocciales la muerte y resurrección de Attis, esposo de Cibeles, la diosa de la fertilidad cuyo culto se remonta tal vez al paleolítico. Esos mismos romanos, en el solsticio de verano, celebraban los festivales del agua, en los que sin duda nosotros nos hemos inspirado para celebrar a nuestro Bautista, a mediados de junio. Al igual que celebraban los festivales caniculares de Diana/Tannit, la Virgo Coelestis (virgo en el saber esotérico de la Antigüedad no era la mujer de himen intacto, sino la mujer de poder que no necesitaba de esposo), más o menos por los mismos días de Agosto en los que nosotros festejamos la ascensión celestial de nuestra Virgen…
Pero Marta me interrumpe mi rollo antropológico, pues se teme lo peor, y me dice que no le queda nada claro todavía el tema de las monas de Pascua, que es por lo que ella me preguntaba. ¿Por qué son así esos dulces, con el huevo rodeado de bollo? ¿Por qué se llaman monas? ¿Por qué el huevo pascual suele estar coloreado? ¿Por qué son tan populares las monas en Cataluña? ¿Por qué..?
Trato de responder lo más rápidamente posible. Tiene que irse a no se donde…
En primer lugar, la monas llevan el huevo simbólico sobre un bollo muy posiblemente en recuerdo del pan ácimo que los judíos consumían-y consumen- ritualmente en su Pascua, en recuerdo de su salida precipitada de Egipto, sin tiempo para hornear bien el pan. 
Las monas se llaman monas tal vez a partir de la vieja tradición según la cual los padrinos se sentían obligados a regalar estos bollos a sus ahijados, por la Pascua florida, y porque munus en latín es la palabra que se usaba para referirse a los regalos sociales, los regalos “de intercambio”, un poco al estilo del potlacht de los indios de la costa del Pacífico. 
En segundo lugar, el huevo pascual suele estar coloreado debido a una deliciosa leyenda tradicional del medievo cristiano según la cual San Pedro dudaba de la resurrección de Cristo, a pesar de ver el Santo Sepulcro vacío. Le dice San Pedro a María Magdalena, esa superstar de los Evangelios, que aparece por todas partes, que solo creerá en la resurrección si los huevos del cesto que ella llevaba en la mano se tiñen de rojo (el color de la vida). Dicho y hecho. En un instante los huevos de María de Magdala adquieren el vivo color de la sangre fresca, lo que convence al Apóstol.
Y en fin, en tercer lugar, la relación especial de las monas pascuales con Cataluña es asunto complicado que tal vez tenga relación con las disputas medievales en torno a la ruptura o no del ayuno de cuaresma con el huevo, una disputa en la que Cataluña adoptó posiciones diferentes a las de Castilla. Mas allá de esta peliaguda cuestión, la verdad es que el bollo con huevo al que llamamos “mona” no es exclusivamente catalán, ni mucho menos. Ni valenciano o murciano, como en el siglo XVIII se pensaba. Es simplemente un dulce pascual que encontramos en toda la cuenca Mediterránea. Solo cambia el nombre. En la Apulia italiana, por ejemplo, lo llaman scarcella. Y yo recuerdo haber comido en Trieste, por estas fechas, unos bollos que allí llaman titole y que elaboran a partir de la famosa focaccia pascual triestina, a la que dan forma precisamente de mona o muñeca (en la foto). Creo que aquel titole delicioso que comí un Jueves Santo, acompañado de un perfecto capuccino illy en un cafetería cercana a la Piazza Unitá fue lo único que me consoló de aquella breve estancia en la ciudad más emocionalmente desoladora, hipocondriaca y autoobsesiva de toda Italia; una ciudad en la que Joyce se aburrió fatalmente y Freud, por cierto, pasó algún tiempo estudiando, créase o no, el sexo…de las anguilas.
Pongo aquí punto final. Empecé tratando de responder a una pregunta de Marta sobre las huevos de Pascua y me doy cuenta de que he terminado hablando de Freud y de la reproducción sexual de los teleósteos. Marta dice que no tengo remedio. Y tiene razón.

Resurrexit.

