Joludi Blog

Sep 29
Poesía
Necesitamos imperiosamente la Poesía. Lo que no ha aclarado nadie todavía es para qué. Lo cual es muy poético.

Poesía

Necesitamos imperiosamente la Poesía. Lo que no ha aclarado nadie todavía es para qué. Lo cual es muy poético.


Arte y Ciencia.
Lo esencial de la Ciencia es transformar un enigma en una explicación. Lo esencial del Arte es transformar una explicación en un enigma.

Arte y Ciencia.

Lo esencial de la Ciencia es transformar un enigma en una explicación. Lo esencial del Arte es transformar una explicación en un enigma.


Historia
Dicen que la Historia no es más que un error seguido de otro error. Yo a veces pienso que no es así. Que es más bien el mismo error repetido una y otra vez.

Historia

Dicen que la Historia no es más que un error seguido de otro error. Yo a veces pienso que no es así. Que es más bien el mismo error repetido una y otra vez.


Trastornos y Problemas.
Se queja un lúcido psiquiatra, de los que se acaban de reunir en Madrid, de que la moderna psiquiatría está convirtiendo en trastornos psicológicos los problemas cotidianos de las personas. Debe ser cierto. Y me recuerda que los modernos políticos están haciendo justo lo contrario, a saber, convirtiendo en problemas cotidianos sus trastornos psicológicos…

Trastornos y Problemas.

Se queja un lúcido psiquiatra, de los que se acaban de reunir en Madrid, de que la moderna psiquiatría está convirtiendo en trastornos psicológicos los problemas cotidianos de las personas. Debe ser cierto. Y me recuerda que los modernos políticos están haciendo justo lo contrario, a saber, convirtiendo en problemas cotidianos sus trastornos psicológicos…


Aguas calientes.
Mientras desayuno en el maravilloso comedor,arquitectura belle epoque, altísimos techos, decoración finisecular, escucho detrás de mí unas voces que parecen muy indignadas con esos acontecimientos de la víspera en Cataluña. No oigo bien lo que dicen. Pero caigo en la cuenta de que justamente en este mismo comedor en el que me encuentro, tal vez en la misma mesa, un President de la Generalitat tuvo su último almuerzo en libertad antes de ingresar en la cárcel Modelo de Madrid, a la que se dirigía, tras la proclamación de la República Catalana y la consecuente reacción gubernamental llevada a cabo por el General Batet. Una reacción implacable, por más que Companys se había atrevido a gritar en Cortes, el año anterior, un sonoro y provocador “viva España” y se aseguró además de proclamar el “estat catalá”, sí, pero dentro de “la República Federal Espanyola”…(sic).
Era un gélido día del invierno de 1935, cuando Companys paraba a almorzar en Alhama de Aragón, horas antes de ingresar en prisión, para no salir hasta la amnistía de Azaña y el Frente Popular. 
No creo yo que se repitan estos episodios de la Historia, pese a tanto agorero. Pero también pienso que hay que estar preparados para la repetición de nuestra Historia, sobre todo de sus capítulos más estúpidos. Los habitantes de esta península en el confín de Europa tenemos una extraña capacidad para las meteduras de pata colectivas; disponemos de un sorprendente talento para dispararnos tiros en los pies, llevados tal vez por una especie de irracionalidad nacional secular y de una incapacidad para encontrar alguna bendita vez soluciones a los malditos problemas de siempre.
Américo Castro decía que en España tenemos algo así como un permanente depósito de violencia ciega, listo para ser abierto por el primer cretino que encuentre la llave. 
El lugar de frontera en el que me encuentro, que ha sido escenario a lo largo de los siglos de violentísimos enfrentamientos entre los poderosos de Castilla y los de Aragón, simboliza toda esa irracionalidad de la que hablaba Castro. 
Salgo del magnífico comedor pensando en estas cosillas y me marcho a darme un baño en el maravilloso lago de aguas calientes y ya casi humeantes en esta fresca mañana otoñal. Es el lago termal que tal vez da nombre al país bilbilitano (bilbidik parece ser la palabra prerromana que indica aguas en ebullición). 
Mientras nado despacito en esas aguas tan tibias y transparentes, me pregunto si no estarán empezando a hervir un poco las aguas de esta vieja tierra. 
Cansado, me acerco a brazadas la orilla y veo desde allí el edificio decadente del Casino en el que Berlanga rodó su malhadada película “El Jueves Milagro”. El guión era genial, a la altura de Bienvenido Mr. Marshall. Pero la censura no podía aceptar el texto provocador y un tanto anticlerical de Azcona, según el cuál el alcalde Isbert se inventaba un chusco milagro semanal tan solo para atraer turismo a su pueblecito en franca decadencia. Al pobre Berlanga lo abrumaron los censores eclesiásticos con infinitos cortes y cambios. Le reescribieron el guión hasta convertirlo en un esperpento irreconocible, incluso con aparición real de San Dimas junto a las aguas salutíferas. Y la película fue un fiasco que casi le hizo abandonar a Berlanga el cine para siempre.
El general Batet, Companys, la cárcel Modelo, los censores franquistas, incluso el espectro del admirable Sampedro, asiduo de Alhama y tristemente desaparecido hace apenas un año…todo eran imágenes inquietantes en mi mente, mientras yo nadaba en la mañana de este domingo de Septiembre en las aguas de un lago al que los romanos llamaban Congedo, y que resulta ser justo el lugar donde nació la Celtiberia eterna, la plausible raíz de las dos Españas, al menos si hacemos caso a Tito Livio. O, mejor aún, al bilbilitano Marcial, gloria literaria de la Tarraconense: nos celtis genitos et ex iberis…venimos de los celtas y también de los iberos…Veníamos, ya hace 2.000 años, de muy atrás…A lo peor no hemos cambiado mucho.

