Joludi Blog

Sep 2
Training.

Marta casi lloró al ver en el Ngorongoro cómo dos leonas, apenas a 30 metros, en un soto, junto a un río, daban caza y seguidamente despedazaban en vida a un joven jabalí verrugoso (un pumba, para entendernos). La infeliz criatura gemía horriblemente mientras los felinos lo devoraban. Marta apenas podía mantener la mirada sobre esa orgía de sangre y dolor. ¿No podría ser la Naturaleza algo menos cruel y hacer que la presa muriese antes de ser despedazada? 
En realidad es así, según nos explicó Raimon. Por norma, las leonas siempre asfixian rápidamente a su presa antes de iniciar su banquete. Pero hay una excepción. Cuando tienen crías a su lado (como era el caso), las leonas tratan de familiarizar a esas crías con la atroz liturgia de la caza, la agonía y la muerte. Es pura formación, nos explicaba Raimon, pura formación…

Training.

Marta casi lloró al ver en el Ngorongoro cómo dos leonas, apenas a 30 metros, en un soto, junto a un río, daban caza y seguidamente despedazaban en vida a un joven jabalí verrugoso (un pumba, para entendernos). La infeliz criatura gemía horriblemente mientras los felinos lo devoraban. Marta apenas podía mantener la mirada sobre esa orgía de sangre y dolor. ¿No podría ser la Naturaleza algo menos cruel y hacer que la presa muriese antes de ser despedazada? 

En realidad es así, según nos explicó Raimon. Por norma, las leonas siempre asfixian rápidamente a su presa antes de iniciar su banquete. Pero hay una excepción. Cuando tienen crías a su lado (como era el caso), las leonas tratan de familiarizar a esas crías con la atroz liturgia de la caza, la agonía y la muerte. Es pura formación, nos explicaba Raimon, pura formación…


Chui
Los masais admiran y respetan al león, odian al elefante (es un odio enigmático, quizá debido a la envidia frente a un criatura invulnerable), pero temen, con un temor casi reverencial, al chui, al leopardo, en quien ven una especie de criatura sobrenatural y malvada, que caza a traición, se esconde y camufla y a veces, como los hombres, mata solo por el aparente placer de mostrar su poder. Una leyenda dice que Maasinta, el héroe mítico de los masais, que enseño a su pueblo a subir montañas, rogar por la lluevia y cuidar del ganado, intentó un día cazar un leopardo, pero ni siquiera sus flechas consiguieron dañar a este poderoso ser. Eso sí, las incontables flechas de Maasinta dejaron una huella, cada una de ellas, en la piel del leopardo. Y fue así como este felino adquirió sus manchas.
 

Chui

Los masais admiran y respetan al león, odian al elefante (es un odio enigmático, quizá debido a la envidia frente a un criatura invulnerable), pero temen, con un temor casi reverencial, al chui, al leopardo, en quien ven una especie de criatura sobrenatural y malvada, que caza a traición, se esconde y camufla y a veces, como los hombres, mata solo por el aparente placer de mostrar su poder. Una leyenda dice que Maasinta, el héroe mítico de los masais, que enseño a su pueblo a subir montañas, rogar por la lluevia y cuidar del ganado, intentó un día cazar un leopardo, pero ni siquiera sus flechas consiguieron dañar a este poderoso ser. Eso sí, las incontables flechas de Maasinta dejaron una huella, cada una de ellas, en la piel del leopardo. Y fue así como este felino adquirió sus manchas.

 


Queda el atardecer.
Parafraseando a Borges, habría que decir que no es ni en la mañana, ni en el día, ni en la noche, ni en la madrugada, cuando nos es dado ver la Naturaleza. La mañana es una soberbia de azules explosivos, un exceso veloz que surca el cielo, un abuso de sol amontonándose por los rincones…El día es tan solo el escenario de nuestros afanes o nuestras perezas, y en su tablero solo esas piezas pueden moverse. La noche es el falso prodigio, la culminación de los macilentos faroles y el tiempo en el que lo objetivo se deja manipular y pierde un poco de su sólida insolencia. La madrugada es criatura vil y falaz, pues encubre la gran conspiración que el mundo trama para poner en pie de nuevo todo aquello que fracasó diez horas antes y va alineando árboles, encendiendo luces y repintando horizontes, hasta que nos sentimos obligados a rendirnos ante la infame prepotencia de su victoria, resignándonos a que nos remachen un día más en el alma. 
Queda el atardecer.
 