Marta me pregunta el por qué de las llamadas monas de Pascua, esos bollos indigeribles con un huevo empotrado. Le digo que es una larga, larguísima historia. Una historia que nos habla de muerte y de vida, como todas las buenas historias. Porque el huevo, esa cosa de perfecto diseño, pese a estar hecha con el culo, si se me permite la boutade, sintetiza para el hombre primitivo, como ningún otro objeto, el misterio del ciclo vital; omne vivum ex ovo, como nos decía Harvey, todo lo vivo proviene del huevo. Es muy posible que los menhires megalíticos no fuesen otra cosa sino pétreos huevos en los que nuestros ancestros querían que sus muertos renaciesen algún día. En toda la Antigüedad, desde Egipto a Persia, donde se intercambiaban huevos al llegar la primavera, este ente maravilloso que es el huevo protagonizaba los ritos del equinoccio, las ceremonias del surgimiento de la vida tras el letargo invernal, la escenificación del culto a la diosa madre, protectora de la vida que nace y renace incansable. 

En nuestro Domingo de Resurrección, nuestros huevos de Pascua solo son el eco de un pasado muy remoto, pero que de algún modo se obstina en no desaparecer de nuestro subconsciente colectivo. Como no desaparece ni quizá desaparezca nunca el enigma del renacimiento y la fertilidad. La Pascua cristiana, con sus huevos, con sus extraños ritos apotropaicos en torno a la Muerte y a la Vida, al igual que casi todas las fiestas solemnes que celebramos, no es sino una reelaboración de un antiguo festival que ha ido perviviendo y transformándose a lo largo de los siglos, y tiene lugar más o menos en la misma época del año, cuando la Luna recupera su esplendor pleno por primera vez tras el equinoccio primaveral. 

Mucho antes que nosotros, los romanos celebraban por estas mismas fechas equinocciales la muerte y resurrección de Attis, esposo de Cibeles, la diosa de la fertilidad cuyo culto se remonta tal vez al paleolítico. Esos mismos romanos, en el solsticio de verano, celebraban los festivales del agua, en los que sin duda nosotros nos hemos inspirado para celebrar a nuestro Bautista, a mediados de junio. Al igual que celebraban los festivales caniculares de Diana/Tannit, la Virgo Coelestis (virgo en el saber esotérico de la Antigüedad no era la mujer de himen intacto, sino la mujer de poder que no necesitaba de esposo), más o menos por los mismos días de Agosto en los que nosotros festejamos la ascensión celestial de nuestra Virgen…

Pero Marta me interrumpe mi rollo antropológico, pues se teme lo peor, y me dice que no le queda nada claro todavía el tema de las monas de Pascua, que es por lo que ella me preguntaba. ¿Por qué son así esos dulces, con el huevo rodeado de bollo? ¿Por qué se llaman monas? ¿Por qué el huevo pascual suele estar coloreado? ¿Por qué son tan populares las monas en Cataluña? ¿Por qué..?

Trato de responder lo más rápidamente posible. Tiene que irse a no se donde…

En primer lugar, la monas llevan el huevo simbólico sobre un bollo muy posiblemente en recuerdo del pan ácimo que los judíos consumían-y consumen- ritualmente en su Pascua, en recuerdo de su salida precipitada de Egipto, sin tiempo para hornear bien el pan. 

Las monas se llaman monas tal vez a partir de la vieja tradición según la cual los padrinos se sentían obligados a regalar estos bollos a sus ahijados, por la Pascua florida, y porque munus en latín es la palabra que se usaba para referirse a los regalos sociales, los regalos “de intercambio”, un poco al estilo del potlacht de los indios de la costa del Pacífico. 

En segundo lugar, el huevo pascual suele estar coloreado debido a una deliciosa leyenda tradicional del medievo cristiano según la cual San Pedro dudaba de la resurrección de Cristo, a pesar de ver el Santo Sepulcro vacío. Le dice San Pedro a María Magdalena, esa superstar de los Evangelios, que aparece por todas partes, que solo creerá en la resurrección si los huevos del cesto que ella llevaba en la mano se tiñen de rojo (el color de la vida). Dicho y hecho. En un instante los huevos de María de Magdala adquieren el vivo color de la sangre fresca, lo que convence al Apóstol.