Aguas calientes.

Mientras desayuno en el maravilloso comedor,arquitectura belle epoque, altísimos techos, decoración finisecular, escucho detrás de mí unas voces que parecen muy indignadas con esos acontecimientos de la víspera en Cataluña. No oigo bien lo que dicen. Pero caigo en la cuenta de que justamente en este mismo comedor en el que me encuentro, tal vez en la misma mesa, un President de la Generalitat tuvo su último almuerzo en libertad antes de ingresar en la cárcel Modelo de Madrid, a la que se dirigía, tras la proclamación de la República Catalana y la consecuente reacción gubernamental llevada a cabo por el General Batet. Una reacción implacable, por más que Companys se había atrevido a gritar en Cortes, el año anterior, un sonoro y provocador “viva España” y se aseguró además de proclamar el “estat catalá”, sí, pero dentro de “la República Federal Espanyola”…(sic).

Era un gélido día del invierno de 1935, cuando Companys paraba a almorzar en Alhama de Aragón, horas antes de ingresar en prisión, para no salir hasta la amnistía de Azaña y el Frente Popular. 

No creo yo que se repitan estos episodios de la Historia, pese a tanto agorero. Pero también pienso que hay que estar preparados para la repetición de nuestra Historia, sobre todo de sus capítulos más estúpidos. Los habitantes de esta península en el confín de Europa tenemos una extraña capacidad para las meteduras de pata colectivas; disponemos de un sorprendente talento para dispararnos tiros en los pies, llevados tal vez por una especie de irracionalidad nacional secular y de una incapacidad para encontrar alguna bendita vez soluciones a los malditos problemas de siempre.

Américo Castro decía que en España tenemos algo así como un permanente depósito de violencia ciega, listo para ser abierto por el primer cretino que encuentre la llave. 

El lugar de frontera en el que me encuentro, que ha sido escenario a lo largo de los siglos de violentísimos enfrentamientos entre los poderosos de Castilla y los de Aragón, simboliza toda esa irracionalidad de la que hablaba Castro. 

Salgo del magnífico comedor pensando en estas cosillas y me marcho a darme un baño en el maravilloso lago de aguas calientes y ya casi humeantes en esta fresca mañana otoñal. Es el lago termal que tal vez da nombre al país bilbilitano (bilbidik parece ser la palabra prerromana que indica aguas en ebullición). 

Mientras nado despacito en esas aguas tan tibias y transparentes, me pregunto si no estarán empezando a hervir un poco las aguas de esta vieja tierra. 