Queda el atardecer.

Parafraseando a Borges, habría que decir que no es ni en la mañana, ni en el día, ni en la noche, ni en la madrugada, cuando nos es dado ver la Naturaleza. La mañana es una soberbia de azules explosivos, un exceso veloz que surca el cielo, un abuso de sol amontonándose por los rincones…El día es tan solo el escenario de nuestros afanes o nuestras perezas, y en su tablero solo esas piezas pueden moverse. La noche es el falso prodigio, la culminación de los macilentos faroles y el tiempo en el que lo objetivo se deja manipular y pierde un poco de su sólida insolencia. La madrugada es criatura vil y falaz, pues encubre la gran conspiración que el mundo trama para poner en pie de nuevo todo aquello que fracasó diez horas antes y va alineando árboles, encendiendo luces y repintando horizontes, hasta que nos sentimos obligados a rendirnos ante la infame prepotencia de su victoria, resignándonos a que nos remachen un día más en el alma. 

Queda el atardecer.

 


Sueños y cebollas.

Tanzania fue el sueño casi realizado de Julius Nyerere, el Mwalimu, el Maestro. Sin derramar una sola gota de sangre consiguió la independencia y la unidad nacional, allá por los años 60, que fueron años de liberación para Africa y utopía para el mundo. Y lo consiguió gritando no solo “uru” (revolución o libertad), sino más bien “uru na ujamaa”, es decir, libertad y fraternidad. Quizá porque sabía que no puede haber libertad sin fraternidad, ni verdadera fraternidad sin libertad.
Nyerere pensaba que la organización social natural de los africanos era el socialismo, entendido como undugu, es decir, como la sincera y primitiva fraternidad entre las familias y los miembros de la tribu. Una solidaridad impresa en los genes de los africanos en la forma de la fraternidad tribal o ujamaa y, que podría y debería expandirse hacia la sociedad como un todo dando sentido así al undugu. 
El admirable Mwalimo quiso en suma poner en práctica el hermoso principio panafricano de “ubuntu”, es decir, yo soy yo, solo en la medida en que nosotros somos nosotros.
Con esas convicciones, Nyerere puso en marcha un colosal programa de colectivización y cooperativismo. Se trataba de poner en práctica la declaración constitucional de Arusha, de 1967: “El objetivo…es construir una sociedad en la que todos los miembros tengan iguales derechos e iguales oportunidades, en la que todos puedan vivir en paz con sus vecinos, sin sufrir ni hacer sufrir injusticias, sin ser explotados ni explotar a nadie; y en la que todos tengan un acceso gradual a un nivel básico de bienestar material antes de que ningún individuo aislado pueda vivir en el lujo”.
Pero ese sueño acabó fracasando. En parte porque Nyerere se ganó la enemistad del poder financiero internacional. Pero también porque las gentes sencillas de su pueblo no acababan de asimilar que, en aras del undugu, que el gobierno les forzase a abandonar su insignificante huerto, sus amigos, sus cervezas compartidas en el mísero chamizo de la aldea, para trabajar en aquellas gigantescas cooperativas impersonales, especie de kibutzs a la africana. 
De todos modos, como suele ocurrir con los verdaderos visionarios, Nyerere fracasó solo parcialmente. Dimitió, pero dejó un país en el que más de cien tribus siguieron conviviendo en paz, cosa notable en un entorno geográfico que se desangra en terribles enfrentamientos tribales. Su sistema de educación y sanidad pública sobrevivió y hoy en día, cualquier tanzano tiene acceso a la escuela primaria y a una medicina básica pero totalmente gratuita. Y sobre todo, algo dejó en Tanzania del espíritu de Ujama. Ese espíritu es el que hace posible, por ejemplo, que Tanzania sea uno de los países del mundo que más refugiados acoge, pese a su enorme pobreza: 450.000 en estos momentos, pero llegarón a ser diez veces más, cuando los Tutsis y los Hutus de Ruanda emprendieron aquel genocidi. Esto es un dato notable, cuando seguimos leyendo noticias en los periódicos españoles que hablan del horror general ante el puñado de subsaharianos que saltan la valla o cruzan el estrecho en pateras. El Ujama de Nyerere también se puede sentir, por ejemplo, viendo los enormes y fragantes campos de cebolla roja de Namanga Chini, donde hemos pernoctado dos noches. Son campos que abastecen de esta hortaliza a medio Africa; inmensas plantaciones que no pertenecen a ningún adinerado colono inglés, como se podría esperar si estuviésemos en Kenia, por ejemplo. Pertenecen al pueblo de Namanga; al mismo pueblo que trabaja con humilde dignidad estos campos, que están siendo irrigados por cierto gracias a diferentes proyectos de cooperación y asistencia financiados por instituciones españolas.
Ayer, mientras me adormecía escuchando a lo lejos el ruido o kelele rítmico de la gigantesca maji bomba (bomba de maji, de agua, como el árabe ma) de Namanga, que acaso mis impuestos han mínimamente financiado, pensé que el sueño de Nyerere, el ujuma, el undugu, el ubunto, está vivo, después de todo, y lo puedes encontrar en estos interminables campos de cebolla, no muy lejos del Ngorongoro.