Y en fin, en tercer lugar, la relación especial de las monas pascuales con Cataluña es asunto complicado que tal vez tenga relación con las disputas medievales en torno a la ruptura o no del ayuno de cuaresma con el huevo, una disputa en la que Cataluña adoptó posiciones diferentes a las de Castilla. Mas allá de esta peliaguda cuestión, la verdad es que el bollo con huevo al que llamamos “mona” no es exclusivamente catalán, ni mucho menos. Ni valenciano o murciano, como en el siglo XVIII se pensaba. Es simplemente un dulce pascual que encontramos en toda la cuenca Mediterránea. Solo cambia el nombre. En la Apulia italiana, por ejemplo, lo llaman scarcella. Y yo recuerdo haber comido en Trieste, por estas fechas, unos bollos que allí llaman titole y que elaboran a partir de la famosa focaccia pascual triestina, a la que dan forma precisamente de mona o muñeca (en la foto). Creo que aquel titole delicioso que comí un Jueves Santo, acompañado de un perfecto capuccino illy en un cafetería cercana a la Piazza Unitá fue lo único que me consoló de aquella breve estancia en la ciudad más emocionalmente desoladora, hipocondriaca y autoobsesiva de toda Italia; una ciudad en la que Joyce se aburrió fatalmente y Freud, por cierto, pasó algún tiempo estudiando, créase o no, el sexo…de las anguilas.

Pongo aquí punto final. Empecé tratando de responder a una pregunta de Marta sobre las huevos de Pascua y me doy cuenta de que he terminado hablando de Freud y de la reproducción sexual de los teleósteos. Marta dice que no tengo remedio. Y tiene razón.


Apr 19
Blue.

Por fin cielos casi sin nubes en la Sierra. Qué privilegio subir pedaleando, recien amanecido, hasta el Mirador de la Reina y ver desde allí un mar de bosques perdiéndose en el indiscutible azul de la mañana. Un azul que eleva como ninguna otra cosa y que trato de fotografíar con el iphone, no teniendo nada mejor a mano, qué poco previsor. Imposible que ese vil objetivo capté tanto azul inmenso, glorioso. 
Yo no comprendo bien por qué los anglosajones usan el término blue para referirse a lo triste, al estado depresivo. Es algo que me intriga mucho. Pienso en ello mientras doy media vuelta en el Collado Ventoso y me dispongo a bajar hasta Cercedilla. Tengo frenos nuevos, así que no tardaré mucho en completar los 13 kilómetros que me separan del puente romano, sorteando la horda de ciclistas y paseantes que ahora empiezan a subir por la carretera de la República.
Quizá los ingleses, que no nosotros, usan el azul para referirse a lo triste por un asunto de contrarios cromáticos. El azul es el color frío por excelencia, y es psicológicamente opuesto al rojo, que es sinónimo de intensidad vital y de pasión. Entonces el azul sería la ausencia de pasiones, la morbidez interior. Tal vez. 
El azul vendría a ser como el paso previo hacia el negro. Estar “azul”, azul como los labios cianóticos, azul como la carne sin riego oxigenado, sería entonces ir camino de la oscuridad. De hecho, esta extraña proximidad del azul con el el negro (me acuerdo ahora de una interesante película que creo se titulaba “Azul oscuro casi negro”), tiene ecos en el lenguaje. En sánscrito, usaban una misma palabra “nilah”, tanto para referirse a lo azul oscuro (de aquí añil, anilina y lila) como a lo negro. El río Nilo, cuyo nombre deriva de ese nilah sánscrito, es llamado Shihor en los textos bíblicos, esto es, el Río Negro…
Goethe, que dedicó media vida a pensar sobre los colores, también opinaba lo mismo: “el azul lleva siempre un principio de oscuridad en sí mismo …el azul nos da una impresión de frío, y por lo tanto nos recuerda la sombra…ya hemos evocado más arriba sus afinidades con el negro…las habitaciones que están pintadas de azul parecen, en cierta medida, más grandes, pero también más vacías y frías…los objetos vistos a través de un cristal azul, son oscuros e impregnados de melancolía”
Qué interesante la dualidad del azul, el carácter transicional y ambivalente de este color. El azul, como este que ahora me deslumbra desde Navarrulaque, donde he parado a beber un poco de agua, viene a ser el paso intermedio del blanco a lo negro, y viceversa. Por lo tanto, es el color que puede evocar la tristeza que emerge de la reflexión y se desploma hacia la desesperanza. O al revés también. Color del alba y del crepúsculo del espíritu a la vez. Color del renacer y de la noche oscura del alma. Quizá por eso Jung veía en el azul el color de la sublimación y del misterio espiritual, el color de las intuiciones, el color de las visiones interiores, el color de la “función pensamiento”. Es curioso también que más o menos cuando Jung reflexionaba sobre el azul, a mediados del siglo pasado, se sintetizaba el primer medicamento antipsicótico, la clorpromazina, derivada precisamente del azul de metileno creado por la Basf, o la imipramina, el primer medicamento antidepresivo, derivado a su vez por Geigy a partir del tinte llamado, mira por dónde, "summer blue"…
Bajo rápido hacia Cercedilla envuelto por fuera y por dentro de azul. Azul como las pinturas más psicóticas y siniestras del siniestro y psicótico Picasso. Azul como el pájaro azul del torturado personaje rubeniano que prefería la neurosis a la imbecilidad. Azul como los tomates azules de Matisse. Azul como los pliegues sombríos de los ropajes azules de todas las Isis, Junos, Marías, Knephs, Cristos, Odines y Vishnas que en el mundo han sido. Azul como esta generación perpleja y sin utopías que dice estar más melancólica, más infeliz y más “blue” que ninguna otra anterior. Azul oscuro, casi negro. Azul claro, que no llega a ser blanco. Blue.