Cansado, me acerco a brazadas la orilla y veo desde allí el edificio decadente del Casino en el que Berlanga rodó su malhadada película “El Jueves Milagro”. El guión era genial, a la altura de Bienvenido Mr. Marshall. Pero la censura no podía aceptar el texto provocador y un tanto anticlerical de Azcona, según el cuál el alcalde Isbert se inventaba un chusco milagro semanal tan solo para atraer turismo a su pueblecito en franca decadencia. Al pobre Berlanga lo abrumaron los censores eclesiásticos con infinitos cortes y cambios. Le reescribieron el guión hasta convertirlo en un esperpento irreconocible, incluso con aparición real de San Dimas junto a las aguas salutíferas. Y la película fue un fiasco que casi le hizo abandonar a Berlanga el cine para siempre.

El general Batet, Companys, la cárcel Modelo, los censores franquistas, incluso el espectro del admirable Sampedro, asiduo de Alhama y tristemente desaparecido hace apenas un año…todo eran imágenes inquietantes en mi mente, mientras yo nadaba en la mañana de este domingo de Septiembre en las aguas de un lago al que los romanos llamaban Congedo, y que resulta ser justo el lugar donde nació la Celtiberia eterna, la plausible raíz de las dos Españas, al menos si hacemos caso a Tito Livio. O, mejor aún, al bilbilitano Marcial, gloria literaria de la Tarraconense: nos celtis genitos et ex iberis…venimos de los celtas y también de los iberos…Veníamos, ya hace 2.000 años, de muy atrás…A lo peor no hemos cambiado mucho.


Sep 28
Hay que ver.
Hay que ver lo que ha envejecido el futuro últimamente..

Hay que ver.

Hay que ver lo que ha envejecido el futuro últimamente..


Epidemias y Símbolos.

