Joludi Blog

Jul 20
Fungible.
Marta me pide que le explique el significado de la rara y fea palabra fungible, que he usado en un post reciente, al referirme a la concepción del don de la vida entre los antiguos griegos. Le reprocho, refunfuñando, que me pregunte el significado de un término, teniendo tan estupendos diccionarios en casa. Y le digo que si otorgase a los libros que tenemos una décima parte del tiempo que gasta en su móvil, se convertiría rápidamente en una persona muy sabia.
Fungible, le explico, es aquello que se termina cuando lo usamos o disfrutamos. 
En realidad todo en la vida es fungible, me adelanto a aclarar, ante la esperable objeción, pero hay cosas más fungibles que otras. Un pastel es esencialmente fungible. No lo es la cuchara con la que nos lo comemos. O más bien no lo es en igual medida.
En el mundo del Derecho, se usa el término fungible para referirse a aquellas cosas que, a efectos jurídicos, pueden sustituirse con facilidad por otras equivalentes. 
Ocurre que, en general, las cosas que se terminan cuando las disfrutamos, tienden a ser cosas fácilmente sustituibles por otras virtualmente idénticas, y por eso el Derecho las llama fungibles. 
La fungibilidad de las cosas facilita la creación de un mercado para ellas, y el establecimiento de precios de referencia, lo que hace posible la transmisión de dichas cosas, la mercantilización de los objetos. Por eso, cuando yo me refería a la vida como algo fungible, en mi referencia al mito griego de Admeto y Alceste, quería decir que, en cierto sentido, para los griegos, la vida era como un trozo de hilo que nos conceden las Moiras y que se puede transmitir de unos a otros, como quien transmite un saco de trigo. Yo dejo de disfrutar mi vida, y te la traspaso a tí. Yo me quedo sin mi vida, pero tú la tienes, Mors mea, vita tua (esto tiene además algo de actualidad, sin duda, por el tema de las donaciones de órganos y los transplantes, algo que por lo tanto, y en cierto modo, supo anticipar la mitología griega, como tantas otras cosas).
Así que este es el sentido en el que yo usé la dichosa palabra fungible, tan cara a los juristas. Estoy de acuerdo con Marta en que es una palabra rara y fea, pero no encontré otra para expresar lo que yo quería sobre la noción griega de la fungibilidad de la vida. 
Además, si bien fea, es una palabra muy interesante. Fungible proviene, en primera instancia, del latín fungor, que significa ejecutar, cumplir, concluir algo. Esto nos lleva a palabras como disfrutar, y también a términos como función, que en matemáticas indica el acto de ejecutar, de llevar a cabo, de dar fin a una operación cualquiera, (o a un conjunto de operaciones), sobre una variable independiente, al objeto de obtener la variable dependiente. 
También, la misma raiz latina de fungor tiene relación con el término “difunto”, en el sentido de que quien ha muerto, precisamente ha gastado o disfrutado de su vida.
Es fascinante esta vinculación lingüística entre la vida y la muerte. Entre el disfrute y el fin del disfrute. Pero es que esto es precisamente la esencia de la fungibilidad, como dije más arriba. Y es una relación lingüística que en última instancia proviene del primitivo indoeuropeo. En sánscrito, por ejemplo, la raíz bheug (lo podríamos pronunciar fug), que es el antepasado verbal remoto de fungor y fungible, significa al mismo tiempo disfrutar y concluir. Y aún hoy, entre los sikhs, el  bhog es justamente el acto de cumplir adecuadamente con los ritos funerarios, de poner punto final a una existencia. Curiosa (y sabia) esta vinculación lingüística entre la vida y la muerte, como si fuesen el anverso y el reverso de una misma moneda. Los psicoanalistas sabran interpretar muy bien esta vinculación verbal.
Así que es en este sentido interesantísimo de cosa fungible, es en el que Admeto recibe el terrible don de Apolo. Puede obtener vida, si consigue que alguien se la transmita. Puede evitar la muerte si alguien accede a dar la suya por él. Y esto solo es capaz de hacerlo su amada Alceste.
Creo que usé adecuadamente la palabra, por lo tanto.
Pero, cabe decir, que además del mito de Admeto, hay otras muchas narraciones de la antigua Grecia que sugieren esta idea tan profundamente arraigada en el alma primitiva helénica. Por ejemplo, el mito de la inmortalidad parcial de los Dioscuros, que en alguna ocasión también he comentado aquí.
O un maravilloso cuentecito tradicional griego que nos habla de un tiempo en el que todas las criaturas tenían una duración de la vida muy parecida: hombres, caballos, bueyes, perros…Un día de invierno, durante una terrible tormenta, el caballo, el buey y el perro buscan refugio en la cabaña del hombre. Allí pasan una noche, y al amanecer, cuando ha concluido la tempestad, cada uno de los huéspedes quiere agradecer al hombre su hospitalidad y es así como deciden cederle parte de sus vidas. Con ello, la vida del hombre se hace más larga que la de todos sus huéspedes. Pero esto explica también que en la juventud, el hombre sea tan fogoso como un caballo, que se tranquilice y asiente como un buey pastueño cuando la madurez va llegando, y que más adelante acabe siendo un ser un tanto malhumorado y gruñón, tal como yo lo he sido al reprochar a Marta por no utilizar más a menudo el diccionario, ese objeto que ya, ay, se diría pertenece al ámbito de la paleontología. 

Fungible.

Marta me pide que le explique el significado de la rara y fea palabra fungible, que he usado en un post reciente, al referirme a la concepción del don de la vida entre los antiguos griegos. Le reprocho, refunfuñando, que me pregunte el significado de un término, teniendo tan estupendos diccionarios en casa. Y le digo que si otorgase a los libros que tenemos una décima parte del tiempo que gasta en su móvil, se convertiría rápidamente en una persona muy sabia.

Fungible, le explico, es aquello que se termina cuando lo usamos o disfrutamos. 

En realidad todo en la vida es fungible, me adelanto a aclarar, ante la esperable objeción, pero hay cosas más fungibles que otras. Un pastel es esencialmente fungible. No lo es la cuchara con la que nos lo comemos. O más bien no lo es en igual medida.