Sueños y cebollas.

Tanzania fue el sueño casi realizado de Julius Nyerere, el Mwalimu, el Maestro. Sin derramar una sola gota de sangre consiguió la independencia y la unidad nacional, allá por los años 60, que fueron años de liberación para Africa y utopía para el mundo. Y lo consiguió gritando no solo “uru” (revolución o libertad), sino más bien “uru na ujamaa”, es decir, libertad y fraternidad. Quizá porque sabía que no puede haber libertad sin fraternidad, ni verdadera fraternidad sin libertad.

Nyerere pensaba que la organización social natural de los africanos era el socialismo, entendido como undugu, es decir, como la sincera y primitiva fraternidad entre las familias y los miembros de la tribu. Una solidaridad impresa en los genes de los africanos en la forma de la fraternidad tribal o ujamaa y, que podría y debería expandirse hacia la sociedad como un todo dando sentido así al undugu. 

El admirable Mwalimo quiso en suma poner en práctica el hermoso principio panafricano de “ubuntu”, es decir, yo soy yo, solo en la medida en que nosotros somos nosotros.

Con esas convicciones, Nyerere puso en marcha un colosal programa de colectivización y cooperativismo. Se trataba de poner en práctica la declaración constitucional de Arusha, de 1967: “El objetivo…es construir una sociedad en la que todos los miembros tengan iguales derechos e iguales oportunidades, en la que todos puedan vivir en paz con sus vecinos, sin sufrir ni hacer sufrir injusticias, sin ser explotados ni explotar a nadie; y en la que todos tengan un acceso gradual a un nivel básico de bienestar material antes de que ningún individuo aislado pueda vivir en el lujo”.

Pero ese sueño acabó fracasando. En parte porque Nyerere se ganó la enemistad del poder financiero internacional. Pero también porque las gentes sencillas de su pueblo no acababan de asimilar que, en aras del undugu, que el gobierno les forzase a abandonar su insignificante huerto, sus amigos, sus cervezas compartidas en el mísero chamizo de la aldea, para trabajar en aquellas gigantescas cooperativas impersonales, especie de kibutzs a la africana. 

De todos modos, como suele ocurrir con los verdaderos visionarios, Nyerere fracasó solo parcialmente. Dimitió, pero dejó un país en el que más de cien tribus siguieron conviviendo en paz, cosa notable en un entorno geográfico que se desangra en terribles enfrentamientos tribales. Su sistema de educación y sanidad pública sobrevivió y hoy en día, cualquier tanzano tiene acceso a la escuela primaria y a una medicina básica pero totalmente gratuita. Y sobre todo, algo dejó en Tanzania del espíritu de Ujama. Ese espíritu es el que hace posible, por ejemplo, que Tanzania sea uno de los países del mundo que más refugiados acoge, pese a su enorme pobreza: 450.000 en estos momentos, pero llegarón a ser diez veces más, cuando los Tutsis y los Hutus de Ruanda emprendieron aquel genocidi. Esto es un dato notable, cuando seguimos leyendo noticias en los periódicos españoles que hablan del horror general ante el puñado de subsaharianos que saltan la valla o cruzan el estrecho en pateras. El Ujama de Nyerere también se puede sentir, por ejemplo, viendo los enormes y fragantes campos de cebolla roja de Namanga Chini, donde hemos pernoctado dos noches. Son campos que abastecen de esta hortaliza a medio Africa; inmensas plantaciones que no pertenecen a ningún adinerado colono inglés, como se podría esperar si estuviésemos en Kenia, por ejemplo. Pertenecen al pueblo de Namanga; al mismo pueblo que trabaja con humilde dignidad estos campos, que están siendo irrigados por cierto gracias a diferentes proyectos de cooperación y asistencia financiados por instituciones españolas.