Hablando del Ebola, me pregunta Mercedes si pienso que existe riesgo de que la epidemia llegue a nosotros. Le digo que no. Que no existe riesgo. Que lo que existe es certeza. Porque la epidemia ya está entre nosotros, al menos en un sentido etimológico y antropológico profundo.
La palabra epidemia, le digo, tenía entre los antiguos griegos un alcance religioso o ritual, antes que médico (es HIpócrates quien acuña por su cuenta el neologismo de epidemia en el sentido de peste o plaga).
Inicialmente, el término epidemios era tan solo el adjetivo utilizado para connotar aquello que tenemos en casa, aquello que está en nuestra tierra, lo que circula (“epi”) por nuestro pueblo o país (“demos”), sea esto lo que sea, tanto material como inmaterial. Por ejemplo, Homero, en la Odisea, se refiere precisamente a la guerra civil como polemos epidemios, la guerra en casa. En este sentido, epidemios era en Grecia simplemente lo opuesto a apodomos, que era lo extraño. No había originariamente en epidemios ninguna connotación médica, pues los términos usados en griego clásico para referirse a las enfermedades y pestes eran, por lo menos hasta Platón, nosos, phtoros y loimos, es decir, dolencia, ruina y plaga, respectivamente, 
El término epidemios se utilizaba también para referirse a quien volvía a casa después de un largo viaje o, sobre todo, al forastero que llegaba de lejos a nuestro país. Es decir, epidemios era esencialmente el extraño, el extranjero, el foráneo que venía a instalarse entre nosotros y ante el cual era preciso realizar rituales de acogida, sí, pero también de purificación. Esos rituales eran la epidemia.
Y esos rituales griegos de epidemia, a medias entre el exorcismo y la bienvenida, expresaban muy  bien las contrapuestas emociones que en nuestra cultura ha suscitado siempre el extranjero. Emociones que combinan el interés, el miedo, el acogimiento y la agresividad. Todo al mismo tiempo. Un compendio de sentimientos contradictorios que deja su herencia en muchos lenguajes. 
En castellano, el huésped es tanto el que pide acogida como el que la ofrece. En latín arcaico, una única palabra, hostis, se usaba para referirse tanto al invitado (antecedente remoto e indirecto de nuestro hostal, por ejemplo) como al enemigo (de aquí nuestra palabra hostilidad). También en hebreo usan dos palabras muy similares para referirse al enemigo o a quien es meramente extranjero, zar y sar, respectivamente.
Esos rituales epidémicos se celebraban en honor del dios Dionisos, que era para los griegos el extranjero por excelencia, el dios que tal vez venía de Anatolia, o de Libia, o de Etiopía. Y en todo caso, el dios de la movilidad y del fermento vital. Dionisos irrumpía en la vida de los griegos como un huesped no invitado. Un huesped llegado a las costas helenas en una simple nave de fortuna, es decir, en lo que hoy llamaríamos una patera.
Las llamadas epidemias dionisíacas, eran una fascinante forma de liturgia que consistía en la puesta en escena de la conflictiva llegada del dios en su patera, a la que inicialmente no se le concedía el derecho de amarrar en el puerto. Esa escenografía litúrgica tenía un profundísimo signifcado simbólico, porque sintetizaba la dualidad entre el deber de hospitalidad y el temor de la acogida, es decir, la carga contradictoria que está inscrita en la noción de contaminación, con su doble dimensión de fertilidad y de morbilidad. Es una contradicción que subsiste en nuestros tiempos, desde luego, con la dialéctica entre la necesidad de abrirse al mundo y el riesgo de perder la identidad propia, de corromper la seguridad que proporcionan los usos y  valores locales. Somos un mundo cada vez más globalizado, y cada vez más aterrorizado por la globalización.
En suma, le digo a Mercedes, la epidemia ya ha llegado a nosotros, en la forma de esos ritos profilácticos que realizamos, de esos aviones medicalizados en los que hemos repatriado a esos dos héroes admirables. Un avión y unos ritos profilácticos que simbolizan la profunda dualidad antropológica de la noción de hospitalidad (hospitalario, en un sentido nominal y real eran justamente esos dos hospitalarios de San Juan que han vuelto desde Africa solo para morir aquí).
Releo este último párrafo antes de poner punto final a esta reflexión y me llama la atención la aparición de la palabra símbolo, que necesariamente había de surgir en este contexto. 
Porque símbolo es un vocablo profundamente relacionado con las nociones de hospitalidad y de epidemia de las que me he ocupado en estas líneas.
El símbolo griego era lo que los romanos más tarde llamaron “tessera hospitalitatis”, es decir, una pequeña pieza de marfil o un anillo, que se dividía en dos partes, una de las cuales se entregaba a aquel que partía de viaje, para que cuando volviese, pudiese demostrar que era la misma persona que partió. El symbolon griego es palabra derivada del verbo symbalo, que significa encajar, juntar.
Aquel symbolon o fragmento de la pieza originaria que portaba siempre consigo el viajero se convertía entonces en símbolo de su origen, en certificado de su identidad, en el salvoconducto que le garantizaba la hospitalidad en el futuro retorno a casa.
Todo extranjero que llega lleva pues consigo un símbolo. 
En realidad, todo extranjero es en sí mismo un símbolo. 
Un símbolo de nuestras propias contradicciones profundas.
Ansiamos el desarrollo, la expansión, lo ajeno…necesitamos patéticamente la apertura hacia el otro. 
Pero, también, ay, vemos en el otro al enemigo, la materialización del peligro supremo. 
Nos cuesta comprender que en realidad, es el extranjero quien nos da a nosotros nuestra verdadera identidad, acaso haciendo de nosotros unos extranjeros frente a nosotros mismos…

Epidemias y Símbolos.

Hablando del Ebola, me pregunta Mercedes si pienso que existe riesgo de que la epidemia llegue a nosotros. Le digo que no. Que no existe riesgo. Que lo que existe es certeza. Porque la epidemia ya está entre nosotros, al menos en un sentido etimológico y antropológico profundo.

La palabra epidemia, le digo, tenía entre los antiguos griegos un alcance religioso o ritual, antes que médico (es HIpócrates quien acuña por su cuenta el neologismo de epidemia en el sentido de peste o plaga).