En el mundo del Derecho, se usa el término fungible para referirse a aquellas cosas que, a efectos jurídicos, pueden sustituirse con facilidad por otras equivalentes.

Ocurre que, en general, las cosas que se terminan cuando las disfrutamos, tienden a ser cosas fácilmente sustituibles por otras virtualmente idénticas, y por eso el Derecho las llama fungibles. 

La fungibilidad de las cosas facilita la creación de un mercado para ellas, y el establecimiento de precios de referencia, lo que hace posible la transmisión de dichas cosas, la mercantilización de los objetos. Por eso, cuando yo me refería a la vida como algo fungible, en mi referencia al mito griego de Admeto y Alceste, quería decir que, en cierto sentido, para los griegos, la vida era como un trozo de hilo que nos conceden las Moiras y que se puede transmitir de unos a otros, como quien transmite un saco de trigo. Yo dejo de disfrutar mi vida, y te la traspaso a tí. Yo me quedo sin mi vida, pero tú la tienes, Mors mea, vita tua (esto tiene además algo de actualidad, sin duda, por el tema de las donaciones de órganos y los transplantes, algo que por lo tanto, y en cierto modo, supo anticipar la mitología griega, como tantas otras cosas).

Así que este es el sentido en el que yo usé la dichosa palabra fungible, tan cara a los juristas. Estoy de acuerdo con Marta en que es una palabra rara y fea, pero no encontré otra para expresar lo que yo quería sobre la noción griega de la fungibilidad de la vida. 

Además, si bien fea, es una palabra muy interesante. Fungible proviene, en primera instancia, del latín fungor, que significa ejecutar, cumplir, concluir algo. Esto nos lleva a palabras como disfrutar, y también a términos como función, que en matemáticas indica el acto de ejecutar, de llevar a cabo, de dar fin a una operación cualquiera, (o a un conjunto de operaciones), sobre una variable independiente, al objeto de obtener la variable dependiente. 

También, la misma raiz latina de fungor tiene relación con el término “difunto”, en el sentido de que quien ha muerto, precisamente ha gastado o disfrutado de su vida.

Es fascinante esta vinculación lingüística entre la vida y la muerte. Entre el disfrute y el fin del disfrute. Pero es que esto es precisamente la esencia de la fungibilidad, como dije más arriba. Y es una relación lingüística que en última instancia proviene del primitivo indoeuropeo. En sánscrito, por ejemplo, la raíz bheug (lo podríamos pronunciar fug), que es el antepasado verbal remoto de fungor y fungible, significa al mismo tiempo disfrutar y concluir. Y aún hoy, entre los sikhs, el  bhog es justamente el acto de cumplir adecuadamente con los ritos funerarios, de poner punto final a una existencia. Curiosa (y sabia) esta vinculación lingüística entre la vida y la muerte, como si fuesen el anverso y el reverso de una misma moneda. Los psicoanalistas sabran interpretar muy bien esta vinculación verbal.

Así que es en este sentido interesantísimo de cosa fungible, es en el que Admeto recibe el terrible don de Apolo. Puede obtener vida, si consigue que alguien se la transmita. Puede evitar la muerte si alguien accede a dar la suya por él. Y esto solo es capaz de hacerlo su amada Alceste.

Creo que usé adecuadamente la palabra, por lo tanto.

Pero, cabe decir, que además del mito de Admeto, hay otras muchas narraciones de la antigua Grecia que sugieren esta idea tan profundamente arraigada en el alma primitiva helénica. Por ejemplo, el mito de la inmortalidad parcial de los Dioscuros, que en alguna ocasión también he comentado aquí.

O un maravilloso cuentecito tradicional griego que nos habla de un tiempo en el que todas las criaturas tenían una duración de la vida muy parecida: hombres, caballos, bueyes, perros…Un día de invierno, durante una terrible tormenta, el caballo, el buey y el perro buscan refugio en la cabaña del hombre. Allí pasan una noche, y al amanecer, cuando ha concluido la tempestad, cada uno de los huéspedes quiere agradecer al hombre su hospitalidad y es así como deciden cederle parte de sus vidas. Con ello, la vida del hombre se hace más larga que la de todos sus huéspedes. Pero esto explica también que en la juventud, el hombre sea tan fogoso como un caballo, que se tranquilice y asiente como un buey pastueño cuando la madurez va llegando, y que más adelante acabe siendo un ser un tanto malhumorado y gruñón, tal como yo lo he sido al reprochar a Marta por no utilizar más a menudo el diccionario, ese objeto que ya, ay, se diría pertenece al ámbito de la paleontología. 


Tafois kekoniamenois.

Ahora se lleva mucho la camisa blanca entre los que aspiran al poder. Sánchez y Madina han hecho toda su campaña casi sin quitársela. 
Es una moda que inauguró Obama, evocando las célebres camisas blancas de los Kennedy, quienes a menudo se despojaban de la chaqueta para dar mucha imagen de energía y proactividad. 
Obama ha sabido explotar muy bien esa iconografía consagrada de la camisa blanca kennediana, con esas mangas tan descuidadamente recogidas (muy importante). 
Luego ha venido Matteo Renzi, imitando el estilo camiseril de Obama. Con gran éxito de público y crítica.
Y ahora se visten de camisa blanca estos candidatos de hipotética izquierda que reconocen sin pudor ver en el condottiero italiano un perfecto modelo a seguir. Y en Obama, claro está.
Camisa blanca. Librea de meeting. Uniforme de rottamatore. Seña de identidad de político de nueva generación y de presunta vocación progresista. 
La cosa tiene una explicación. Llevar estas camisas blancas mal remangadas y sin corbata transmite un claro mensaje subliminal (sub-limen, por debajo del límite, debajo del nivel de la conciencia). A saber: ojo, votante, esta camisa te indica que yo llevo normalmente traje y corbata, es decir, no soy un perroflauta o un friki; soy del sistema, no te vayas a creer; lo que pasa es que, una cosa no quita la otra, también me mola el buen rollito de izquierdas; soy un tío majo y currante, de verdad…pero soy una persona de orden, en última instancia. Te puedes fiar de mí. Si quiero me pongo la chaqueta y la corbata y ya está…
Es eso, básicamente. La potente semiótica de la camisa blanca remangada. Una camisa blanca que adicionalmente transmite una idea de la impecable limpieza moral en el candidato, algo muy necesario en estos tiempos. Pero esto último es un truco muy viejo. Ya lo usaban los romanos, que vestían con togas completamente blanqueadas con tiza (candidae togae) a los que se debatían en el cursus honoris en busca de algún puesto. No se si va a colar. Y además, a mí me recuerda, no se por qué, aquello tan expresivo que alguien mas autorizado que yo dedicó a los escribas y fariseos de su tiempo. Me refiero a eso de de τάφοις κεκονιαμένοις, es decir sepulcros blanqueados, tal vez bellos por fuera pero llenos, por dentro, de huesos y restos del pasado…