Ayer, mientras me adormecía escuchando a lo lejos el ruido o kelele rítmico de la gigantesca maji bomba (bomba de maji, de agua, como el árabe ma) de Namanga, que acaso mis impuestos han mínimamente financiado, pensé que el sueño de Nyerere, el ujuma, el undugu, el ubunto, está vivo, después de todo, y lo puedes encontrar en estos interminables campos de cebolla, no muy lejos del Ngorongoro.


Dioses.

Borges decía que todo hombre sabio debe ser, o intentar ser, además de otras cosas, teólogo. Y que, por supuesto, no hace falta fe para serlo. Les he protestado esto a mis hijas, que se extrañan de que les cuente tantas cosas sobre los dioses africanos. 
En cuanto se descuidan, les hablo, por ejemplo, de Bumba, el dios de los Boshongo, que estuvo muchas eras solo en un mundo que era solo de agua, hasta que le dio un dolor de barriga muy fuerte y vomitó el sol, la luna y, finalmente, las criaturas vivas. O de Faro, el dios de los Bambara, una extraña potencia andrógina a la que las oscilaciones del universo dejan grávida y que acaba dando a luz a los dos gemelos de los que proviene toda la especie humana. O de Ka Tyeleo, el dios de los Senufo, en Costa de Marfil, que creó el mundo en siete días justos, siendo la quinta jornada la que usó para dar forma a los animales y la séptima la que utilizó para crear los arbustos que tienen frutas comestibles…
O les hablo de Adro, el dios de los Lupara, de Africa Occidental, que vive con su esposa y sus hijos en  los ríos y que solo se manifiesta a los humanos en la forma de pequeños tornados de polvo pues, después de crear a la Humanidad y ver su comporamiento, prefirió mantenerse completamente al margen de ella. 
Este dios Adro, por cierto, se parece mucho a Ogg, la divinidad de los datoga, un pueblo de diestros herreros, como los que ayer fabricaron para nosotros y ante nosotros un par de pulseras de cobre en una insospechada fragua campestre. El dios de los datoga no interviene en los asuntos humanos, si acaso mínimamente. Es un dios que se limita a observar, displicente e indiferente, lo que hacemos aquí abajo. 
Esta divinidad de los herreros no es muy diferente de lo que se atrevió a concebir Hume, que entrevió el mundo como creación inacabada de un dios torpe; un dios que abandonó todo esto a medio hacer, un tanto avergonzado y abrumado por la deficiente factura; un dios menor, en suma, subalterno, quizá ya decrépito y jubilado, del que los verdaderos dioses se burlan…

Dioses.

Borges decía que todo hombre sabio debe ser, o intentar ser, además de otras cosas, teólogo. Y que, por supuesto, no hace falta fe para serlo. Les he protestado esto a mis hijas, que se extrañan de que les cuente tantas cosas sobre los dioses africanos. 

En cuanto se descuidan, les hablo, por ejemplo, de Bumba, el dios de los Boshongo, que estuvo muchas eras solo en un mundo que era solo de agua, hasta que le dio un dolor de barriga muy fuerte y vomitó el sol, la luna y, finalmente, las criaturas vivas. O de Faro, el dios de los Bambara, una extraña potencia andrógina a la que las oscilaciones del universo dejan grávida y que acaba dando a luz a los dos gemelos de los que proviene toda la especie humana. O de Ka Tyeleo, el dios de los Senufo, en Costa de Marfil, que creó el mundo en siete días justos, siendo la quinta jornada la que usó para dar forma a los animales y la séptima la que utilizó para crear los arbustos que tienen frutas comestibles…

O les hablo de Adro, el dios de los Lupara, de Africa Occidental, que vive con su esposa y sus hijos en  los ríos y que solo se manifiesta a los humanos en la forma de pequeños tornados de polvo pues, después de crear a la Humanidad y ver su comporamiento, prefirió mantenerse completamente al margen de ella. 