Inicialmente, el término epidemios era tan solo el adjetivo utilizado para connotar aquello que tenemos en casa, aquello que está en nuestra tierra, lo que circula (“epi”) por nuestro pueblo o país (“demos”), sea esto lo que sea, tanto material como inmaterial. Por ejemplo, Homero, en la Odisea, se refiere precisamente a la guerra civil como polemos epidemios, la guerra en casa. En este sentido, epidemios era en Grecia simplemente lo opuesto a apodomos, que era lo extraño. No había originariamente en epidemios ninguna connotación médica, pues los términos usados en griego clásico para referirse a las enfermedades y pestes eran, por lo menos hasta Platón, nosos, phtoros y loimos, es decir, dolencia, ruina y plaga, respectivamente, 

El término epidemios se utilizaba también para referirse a quien volvía a casa después de un largo viaje o, sobre todo, al forastero que llegaba de lejos a nuestro país. Es decir, epidemios era esencialmente el extraño, el extranjero, el foráneo que venía a instalarse entre nosotros y ante el cual era preciso realizar rituales de acogida, sí, pero también de purificación. Esos rituales eran la epidemia.

Y esos rituales griegos de epidemia, a medias entre el exorcismo y la bienvenida, expresaban muy  bien las contrapuestas emociones que en nuestra cultura ha suscitado siempre el extranjero. Emociones que combinan el interés, el miedo, el acogimiento y la agresividad. Todo al mismo tiempo. Un compendio de sentimientos contradictorios que deja su herencia en muchos lenguajes.

En castellano, el huésped es tanto el que pide acogida como el que la ofrece. En latín arcaico, una única palabra, hostis, se usaba para referirse tanto al invitado (antecedente remoto e indirecto de nuestro hostal, por ejemplo) como al enemigo (de aquí nuestra palabra hostilidad). También en hebreo usan dos palabras muy similares para referirse al enemigo o a quien es meramente extranjero, zar y sar, respectivamente.

Esos rituales epidémicos se celebraban en honor del dios Dionisos, que era para los griegos el extranjero por excelencia, el dios que tal vez venía de Anatolia, o de Libia, o de Etiopía. Y en todo caso, el dios de la movilidad y del fermento vital. Dionisos irrumpía en la vida de los griegos como un huesped no invitado. Un huesped llegado a las costas helenas en una simple nave de fortuna, es decir, en lo que hoy llamaríamos una patera.

Las llamadas epidemias dionisíacas, eran una fascinante forma de liturgia que consistía en la puesta en escena de la conflictiva llegada del dios en su patera, a la que inicialmente no se le concedía el derecho de amarrar en el puerto. Esa escenografía litúrgica tenía un profundísimo signifcado simbólico, porque sintetizaba la dualidad entre el deber de hospitalidad y el temor de la acogida, es decir, la carga contradictoria que está inscrita en la noción de contaminación, con su doble dimensión de fertilidad y de morbilidad. Es una contradicción que subsiste en nuestros tiempos, desde luego, con la dialéctica entre la necesidad de abrirse al mundo y el riesgo de perder la identidad propia, de corromper la seguridad que proporcionan los usos y  valores locales. Somos un mundo cada vez más globalizado, y cada vez más aterrorizado por la globalización.

En suma, le digo a Mercedes, la epidemia ya ha llegado a nosotros, en la forma de esos ritos profilácticos que realizamos, de esos aviones medicalizados en los que hemos repatriado a esos dos héroes admirables. Un avión y unos ritos profilácticos que simbolizan la profunda dualidad antropológica de la noción de hospitalidad (hospitalario, en un sentido nominal y real eran justamente esos dos hospitalarios de San Juan que han vuelto desde Africa solo para morir aquí).

Releo este último párrafo antes de poner punto final a esta reflexión y me llama la atención la aparición de la palabra símbolo, que necesariamente había de surgir en este contexto.

Porque símbolo es un vocablo profundamente relacionado con las nociones de hospitalidad y de epidemia de las que me he ocupado en estas líneas.

El símbolo griego era lo que los romanos más tarde llamaron “tessera hospitalitatis”, es decir, una pequeña pieza de marfil o un anillo, que se dividía en dos partes, una de las cuales se entregaba a aquel que partía de viaje, para que cuando volviese, pudiese demostrar que era la misma persona que partió. El symbolon griego es palabra derivada del verbo symbalo, que significa encajar, juntar.