Tafois kekoniamenois.

Ahora se lleva mucho la camisa blanca entre los que aspiran al poder. Sánchez y Madina han hecho toda su campaña casi sin quitársela.

Es una moda que inauguró Obama, evocando las célebres camisas blancas de los Kennedy, quienes a menudo se despojaban de la chaqueta para dar mucha imagen de energía y proactividad. 

Obama ha sabido explotar muy bien esa iconografía consagrada de la camisa blanca kennediana, con esas mangas tan descuidadamente recogidas (muy importante). 

Luego ha venido Matteo Renzi, imitando el estilo camiseril de Obama. Con gran éxito de público y crítica.

Y ahora se visten de camisa blanca estos candidatos de hipotética izquierda que reconocen sin pudor ver en el condottiero italiano un perfecto modelo a seguir. Y en Obama, claro está.

Camisa blanca. Librea de meeting. Uniforme de rottamatore. Seña de identidad de político de nueva generación y de presunta vocación progresista. 

La cosa tiene una explicación. Llevar estas camisas blancas mal remangadas y sin corbata transmite un claro mensaje subliminal (sub-limen, por debajo del límite, debajo del nivel de la conciencia). A saber: ojo, votante, esta camisa te indica que yo llevo normalmente traje y corbata, es decir, no soy un perroflauta o un friki; soy del sistema, no te vayas a creer; lo que pasa es que, una cosa no quita la otra, también me mola el buen rollito de izquierdas; soy un tío majo y currante, de verdad…pero soy una persona de orden, en última instancia. Te puedes fiar de mí. Si quiero me pongo la chaqueta y la corbata y ya está…

Es eso, básicamente. La potente semiótica de la camisa blanca remangada. Una camisa blanca que adicionalmente transmite una idea de la impecable limpieza moral en el candidato, algo muy necesario en estos tiempos. Pero esto último es un truco muy viejo. Ya lo usaban los romanos, que vestían con togas completamente blanqueadas con tiza (candidae togae) a los que se debatían en el cursus honoris en busca de algún puesto. No se si va a colar. Y además, a mí me recuerda, no se por qué, aquello tan expresivo que alguien mas autorizado que yo dedicó a los escribas y fariseos de su tiempo. Me refiero a eso de de τάφοις κεκονιαμένοις, es decir sepulcros blanqueados, tal vez bellos por fuera pero llenos, por dentro, de huesos y restos del pasado…


The Happiness Valley
De acuerdo con una reciente normativa, hasta los niños más pequeños, cuando van por el parque con su minúscula bicicleta de ruedines, deben usar casco. Si no lo hacen, sus padres se exponen  a una multa de nada menos que 200 euros. 
Esto es otro pintoresco ejemplo de cómo consentimos que los gobiernos nos sobreprotejan y nos expolien a la vez. Aceptamos que nos dirijan y controlen la vida hasta límites que rayan en lo ridículo. Y aceptamos que además nos despojen por ello. 
El tema este del casco en la bicicleta con ruedines tiene además algo de simbólico. Cuando un niño se sube a una bicicleta por primera vez, se produce su mágico encuentro con la libertad. Poco tiempo antes, iba en un cochecito, amarrado. Pero ahora va solo. Puede girar a izquierda y derecha. Dirigirse a donde quiera. Hasta tocar el timbre. Es su primera intuición de que su vida puede estar en sus manos, y no en la de los demás. Tal vez por eso, con los primeros pasos sobre la bici, iniciamos un idilio que dura muchos años. 
Pero ahora, le calzamos a la criatura un casco. Para empezar. Para que vaya comprendiendo de qué va el asunto. 
Hemos creado un sistema de poder que nos exprime, pero eso sí, lo hace vigilándonos noche y día. Y velando hipócritamente por nuestra seguridad y hasta nuestra felicidad, pese a que, por ejemplo, no tiene escrúpulos en financiarse con la lucrativa y mortífera industria del tabaco (7 mil millones de euros vale hoy la marca Winston, acabo de leer, en plena época de las falaces campañas anti-nicotina, lo que resulta sumamente significativo ). 
Felices y seguros a la fuerza nos quieren hacer, como en aquel hilarante episodio de Monty Python, The Happiness Valley, en el que vemos cómo en el país de los hombres seguros y jocosos a la fuerza, juzgan a un pobre ciudadano por el delito de no haber sido feliz durante 5 minutos. El juez, partiéndose de risa, como el resto de los asistentes al juicio, le condena a ser colgado en la horca, por lo menos hasta que se anime un poco…

The Happiness Valley

De acuerdo con una reciente normativa, hasta los niños más pequeños, cuando van por el parque con su minúscula bicicleta de ruedines, deben usar casco. Si no lo hacen, sus padres se exponen  a una multa de nada menos que 200 euros.

Esto es otro pintoresco ejemplo de cómo consentimos que los gobiernos nos sobreprotejan y nos expolien a la vez. Aceptamos que nos dirijan y controlen la vida hasta límites que rayan en lo ridículo. Y aceptamos que además nos despojen por ello. 