Blue.

Por fin cielos casi sin nubes en la Sierra. Qué privilegio subir pedaleando, recien amanecido, hasta el Mirador de la Reina y ver desde allí un mar de bosques perdiéndose en el indiscutible azul de la mañana. Un azul que eleva como ninguna otra cosa y que trato de fotografíar con el iphone, no teniendo nada mejor a mano, qué poco previsor. Imposible que ese vil objetivo capté tanto azul inmenso, glorioso. 

Yo no comprendo bien por qué los anglosajones usan el término blue para referirse a lo triste, al estado depresivo. Es algo que me intriga mucho. Pienso en ello mientras doy media vuelta en el Collado Ventoso y me dispongo a bajar hasta Cercedilla. Tengo frenos nuevos, así que no tardaré mucho en completar los 13 kilómetros que me separan del puente romano, sorteando la horda de ciclistas y paseantes que ahora empiezan a subir por la carretera de la República.

Quizá los ingleses, que no nosotros, usan el azul para referirse a lo triste por un asunto de contrarios cromáticos. El azul es el color frío por excelencia, y es psicológicamente opuesto al rojo, que es sinónimo de intensidad vital y de pasión. Entonces el azul sería la ausencia de pasiones, la morbidez interior. Tal vez. 

El azul vendría a ser como el paso previo hacia el negro. Estar “azul”, azul como los labios cianóticos, azul como la carne sin riego oxigenado, sería entonces ir camino de la oscuridad. De hecho, esta extraña proximidad del azul con el el negro (me acuerdo ahora de una interesante película que creo se titulaba “Azul oscuro casi negro”), tiene ecos en el lenguaje. En sánscrito, usaban una misma palabra “nilah”, tanto para referirse a lo azul oscuro (de aquí añil, anilina y lila) como a lo negro. El río Nilo, cuyo nombre deriva de ese nilah sánscrito, es llamado Shihor en los textos bíblicos, esto es, el Río Negro…

Goethe, que dedicó media vida a pensar sobre los colores, también opinaba lo mismo: “el azul lleva siempre un principio de oscuridad en sí mismo …el azul nos da una impresión de frío, y por lo tanto nos recuerda la sombra…ya hemos evocado más arriba sus afinidades con el negro…las habitaciones que están pintadas de azul parecen, en cierta medida, más grandes, pero también más vacías y frías…los objetos vistos a través de un cristal azul, son oscuros e impregnados de melancolía”