Aquel symbolon o fragmento de la pieza originaria que portaba siempre consigo el viajero se convertía entonces en símbolo de su origen, en certificado de su identidad, en el salvoconducto que le garantizaba la hospitalidad en el futuro retorno a casa.

Todo extranjero que llega lleva pues consigo un símbolo.

En realidad, todo extranjero es en sí mismo un símbolo.

Un símbolo de nuestras propias contradicciones profundas.

Ansiamos el desarrollo, la expansión, lo ajeno…necesitamos patéticamente la apertura hacia el otro.

Pero, también, ay, vemos en el otro al enemigo, la materialización del peligro supremo.

Nos cuesta comprender que en realidad, es el extranjero quien nos da a nosotros nuestra verdadera identidad, acaso haciendo de nosotros unos extranjeros frente a nosotros mismos…


Sep 27
La comprensible comprensión del Universo.

Los físicos modernos cada vez están más convencidos de que el universo es, en realidad, un multiverso. Es decir, que el universo que conocemos, y en el que creemos vivir, es tan solo uno mas entre otros muchos, de una diversidad inconcebible.
En realidad, si esto  es así, poco importa en términos prácticos. Por definición, las diferentes instancias de ese abismal multiverso no se comunican de ninguna manera. Así que podemos dormir tranquilos, y conformarnos precisamente con esos universos paralelos a los que accedemos temporalmente cuando soñamos.
Sin embargo, en el plano teórico, la noción de multiverso es fascinante. Para empezar, si se confirma, resolvería el endiablado problema que Wigner y Einstein atisbaron asombrados.
Einstein decía que la cosa más incomprensible respecto al mundo es que resulte comprensible. Y, en el mismo sentido, Eugene Wigner se pasmaba ante la “irrazonable eficiencia” de las matemáticas. Una eficiencia que Wigner consideraba un regalo maravilloso para la Humanidad. Algo que "ni podemos comprender, ni merecemos".
Ahora bien, si es cierto que vivimos en un multiverso, el asombro de Wigner y Einstein se disuelve al instante como un terrón de azucar en el agua. El mundo sería comprensible y las matemáticas serían eficientes… porque daría la casualidad de que estamos justamente en uno de los universos paralelos en los que eso ocurre. Tal vez el único.
Si no estuviésemos en este específico mundo, las leyes físicas y lógicas serían distintas, o incluso inexistentes. Y sin esas leyes nosotros no existiríamos y, desde luego, no tendríamos ocasión para hacernos preguntas peliagudas como las de Wigner o Einstein. Es decir, con la confirmación de las teorías sobre los universos paralelos, esas preguntas se convierten súbitamente en una mera declinación del principio (falacia) antrópico.
A diferencia de lo que decía el otro filósofo de nombre Ortega, en el sentido de que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, la física moderna, con esta abracadabrante teoría de las supercuerdas y los multiversos, nos sugiere que las cosas son cómo son no porque no puedan ser de otro modo, sino justo porque podrían perfectamente ser de otro modo.

La comprensible comprensión del Universo.

Los físicos modernos cada vez están más convencidos de que el universo es, en realidad, un multiverso. Es decir, que el universo que conocemos, y en el que creemos vivir, es tan solo uno mas entre otros muchos, de una diversidad inconcebible.

En realidad, si esto  es así, poco importa en términos prácticos. Por definición, las diferentes instancias de ese abismal multiverso no se comunican de ninguna manera. Así que podemos dormir tranquilos, y conformarnos precisamente con esos universos paralelos a los que accedemos temporalmente cuando soñamos.

Sin embargo, en el plano teórico, la noción de multiverso es fascinante. Para empezar, si se confirma, resolvería el endiablado problema que Wigner y Einstein atisbaron asombrados.

Einstein decía que la cosa más incomprensible respecto al mundo es que resulte comprensible. Y, en el mismo sentido, Eugene Wigner se pasmaba ante la “irrazonable eficiencia” de las matemáticas. Una eficiencia que Wigner consideraba un regalo maravilloso para la Humanidad. Algo que "ni podemos comprender, ni merecemos".