El tema este del casco en la bicicleta con ruedines tiene además algo de simbólico. Cuando un niño se sube a una bicicleta por primera vez, se produce su mágico encuentro con la libertad. Poco tiempo antes, iba en un cochecito, amarrado. Pero ahora va solo. Puede girar a izquierda y derecha. Dirigirse a donde quiera. Hasta tocar el timbre. Es su primera intuición de que su vida puede estar en sus manos, y no en la de los demás. Tal vez por eso, con los primeros pasos sobre la bici, iniciamos un idilio que dura muchos años. 

Pero ahora, le calzamos a la criatura un casco. Para empezar. Para que vaya comprendiendo de qué va el asunto. 

Hemos creado un sistema de poder que nos exprime, pero eso sí, lo hace vigilándonos noche y día. Y velando hipócritamente por nuestra seguridad y hasta nuestra felicidad, pese a que, por ejemplo, no tiene escrúpulos en financiarse con la lucrativa y mortífera industria del tabaco (7 mil millones de euros vale hoy la marca Winston, acabo de leer, en plena época de las falaces campañas anti-nicotina, lo que resulta sumamente significativo ). 

Felices y seguros a la fuerza nos quieren hacer, como en aquel hilarante episodio de Monty Python, The Happiness Valley, en el que vemos cómo en el país de los hombres seguros y jocosos a la fuerza, juzgan a un pobre ciudadano por el delito de no haber sido feliz durante 5 minutos. El juez, partiéndose de risa, como el resto de los asistentes al juicio, le condena a ser colgado en la horca, por lo menos hasta que se anime un poco…


Jul 19
Bicis, fados y mitos.
De tres cosas no me canso nunca: de bicis, de fados y de mitos. Hasta el punto que mis hijas a menudo se toman la triple obsesión a broma. No lo busques, está pedaleando. Otra vez nos va a poner fados en el coche. Cuidado que ahora nos suelta otra de mitos griegos.
Tienen razón. Especialmente con esto último. Los mitos griegos me fascinan desde que tengo uso de razón (de lo cual no hace mucho, si acaso). Quizá doy la lata demasiado con ellos a mis amigos y familia. Tengo que reconsiderar el asunto.
Pero es que a veces me provocan. Hace unos días a Marta no se le ocurrió otra cosa que preguntarme por mi narración mitológica favorita, entre las muchas que le voy contando. Error fatal. Esta es la mía, me dije.
Le expliqué a Marta que no tengo un mito favorito, sino tres. Y los tres hablan de las dos cosas más importantes que dan sentido no solo a la mitología griega, sino seguramente al arte, a la literatura, al pensamiento y a la vida…A saber, el amor y la muerte. O mejor dicho, el poder del amor, y el miedo a la muerte. Y la relación entre ambos.
Pero cada uno de esos tres mitos griegos que tengo por favoritos, habla del amor y de la muerte de una manera diferente. 
En uno de ellos, la muerte es implacable, y el amor casi no aparece. En otro, la muerte está a punto de ser vencida por el amor, pero este flaquea ante el poder del ego y la vanidad. En el tercero, en cambio, la muerte es, en cierto modo, vencida por el amor. 
Es una trilogía perfecta.
Mi primer mito es el de Sísifo, el piel de cabra, el hijo del Viento, el padre de Ulises. Sísifo es el más astuto de los hombres de su tiempo, de ahí su nombre, que se relaciona con sofos, sabio. Negociante sin escrúpulos. Tramposo. Hedonista. Está casado con Mérope, la única de las Pléyades que aceptó casarse con un un mortal. Pero a la bellísima Mérope, que incluso enloqueció a Zeus, apenas Sísifo le hace caso. La pasión de Sísifo es más bien por el comercio, el engaño, el dinero. Un día, la Muerte, cómo no, llama a la puerta de Sísifo. Pero este intenta engañarla. Es su estilo. Primeramente le ofrece dinero. Pero la Muerte se niega. Si lo aceptase, solo los ricos podrían vivir indefinidamente, y eso sería injusto. Entonces, Sísifo trama una treta para burlar a la Parca. Lo hace indicando previamente a Mérope que no le haga funerales tras su inminente muerte. De este modo, cuando Sísifo llega al Infierno, le explica a Hades que es indispensable su retorno, un día o dos, para castigar adecuadamente a su esposa por no haber cumplido con los ritos funerarios habituales tras el óbito de su esposo, crimen supremo donde los haya. Hades cede y Sísifo retorna al mundo de los vivos. Y si te he visto no me acuerdo. Nuestro héroe se larga a Corinto y se da la gran vida. Hasta que la Muerte vuelve a por él, y lo hace particularmente enfadada por el engaño. El castigo será terrible. Lo conocemos todos. Sísifo pasará la Eternidad empujando una enorme piedra hasta la cima de una colina. Tan solo para ver cómo vuelve a caer una vez consigue llevarla hasta arriba.
En mi segundo mito griego favorito, nos encontramos con Orfeo. Orfeo también nos lleva al tema de la Muerte, pero ya en este caso como algo plenamente entrelazado con el Amor. Orfeo, el músico divino, el hijo de Apolo, pierde a su amada esposa Eurídice, pero por amor baja hasta el Tártaro en su búsqueda y la rescata. Sin embargo, en el camino de retorno, Orfeo, tal vez ensimismado en su música, tal vez demasiado pagado de sí mismo y el poder de su arte, olvida la norma ancestral de no mirar a los muertos y provoca la segunda muerte de su amada. Se queda en una ya inevitable orfandad. De ahí su nombre.
El tercero de mis mitos nos habla de un gran héroe heleno: Admeto, el domador (de ahí su nombre, del verbo damnemí, domar). Es el joven que consigue la mano de la bellísima Alceste la hija del rey Yolco, a quien su padre no quería casar bajo ningún concepto. Pero el bravo Admeto consigue llevar a cabo la imposible proeza que el padre de la princesa había fijado como condición para renunciar a su hija: uncir un jabalí y un león. Cumplida la hazaña, Admeto y Alceste se casan, felices. Pero el lecho nupcial, la noche de bodas, aparece lleno de serpientes, lo que resulta el peor de los presagios para la pareja. Solo augura muerte. Y en efecto, la Muerte no tarda en acudir en busca de su próxima presa, el bravo y apuesto Admeto. Pero ocurre que Admeto resultaba ser un protegido de Apolo (Cuando Apolo se enemistó con Zeus, fue exiliado al mundo de los mortales, y el dios pasó una temporada en la casa de Admeto, como huésped). Así que Apolo le ofreció un regalo salvador a su amigo. Le obsequió con el don de poder cambiar su vida por la de otro mortal. Admeto se horrorizó ante esto. Pero no tenía otra opción que aceptar el presente. Los regalos de los dioses no se pueden rechazar bajo ningún concepto. Entonces Admeto, melancólicamente, buscó, entre parientes y amigos, alguien que quisiera morir por él. Pero nadie aceptó. Ni siquiera su padre que, indignado, le dijo que ya bastaba con haberle dado una vez la vida, como para que le exigiera otra vez lo mismo. Faltaría más. Así que Admeto se resignó a morir. Mas no contaba con el infinito amor de su esposa, que afirmó estar decidida a ir al Infierno por él. Y así ocurrió, dejando sin embargo a Admeto en el desconsuelo supremo. La vida, así, no merecía la pena. 
Fue entonces cuando los dioses se apiadaron de los dos enamorados separados por la Muerte, y enviaron a Hércules a resolver la cuestión. Siempre aparece Hércules en los momentos más dramáticos de la mitología griega. Hércules baja hasta el reino tenebroso de Hades, se enfrenta a él, lo vence, y recupera a Alceste, que vuelve así con su amado Admeto. Es el más feliz de los finales para nuestra romántica historia.
Son tres mitos fascinantes y llenos de sabias alegorías. El primero nos habla de la vanidad y vacuidad de las cosas mundanas. De poco vale ser el más listo de los hombres, conseguir éxito, riquezas o fama. Todo eso, si no hay nada más, es arar en el agua o subir una y otra vez una gran piedra hasta lo alto de una montaña. Sísifo es el símbolo del hombre moderno, engreído, pagado de sí mismo, volcado en conseguir absurdos avances técnicos que crean enormes problemas, los cuales a su vez requerirán de nuevos avances para ser resueltos. Y así indefinidamente.
El segundo de los mitos nos habla de la capacidad del arte, la poesía y la belleza para enfrentarse a la Muerte y conseguir casi vencerla. Pero el arte, cuando se ensimisma, puede conducir al egoismo, y hace olvidar el amor. Orfeo también nos habla del error de la nostalgia, del pecado de vivir mirando siempre hacia atrás. No basta el arte. No basta el recuerdo. Con eso solo no se vence a la Muerte.
El tercero de los mitos, el de Admeto y Alceste, es la más bella historia de amor jamás contada y es al mismo tiempo es una reflexión sobre los grandes problemas de la vida. Sugiere que el verdadero amor conyugal, a la postre, está por encima de cualquier otro amor, y es el único amor capaz incluso de enfrentarse a la Muerte y de vencerla. Y también suscita muchos pensamientos inquietantes. Suscita reflexiones sobre la vida, que no parece ser otra cosa sino un regalo que nos hacen las Moiras (moira=trozo, parte), o sea, en cierto modo por la Muerte misma. Un pedacito de existencia que nos es ofrecido generosamente a los que antes de nacer no existíamos, claro está. Un regalo que tal vez incluso podríamos intercambiar con otros semejantes, hasta tal punto puede verse como algo fungible, particularmente en estos tiempos en los que hacemos donaciones de órganos y transplantes que arrebatan su presa a la muerte en muchos casos.
Sísifo, Orfeo y Admeto. Mis tres mitos griegos favoritos. Yo pienso mucho en ellos. Doy muchas vueltas en torno a estas narraciones inmortales, creadas por la sabiduría infinita de un pueblo único. Y lo hago mientras voy en mi bicicleta por el Guadarrama. O mientras escucho en mi jardín, bajo las estrellas, las canciones de Mariza, a quien anoche, como he dicho, en el Price, escuché arrobado y agradecido, cantar sublimes poemas de amor, de saudade y de vida.