Qué interesante la dualidad del azul, el carácter transicional y ambivalente de este color. El azul, como este que ahora me deslumbra desde Navarrulaque, donde he parado a beber un poco de agua, viene a ser el paso intermedio del blanco a lo negro, y viceversa. Por lo tanto, es el color que puede evocar la tristeza que emerge de la reflexión y se desploma hacia la desesperanza. O al revés también. Color del alba y del crepúsculo del espíritu a la vez. Color del renacer y de la noche oscura del alma. Quizá por eso Jung veía en el azul el color de la sublimación y del misterio espiritual, el color de las intuiciones, el color de las visiones interiores, el color de la “función pensamiento”. Es curioso también que más o menos cuando Jung reflexionaba sobre el azul, a mediados del siglo pasado, se sintetizaba el primer medicamento antipsicótico, la clorpromazina, derivada precisamente del azul de metileno creado por la Basf, o la imipramina, el primer medicamento antidepresivo, derivado a su vez por Geigy a partir del tinte llamado, mira por dónde, "summer blue"…

Bajo rápido hacia Cercedilla envuelto por fuera y por dentro de azul. Azul como las pinturas más psicóticas y siniestras del siniestro y psicótico Picasso. Azul como el pájaro azul del torturado personaje rubeniano que prefería la neurosis a la imbecilidad. Azul como los tomates azules de Matisse. Azul como los pliegues sombríos de los ropajes azules de todas las Isis, Junos, Marías, Knephs, Cristos, Odines y Vishnas que en el mundo han sido. Azul como esta generación perpleja y sin utopías que dice estar más melancólica, más infeliz y más “blue” que ninguna otra anterior. Azul oscuro, casi negro. Azul claro, que no llega a ser blanco. Blue.


Apr 13
Nil esse homini melius neque clementia.
Parece que la gente es más feliz cuando llega a la madurez o un poco más allá. Al menos eso es lo que dicen un gran número de estudios al respecto. A mí eso me sorprende. Dicen que la razón puede ser el hecho de que con los años, los corazones se ablandan y la tolerancia hacia los defectos propios y ajenos se abre paso. No se. Ojalá me ocurra a mí también esa bendición. Debo confiar en ello porque al fin y al cabo es un fenómeno bien expresado por muchos autores desde hace miles de años. Por ejemplo, existe un precioso texto de Terencio, en Adelfos, que describe bien esa catarsis que sobreviene con la edad y que ahora validan los psicólogos contemporáneos: 
“Por mucho que un hombre haya definido bien su esquema de vida, lo cierto es que las circunstancias, los años, la experiencia…acaban por introducir un nuevo elemento y enseñar nuevas lecciones. Descubres que no sabes lo que creías que sabías y ahora desprecias aquello que antes creías de primera necesidad. Eso es lo que me ha pasado a mí. El estilo duro de vida al que hasta ahora estaba habituado, es algo a lo que renuncio cuando ya mi carrera está casi completada. ¿Y esto por qué? Pues porque la dureza misma de la vida me ha enseñado que no hay otras cualidades mejores en un hombre que la dulzura de carácter y la tolerancia” (“…id quam ob rem? re ipsa repperi facilitat nil esse homini melius neque clementia”)
 

Nil esse homini melius neque clementia.

Parece que la gente es más feliz cuando llega a la madurez o un poco más allá. Al menos eso es lo que dicen un gran número de estudios al respecto. A mí eso me sorprende. Dicen que la razón puede ser el hecho de que con los años, los corazones se ablandan y la tolerancia hacia los defectos propios y ajenos se abre paso. No se. Ojalá me ocurra a mí también esa bendición. Debo confiar en ello porque al fin y al cabo es un fenómeno bien expresado por muchos autores desde hace miles de años. Por ejemplo, existe un precioso texto de Terencio, en Adelfos, que describe bien esa catarsis que sobreviene con la edad y que ahora validan los psicólogos contemporáneos: 

“Por mucho que un hombre haya definido bien su esquema de vida, lo cierto es que las circunstancias, los años, la experiencia…acaban por introducir un nuevo elemento y enseñar nuevas lecciones. Descubres que no sabes lo que creías que sabías y ahora desprecias aquello que antes creías de primera necesidad. Eso es lo que me ha pasado a mí. El estilo duro de vida al que hasta ahora estaba habituado, es algo a lo que renuncio cuando ya mi carrera está casi completada. ¿Y esto por qué? Pues porque la dureza misma de la vida me ha enseñado que no hay otras cualidades mejores en un hombre que la dulzura de carácter y la tolerancia” (“…id quam ob rem? re ipsa repperi facilitat nil esse homini melius neque clementia”)

 


Decidir, elegir.