Ahora bien, si es cierto que vivimos en un multiverso, el asombro de Wigner y Einstein se disuelve al instante como un terrón de azucar en el agua. El mundo sería comprensible y las matemáticas serían eficientes… porque daría la casualidad de que estamos justamente en uno de los universos paralelos en los que eso ocurre. Tal vez el único.

Si no estuviésemos en este específico mundo, las leyes físicas y lógicas serían distintas, o incluso inexistentes. Y sin esas leyes nosotros no existiríamos y, desde luego, no tendríamos ocasión para hacernos preguntas peliagudas como las de Wigner o Einstein. Es decir, con la confirmación de las teorías sobre los universos paralelos, esas preguntas se convierten súbitamente en una mera declinación del principio (falacia) antrópico.

A diferencia de lo que decía el otro filósofo de nombre Ortega, en el sentido de que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, la física moderna, con esta abracadabrante teoría de las supercuerdas y los multiversos, nos sugiere que las cosas son cómo son no porque no puedan ser de otro modo, sino justo porque podrían perfectamente ser de otro modo.


Sep 24
Materia oscura.
Los físicos ya saben que el Universo es, en su mayoría, materia oscura. ¿Cómo lo saben, si por definición la materia oscura no puede verse ni tocarse? Pues por sus consecuencias. Solo la existencia de materia oscura es capaz de hacer plausible o comprensible lo que percibimos en el Universo conocido.
Del mismo modo, los psicólogos saben que la mayoría de nuestros actos y nuestra vida, está determinada por la dark matter de nuestro inconsciente. Un mundo oscuro y enigmático que no vemos ni tocamos, pero que nos condiciona y nos determina. El inconsciente es a la mente, lo que la materia oscura es al Universo. O sea, casi todo.

Materia oscura.

Los físicos ya saben que el Universo es, en su mayoría, materia oscura. ¿Cómo lo saben, si por definición la materia oscura no puede verse ni tocarse? Pues por sus consecuencias. Solo la existencia de materia oscura es capaz de hacer plausible o comprensible lo que percibimos en el Universo conocido.

Del mismo modo, los psicólogos saben que la mayoría de nuestros actos y nuestra vida, está determinada por la dark matter de nuestro inconsciente. Un mundo oscuro y enigmático que no vemos ni tocamos, pero que nos condiciona y nos determina. El inconsciente es a la mente, lo que la materia oscura es al Universo. O sea, casi todo.


Durar
Al comenzar el primer Consejo de Ministros presidido por JM Aznar, recién asentado en la Moncloa, uno de los ministros tuvo la ocurrencia de preguntarle qué era lo que esperaba él que hiciese cada uno de los miembros del Consejo.
El entonces Presidente, que no ha pasado a la Historia, me parece, por su ingenio o por su talento, dio al flamante ministro, al instante, una respuesta que, quizá sin que él lo supiese, sí es muy ingeniosa y llena de talento. –Durar– dijo lacónicamente Aznar.–Durar. Eso es lo que espero que hagáis…
La anécdota es sumamente expresiva. Y tiene la credibilidad de que quien la anda contando es justamente el ministro que la protagonizó.
Durar. De eso se trata, según parece. Y eso lo es todo. Al menos eso es todo en política. Tal vez también en la vida.

Durar

Al comenzar el primer Consejo de Ministros presidido por JM Aznar, recién asentado en la Moncloa, uno de los ministros tuvo la ocurrencia de preguntarle qué era lo que esperaba él que hiciese cada uno de los miembros del Consejo.

El entonces Presidente, que no ha pasado a la Historia, me parece, por su ingenio o por su talento, dio al flamante ministro, al instante, una respuesta que, quizá sin que él lo supiese, sí es muy ingeniosa y llena de talento. –Durar– dijo lacónicamente Aznar.–Durar. Eso es lo que espero que hagáis…

La anécdota es sumamente expresiva. Y tiene la credibilidad de que quien la anda contando es justamente el ministro que la protagonizó.

Durar. De eso se trata, según parece. Y eso lo es todo. Al menos eso es todo en política. Tal vez también en la vida.


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