Bicis, fados y mitos.

De tres cosas no me canso nunca: de bicis, de fados y de mitos. Hasta el punto que mis hijas a menudo se toman la triple obsesión a broma. No lo busques, está pedaleando. Otra vez nos va a poner fados en el coche. Cuidado que ahora nos suelta otra de mitos griegos.

Tienen razón. Especialmente con esto último. Los mitos griegos me fascinan desde que tengo uso de razón (de lo cual no hace mucho, si acaso). Quizá doy la lata demasiado con ellos a mis amigos y familia. Tengo que reconsiderar el asunto.

Pero es que a veces me provocan. Hace unos días a Marta no se le ocurrió otra cosa que preguntarme por mi narración mitológica favorita, entre las muchas que le voy contando. Error fatal. Esta es la mía, me dije.

Le expliqué a Marta que no tengo un mito favorito, sino tres. Y los tres hablan de las dos cosas más importantes que dan sentido no solo a la mitología griega, sino seguramente al arte, a la literatura, al pensamiento y a la vida…A saber, el amor y la muerte. O mejor dicho, el poder del amor, y el miedo a la muerte. Y la relación entre ambos.

Pero cada uno de esos tres mitos griegos que tengo por favoritos, habla del amor y de la muerte de una manera diferente. 

En uno de ellos, la muerte es implacable, y el amor casi no aparece. En otro, la muerte está a punto de ser vencida por el amor, pero este flaquea ante el poder del ego y la vanidad. En el tercero, en cambio, la muerte es, en cierto modo, vencida por el amor.

Es una trilogía perfecta.