En la Antigüedad no estaba nada claro lo del “derecho a decidir”. En realidad, la misma idea de decidir por uno mismo era, entre los primeros cristianos, y en sí mismo algo peligroso, herético. Porque, como es bien sabido, herejía significaba eso precisamente, decidir, separarse, a partir del verbo griego aireo (un verbo cuyo eco también encontramos en palabras como diéresis, que viene a significar elegir entre dos vocales de un diptongo, separarlas por tanto)
En realidad, aireo no tenía una connotación negativa al principio. En los textos evangélicos, por ejemplo, el verbo aireo,en sus diferentes formas, aparece frecuentemente como simple sinónimo de optar o escoger. Sin más. Más tarde, cuando la Iglesia ya está formada como poderosa institución social, es cuando la acción de elegir se convierte en peligrosa de por sí. Era inevitable. Y es entonces cuando se usa la palabra “herejía” para calificar el delito de adoptar una postura distinta a la general. Y para conjurar, con un término que adquiere connotaciones terribles, la vorágine de opciones y elecciones, a cual más peculiar, que surgían a cada instante en cada rincón de aquel mundo en ciernes de cristianización y sometido a poderosísimas fuerzas centrífugas.
Pocas cosas más entretenidas que echar un vistazo breve a la historia de las herejías, es decir, a la historia del derecho a decidir en el ámbito de la religión cristiana. Un vistazo breve a aquellos oscuros tiempos que van desde el siglo I hasta el XI. 
Podríamos empezar por ejemplo con los Simoniacos, cuyo líder, Simón el Mago, se eleva hacia el cielo de Roma, en un prodigio taumatúrgico hasta que San Pedro toma medidas y lo baja bruscamente al suelo, rompiéndole las piernas. Podríamos seguir con los Emerobatistas, que pasaban el día entero sumergidos en el agua bautismal, lo que les venía muy bien “para aprovechar y lavar vestidos y cuerpo”. Luego tendríamos que fijarnos en los Carpocracianos, para los cuales Dios debería tener la apariencia de un asno. O los Basilidianos, que adoraban a los puerros y a las cebollas. O los Dactilorinquitos, que andaban por el mundo con el dedo índice permanentemente en la boca, sugiriendo la necesidad de mantener un silencio absoluto y eterno. O los Sacoforos, que rezaban agitando un dedo en el aire para desorientar al demonio, siempre al acecho. O los Etnófronos, que trataban de comunicarse con Jesucristo y adivinar el futuro mediante interrogatorios formales al queso (desconozco qué variedad)…Y así sucesivamente. No existe historia más fascinante que la historia de las herejías. La historia de los que se empeñaban en ser diferentes, en decidir por sí mismos, en salir del cauce común.

Decidir, elegir.

En la Antigüedad no estaba nada claro lo del “derecho a decidir”. En realidad, la misma idea de decidir por uno mismo era, entre los primeros cristianos, y en sí mismo algo peligroso, herético. Porque, como es bien sabido, herejía significaba eso precisamente, decidir, separarse, a partir del verbo griego aireo (un verbo cuyo eco también encontramos en palabras como diéresis, que viene a significar elegir entre dos vocales de un diptongo, separarlas por tanto)

En realidad, aireo no tenía una connotación negativa al principio. En los textos evangélicos, por ejemplo, el verbo aireo,en sus diferentes formas, aparece frecuentemente como simple sinónimo de optar o escoger. Sin más. Más tarde, cuando la Iglesia ya está formada como poderosa institución social, es cuando la acción de elegir se convierte en peligrosa de por sí. Era inevitable. Y es entonces cuando se usa la palabra “herejía” para calificar el delito de adoptar una postura distinta a la general. Y para conjurar, con un término que adquiere connotaciones terribles, la vorágine de opciones y elecciones, a cual más peculiar, que surgían a cada instante en cada rincón de aquel mundo en ciernes de cristianización y sometido a poderosísimas fuerzas centrífugas.