Mi primer mito es el de Sísifo, el piel de cabra, el hijo del Viento, el padre de Ulises. Sísifo es el más astuto de los hombres de su tiempo, de ahí su nombre, que se relaciona con sofos, sabio. Negociante sin escrúpulos. Tramposo. Hedonista. Está casado con Mérope, la única de las Pléyades que aceptó casarse con un un mortal. Pero a la bellísima Mérope, que incluso enloqueció a Zeus, apenas Sísifo le hace caso. La pasión de Sísifo es más bien por el comercio, el engaño, el dinero. Un día, la Muerte, cómo no, llama a la puerta de Sísifo. Pero este intenta engañarla. Es su estilo. Primeramente le ofrece dinero. Pero la Muerte se niega. Si lo aceptase, solo los ricos podrían vivir indefinidamente, y eso sería injusto. Entonces, Sísifo trama una treta para burlar a la Parca. Lo hace indicando previamente a Mérope que no le haga funerales tras su inminente muerte. De este modo, cuando Sísifo llega al Infierno, le explica a Hades que es indispensable su retorno, un día o dos, para castigar adecuadamente a su esposa por no haber cumplido con los ritos funerarios habituales tras el óbito de su esposo, crimen supremo donde los haya. Hades cede y Sísifo retorna al mundo de los vivos. Y si te he visto no me acuerdo. Nuestro héroe se larga a Corinto y se da la gran vida. Hasta que la Muerte vuelve a por él, y lo hace particularmente enfadada por el engaño. El castigo será terrible. Lo conocemos todos. Sísifo pasará la Eternidad empujando una enorme piedra hasta la cima de una colina. Tan solo para ver cómo vuelve a caer una vez consigue llevarla hasta arriba.

En mi segundo mito griego favorito, nos encontramos con Orfeo. Orfeo también nos lleva al tema de la Muerte, pero ya en este caso como algo plenamente entrelazado con el Amor. Orfeo, el músico divino, el hijo de Apolo, pierde a su amada esposa Eurídice, pero por amor baja hasta el Tártaro en su búsqueda y la rescata. Sin embargo, en el camino de retorno, Orfeo, tal vez ensimismado en su música, tal vez demasiado pagado de sí mismo y el poder de su arte, olvida la norma ancestral de no mirar a los muertos y provoca la segunda muerte de su amada. Se queda en una ya inevitable orfandad. De ahí su nombre.

El tercero de mis mitos nos habla de un gran héroe heleno: Admeto, el domador (de ahí su nombre, del verbo damnemí, domar). Es el joven que consigue la mano de la bellísima Alceste la hija del rey Yolco, a quien su padre no quería casar bajo ningún concepto. Pero el bravo Admeto consigue llevar a cabo la imposible proeza que el padre de la princesa había fijado como condición para renunciar a su hija: uncir un jabalí y un león. Cumplida la hazaña, Admeto y Alceste se casan, felices. Pero el lecho nupcial, la noche de bodas, aparece lleno de serpientes, lo que resulta el peor de los presagios para la pareja. Solo augura muerte. Y en efecto, la Muerte no tarda en acudir en busca de su próxima presa, el bravo y apuesto Admeto. Pero ocurre que Admeto resultaba ser un protegido de Apolo (Cuando Apolo se enemistó con Zeus, fue exiliado al mundo de los mortales, y el dios pasó una temporada en la casa de Admeto, como huésped). Así que Apolo le ofreció un regalo salvador a su amigo. Le obsequió con el don de poder cambiar su vida por la de otro mortal. Admeto se horrorizó ante esto. Pero no tenía otra opción que aceptar el presente. Los regalos de los dioses no se pueden rechazar bajo ningún concepto. Entonces Admeto, melancólicamente, buscó, entre parientes y amigos, alguien que quisiera morir por él. Pero nadie aceptó. Ni siquiera su padre que, indignado, le dijo que ya bastaba con haberle dado una vez la vida, como para que le exigiera otra vez lo mismo. Faltaría más. Así que Admeto se resignó a morir. Mas no contaba con el infinito amor de su esposa, que afirmó estar decidida a ir al Infierno por él. Y así ocurrió, dejando sin embargo a Admeto en el desconsuelo supremo. La vida, así, no merecía la pena. 

Fue entonces cuando los dioses se apiadaron de los dos enamorados separados por la Muerte, y enviaron a Hércules a resolver la cuestión. Siempre aparece Hércules en los momentos más dramáticos de la mitología griega. Hércules baja hasta el reino tenebroso de Hades, se enfrenta a él, lo vence, y recupera a Alceste, que vuelve así con su amado Admeto. Es el más feliz de los finales para nuestra romántica historia.

Son tres mitos fascinantes y llenos de sabias alegorías. El primero nos habla de la vanidad y vacuidad de las cosas mundanas. De poco vale ser el más listo de los hombres, conseguir éxito, riquezas o fama. Todo eso, si no hay nada más, es arar en el agua o subir una y otra vez una gran piedra hasta lo alto de una montaña. Sísifo es el símbolo del hombre moderno, engreído, pagado de sí mismo, volcado en conseguir absurdos avances técnicos que crean enormes problemas, los cuales a su vez requerirán de nuevos avances para ser resueltos. Y así indefinidamente.

El segundo de los mitos nos habla de la capacidad del arte, la poesía y la belleza para enfrentarse a la Muerte y conseguir casi vencerla. Pero el arte, cuando se ensimisma, puede conducir al egoismo, y hace olvidar el amor. Orfeo también nos habla del error de la nostalgia, del pecado de vivir mirando siempre hacia atrás. No basta el arte. No basta el recuerdo. Con eso solo no se vence a la Muerte.

El tercero de los mitos, el de Admeto y Alceste, es la más bella historia de amor jamás contada y es al mismo tiempo es una reflexión sobre los grandes problemas de la vida. Sugiere que el verdadero amor conyugal, a la postre, está por encima de cualquier otro amor, y es el único amor capaz incluso de enfrentarse a la Muerte y de vencerla. Y también suscita muchos pensamientos inquietantes. Suscita reflexiones sobre la vida, que no parece ser otra cosa sino un regalo que nos hacen las Moiras (moira=trozo, parte), o sea, en cierto modo por la Muerte misma. Un pedacito de existencia que nos es ofrecido generosamente a los que antes de nacer no existíamos, claro está. Un regalo que tal vez incluso podríamos intercambiar con otros semejantes, hasta tal punto puede verse como algo fungible, particularmente en estos tiempos en los que hacemos donaciones de órganos y transplantes que arrebatan su presa a la muerte en muchos casos.

Sísifo, Orfeo y Admeto. Mis tres mitos griegos favoritos. Yo pienso mucho en ellos. Doy muchas vueltas en torno a estas narraciones inmortales, creadas por la sabiduría infinita de un pueblo único. Y lo hago mientras voy en mi bicicleta por el Guadarrama. O mientras escucho en mi jardín, bajo las estrellas, las canciones de Mariza, a quien anoche, como he dicho, en el Price, escuché arrobado y agradecido, cantar sublimes poemas de amor, de saudade y de vida.


Jul 13
Probable.

Las palabras, como todo, se adaptan al entorno. Un sencillo ejemplo es la palabra “probable”. Inicialmente, en su forma latina, “probabilis”, se usaba para referirse a algo que resultaba tan cierto como para poderse probar y demostrar, si preciso fuere. Pero, claro, se abusó de la palabra. Los astrólogos medievales consideraban probabilis aquello que en realidad no resultaba después ser tan cierto. Lo mismo los abogados en los juicios. O los médicos ante la evolución de la enfermedad o los esperables resultados de una pócima.Con el tiempo, lo que a ciencia cierta podía probarse se quedó simplemente en eso, en probable. Y, más aún, nació, con toda majestad, la Teoría de la Probabilidad, pero no como teoría de la certeza, sino más bien como Teoría de la Incertidumbre. 

Vivimos la Edad de la Indeterminación. La física contemporánea ha convertido las verdades en una cuestión meramente probabilística. Pero antes de que eso hubiese ocurrido, el lenguaje ya se había adaptado muy oportunamente a la transformación. 

Probable.

Las palabras, como todo, se adaptan al entorno. Un sencillo ejemplo es la palabra “probable”. Inicialmente, en su forma latina, “probabilis”, se usaba para referirse a algo que resultaba tan cierto como para poderse probar y demostrar, si preciso fuere. Pero, claro, se abusó de la palabra. Los astrólogos medievales consideraban probabilis aquello que en realidad no resultaba después ser tan cierto. Lo mismo los abogados en los juicios. O los médicos ante la evolución de la enfermedad o los esperables resultados de una pócima.Con el tiempo, lo que a ciencia cierta podía probarse se quedó simplemente en eso, en probable. Y, más aún, nació, con toda majestad, la Teoría de la Probabilidad, pero no como teoría de la certeza, sino más bien como Teoría de la Incertidumbre. 

Vivimos la Edad de la Indeterminación. La física contemporánea ha convertido las verdades en una cuestión meramente probabilística. Pero antes de que eso hubiese ocurrido, el lenguaje ya se había adaptado muy oportunamente a la transformación. 


Gaia.

Claro que Gaia se adapta. El problema es cómo se adapta. Parece ser que algunas de esas islas de detritus del Pacífico están desapareciendo; los peces (u otras criaturas) han aprendido a digerir el plástico. Y se han comido alguno de esos inmensos atolones de basura flotante. Pero cuando los pesqueros japoneses capturen esos peces, será el punto de partida para llevar a nuestra mesa un pescado de inusitada toxicidad. Es como si la Naturaleza nos devolviese la pelota. Otro ejemplo serían las medusas que infestan las costas mediterráneas; son seres de muy baja complejidad y por ello mismo se adaptan perfectamente a la escasez de oxígeno y a la imparable degradación de las aguas del Mare Nostrum. Su proliferación es inaudita. Y temible.
O sea, Gaia se defiende de nosotros. Reacciona. Se adapta. Como lo ha hecho a lo largo de miles de millones de años. 
La cuestión es si la forma en la que se está produciendo esa adaptación nos va a gustar o no.

Gaia.

Claro que Gaia se adapta. El problema es cómo se adapta. Parece ser que algunas de esas islas de detritus del Pacífico están desapareciendo; los peces (u otras criaturas) han aprendido a digerir el plástico. Y se han comido alguno de esos inmensos atolones de basura flotante. Pero cuando los pesqueros japoneses capturen esos peces, será el punto de partida para llevar a nuestra mesa un pescado de inusitada toxicidad. Es como si la Naturaleza nos devolviese la pelota. Otro ejemplo serían las medusas que infestan las costas mediterráneas; son seres de muy baja complejidad y por ello mismo se adaptan perfectamente a la escasez de oxígeno y a la imparable degradación de las aguas del Mare Nostrum. Su proliferación es inaudita. Y temible.

O sea, Gaia se defiende de nosotros. Reacciona. Se adapta. Como lo ha hecho a lo largo de miles de millones de años.

La cuestión es si la forma en la que se está produciendo esa adaptación nos va a gustar o no.


Jul 12
Gotham

Al hilo de mi post sobre el origen del nombre de Gowex, alguien me ha llamado la atención sobre el no menos curioso nombre de la empresa que ha puesto en evidencia a estos estafadores del Go West, Go Wifi, Gowex. En efecto, suena raro que una firma se autodenomine Gotham Research. Pero tiene su lógica. La idea de Gotham Research es justamente poner en evidencia a las empresas golfas, a las firmas que utilizan auditorías falsas, a las compañías especializadas en recurrir a los trucos chapuceros de la mal llamada ingeniería financiera. 
Gotham Research evoca la ciudad corrupta, decadente, oscura y tristemente gótica del mundo de DC Comics, la contrafigura de la luminosa metrópolis de Clark Kent. ¿Y por qué pone en evidencia Gotham Research a los golfos de la contabilidad creativa? ¿Afán justiciero? ¿Profundo sentido ético? Nop. El asunto es poner en evidencia esas empresas justo después de haberse puesto en corto con ellas, es decir, justo después de haber apostado en la Bolsa a que no tardarían en hundirse. Self fulfilling prophecy, porque al desvelar en el momento apropiado su concienzuda investigación, los de Gotham Research derrumban a la empresa en cuestión y recogen seguidamente los réditos bursátiles. Así es el mundo de las finanzas. Así es la gran Gotham City del los mercados financieros.