Pocas cosas más entretenidas que echar un vistazo breve a la historia de las herejías, es decir, a la historia del derecho a decidir en el ámbito de la religión cristiana. Un vistazo breve a aquellos oscuros tiempos que van desde el siglo I hasta el XI. 

Podríamos empezar por ejemplo con los Simoniacos, cuyo líder, Simón el Mago, se eleva hacia el cielo de Roma, en un prodigio taumatúrgico hasta que San Pedro toma medidas y lo baja bruscamente al suelo, rompiéndole las piernas. Podríamos seguir con los Emerobatistas, que pasaban el día entero sumergidos en el agua bautismal, lo que les venía muy bien “para aprovechar y lavar vestidos y cuerpo”. Luego tendríamos que fijarnos en los Carpocracianos, para los cuales Dios debería tener la apariencia de un asno. O los Basilidianos, que adoraban a los puerros y a las cebollas. O los Dactilorinquitos, que andaban por el mundo con el dedo índice permanentemente en la boca, sugiriendo la necesidad de mantener un silencio absoluto y eterno. O los Sacoforos, que rezaban agitando un dedo en el aire para desorientar al demonio, siempre al acecho. O los Etnófronos, que trataban de comunicarse con Jesucristo y adivinar el futuro mediante interrogatorios formales al queso (desconozco qué variedad)…Y así sucesivamente. No existe historia más fascinante que la historia de las herejías. La historia de los que se empeñaban en ser diferentes, en decidir por sí mismos, en salir del cauce común.


Apr 12
Ley universal
La razón por la que las aves migratorias vuelan en bandadas es estrictamente aerodinámica. Buscan el mínimo esfuerzo, lo que resulta imprescindible en sus largas travesías. Lo mismo hacen los ciclistas que ruedan en pelotón. La ley del mínimo esfuerzo es tal vez la ley que explica más cosas del mundo y de la vida.

Ley universal

La razón por la que las aves migratorias vuelan en bandadas es estrictamente aerodinámica. Buscan el mínimo esfuerzo, lo que resulta imprescindible en sus largas travesías. Lo mismo hacen los ciclistas que ruedan en pelotón. La ley del mínimo esfuerzo es tal vez la ley que explica más cosas del mundo y de la vida.


Lección nº 1.
Si alguien me pide consejo sobre cómo afrontar la vida, le digo que lo esencial es aceptar que el Problema forma parte de tu existencia. No te puedes librar de eso. Pero es también estar preparado para que cuando llegue el Problema, que siempre llega, lo puedas mirar a los ojos y le puedas decir: soy más grande que tú, puedo contigo.

Lección nº 1.

Si alguien me pide consejo sobre cómo afrontar la vida, le digo que lo esencial es aceptar que el Problema forma parte de tu existencia. No te puedes librar de eso. Pero es también estar preparado para que cuando llegue el Problema, que siempre llega, lo puedas mirar a los ojos y le puedas decir: soy más grande que tú, puedo contigo.


Talentos.
Hay dos tipos de talento: el de los que tienen visión y el de los que simplemente tienen vista. El mundo está hecho de tal modo, que los primeros están infravalorados casi siempre. Y sobrevalorados los segundos.

Talentos.

Hay dos tipos de talento: el de los que tienen visión y el de los que simplemente tienen vista. El mundo está hecho de tal modo, que los primeros están infravalorados casi siempre. Y sobrevalorados los segundos.


Efímero.

Nada es para siempre. Pero tenemos que actuar, en la mayoría de los casos, como si lo fuera. Tomar conciencia de que todo es efímero lleva a la parálisis.

Efímero.

Nada es para siempre. Pero tenemos que actuar, en la mayoría de los casos, como si lo fuera. Tomar conciencia de que todo es efímero lleva a la parálisis.


Experiencia
Cuando alguien presume de tener “experiencia” en algo, me pongo en estado de alerta. Porque la experiencia no es lo que hacen en uno las cosas que le pasan. Es más bien lo que uno hace con las cosas que le pasan. Son cosas muy diferentes.

Experiencia

Cuando alguien presume de tener “experiencia” en algo, me pongo en estado de alerta. Porque la experiencia no es lo que hacen en uno las cosas que le pasan. Es más bien lo que uno hace con las cosas que le pasan. Son cosas muy diferentes.


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