Gotham

Al hilo de mi post sobre el origen del nombre de Gowex, alguien me ha llamado la atención sobre el no menos curioso nombre de la empresa que ha puesto en evidencia a estos estafadores del Go West, Go Wifi, Gowex. En efecto, suena raro que una firma se autodenomine Gotham Research. Pero tiene su lógica. La idea de Gotham Research es justamente poner en evidencia a las empresas golfas, a las firmas que utilizan auditorías falsas, a las compañías especializadas en recurrir a los trucos chapuceros de la mal llamada ingeniería financiera.

Gotham Research evoca la ciudad corrupta, decadente, oscura y tristemente gótica del mundo de DC Comics, la contrafigura de la luminosa metrópolis de Clark Kent. ¿Y por qué pone en evidencia Gotham Research a los golfos de la contabilidad creativa? ¿Afán justiciero? ¿Profundo sentido ético? Nop. El asunto es poner en evidencia esas empresas justo después de haberse puesto en corto con ellas, es decir, justo después de haber apostado en la Bolsa a que no tardarían en hundirse. Self fulfilling prophecy, porque al desvelar en el momento apropiado su concienzuda investigación, los de Gotham Research derrumban a la empresa en cuestión y recogen seguidamente los réditos bursátiles. Así es el mundo de las finanzas. Así es la gran Gotham City del los mercados financieros.


El Paisaje.
En la gloriosa mañana del sábado, me bajo de la bicicleta, allá en lo alto del Collado Ventoso, justo en el límite provincial, para hacer una foto del fascinante panorama. Y entonces pienso que Luis Rosales tenía razón: no existe el yo sin el paisaje. Tengo entendido también que cuando Ortega acuñó aquello del yo y la circunstancia, estaba precisamente vagando por estos andurriales del Guadarrama. La circunstancia a la que se refería Ortega era precisamente el paisaje. Este paisaje en concreto.
 

El Paisaje.

En la gloriosa mañana del sábado, me bajo de la bicicleta, allá en lo alto del Collado Ventoso, justo en el límite provincial, para hacer una foto del fascinante panorama. Y entonces pienso que Luis Rosales tenía razón: no existe el yo sin el paisaje. Tengo entendido también que cuando Ortega acuñó aquello del yo y la circunstancia, estaba precisamente vagando por estos andurriales del Guadarrama. La circunstancia a la que se refería Ortega era precisamente el paisaje. Este paisaje en concreto.

 


Instituciones y Mitos.
En la antigua Atenas, tan orgullosa de su democracia, era frecuente que cualquiera se preguntase por qué las mujeres no votaban. La explicación oficial siempre era la misma. La cosa se remontaba a la fundación de la ciudad. Poseidón y Atenea competían por el patronazgo. Atenea regaló a la ciudad un olivo. Poseidón hizo manar una fuente con un golpe de tridente. Y entonces se procedió a la votación. Como había muchas más mujeres que hombres (por las guerras), ganó Atenea de calle pese a que obviamente es más valiosa una fuente que un olivo. Y Poseidón, enfadadísimo, juró vengarse de la ciudad, lo que supuso incontables tribulaciones para los marineros atenienses a lo largo de los siglos. Esta es la razón, continúa la explicación oficial, porque desde entonces se considera prudente no dejar votar a las mujeres. Sería provocar aún más la ira del dios de los mares. Toda institución social necesita de mitos para sustentarse. Esa es justamente una de las funciones principales de los mitos: justificar lo que hay, sostener lo que no se quiere bajo ningún concepto modificar, por absurdo o injusto que parezca. Tenemos ejemplos muy reales y muy cerca.
 

Instituciones y Mitos.

En la antigua Atenas, tan orgullosa de su democracia, era frecuente que cualquiera se preguntase por qué las mujeres no votaban. La explicación oficial siempre era la misma. La cosa se remontaba a la fundación de la ciudad. Poseidón y Atenea competían por el patronazgo. Atenea regaló a la ciudad un olivo. Poseidón hizo manar una fuente con un golpe de tridente. Y entonces se procedió a la votación. Como había muchas más mujeres que hombres (por las guerras), ganó Atenea de calle pese a que obviamente es más valiosa una fuente que un olivo. Y Poseidón, enfadadísimo, juró vengarse de la ciudad, lo que supuso incontables tribulaciones para los marineros atenienses a lo largo de los siglos. Esta es la razón, continúa la explicación oficial, porque desde entonces se considera prudente no dejar votar a las mujeres. Sería provocar aún más la ira del dios de los mares. Toda institución social necesita de mitos para sustentarse. Esa es justamente una de las funciones principales de los mitos: justificar lo que hay, sostener lo que no se quiere bajo ningún concepto modificar, por absurdo o injusto que parezca. Tenemos ejemplos muy reales y muy cerca.

 


Tois filois o ortos filé.
Cuando alguien se autodefine en alguna red social, es muy frecuente que escriba en su perfil esa cosa tan tonta de “yo soy muy amigo de mis amigos”. Es una expresión verdaderamente lapaissiana, como diría Tabuchi; o sea una genuina perogrullada. Lo curioso es que también la encontramos en la obra cumbre de la literatura universal. En la primera escena de Antígona, Ismene le reconoce a esa primera heroina feminista de la Historia su admirable condición de valerosa, diciendo más o menos que “tus amigos son muy amigos tuyos" ( tois filois o ortos filé).  Nunca se sabe. Ni el mismísimo Sofocles se libra del vicio del lugar común.
 

Tois filois o ortos filé.

Cuando alguien se autodefine en alguna red social, es muy frecuente que escriba en su perfil esa cosa tan tonta de “yo soy muy amigo de mis amigos”. Es una expresión verdaderamente lapaissiana, como diría Tabuchi; o sea una genuina perogrullada. Lo curioso es que también la encontramos en la obra cumbre de la literatura universal. En la primera escena de Antígona, Ismene le reconoce a esa primera heroina feminista de la Historia su admirable condición de valerosa, diciendo más o menos que “tus amigos son muy amigos tuyos" ( tois filois o ortos filé).  Nunca se sabe. Ni el mismísimo Sofocles se libra del vicio del lugar común.

 


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