Este dios Adro, por cierto, se parece mucho a Ogg, la divinidad de los datoga, un pueblo de diestros herreros, como los que ayer fabricaron para nosotros y ante nosotros un par de pulseras de cobre en una insospechada fragua campestre. El dios de los datoga no interviene en los asuntos humanos, si acaso mínimamente. Es un dios que se limita a observar, displicente e indiferente, lo que hacemos aquí abajo. 

Esta divinidad de los herreros no es muy diferente de lo que se atrevió a concebir Hume, que entrevió el mundo como creación inacabada de un dios torpe; un dios que abandonó todo esto a medio hacer, un tanto avergonzado y abrumado por la deficiente factura; un dios menor, en suma, subalterno, quizá ya decrépito y jubilado, del que los verdaderos dioses se burlan…


Baobabs.

Una hermosa leyenda hadzabe dice que cuando dios creó los árboles, uno de ellos se enfadó porque no se conformaba con su naturaleza de árbol, es decir, con su inexorable destino de inmovilidad. El dios de los hadzabe, gentes de estilo de vida bosquimano y lenguaje de clics, si irritó con ese inconformismo, y en castigo, plantó al revés esos árboles rebeldes-los baobabs- en la tierra, es decir„ con las raíces hacia el cielo. 
Es una leyenda creíble, pues nadie negará que un baobab parece tener sus ramas enterradas y sus raíces en el aire. Me contaron ayer esta leyenda, mientras, a la sombra de un gran baobab, nos se chamuscaban unas perdices africanas recién cazadas por tres jóvenes hadzabes, esa tribu con lengua de clics y que aquí conocen como bosquimanos, manejando certeramente el arco y las flechas ante mi asombrada mirada. Las asaron allí mismo, encendiendo el fuego frotando madera y hojas secas. Junto al baobab. Mis chicas dicen que es la mejor carne que jamás han comido. Yo me abstuve.
 

Baobabs.

Una hermosa leyenda hadzabe dice que cuando dios creó los árboles, uno de ellos se enfadó porque no se conformaba con su naturaleza de árbol, es decir, con su inexorable destino de inmovilidad. El dios de los hadzabe, gentes de estilo de vida bosquimano y lenguaje de clics, si irritó con ese inconformismo, y en castigo, plantó al revés esos árboles rebeldes-los baobabs- en la tierra, es decir„ con las raíces hacia el cielo. 

Es una leyenda creíble, pues nadie negará que un baobab parece tener sus ramas enterradas y sus raíces en el aire. Me contaron ayer esta leyenda, mientras, a la sombra de un gran baobab, nos se chamuscaban unas perdices africanas recién cazadas por tres jóvenes hadzabes, esa tribu con lengua de clics y que aquí conocen como bosquimanos, manejando certeramente el arco y las flechas ante mi asombrada mirada. Las asaron allí mismo, encendiendo el fuego frotando madera y hojas secas. Junto al baobab. Mis chicas dicen que es la mejor carne que jamás han comido. Yo me abstuve.

 


Out of Africa
Memorias de Africa es, junto con Buscando el Tiempo Perdido, la peor traducción posible,  y la más infiel, del título de una obra maestra de la literatura.
Cuando Dinesen tituló así su novela, en 1936 si no me equivocó, quiso hacer un guiño a una teoría antropológica o paleontológica que entonces empezaba a ser divulgada y que se confirmaría algunas décadas después con la aparición de los huesos de la pequeña Lucy, imaginada en el cielo y con diamantes por los Beatles (Bitizu, los llaman aquí). Me refiero a la teoría según la cual la Humanidad nació en Africa y salió de Africa. A esa teoría, concebida en buena medida por Leakey en este remoto rincón de Olduvai, rebosante de duvais, es decir, de sisales en lengua masai, ya se la conocía, en los medios cultos de los años 30, como la Out of Africa Theory. 
Eso es lo que pretendió sugerir la autora: que yo nací de verdad en Africa, que yo nací aquí, como la Humanidad entera. Que yo vine de allí. Que mis raíces, mi yo, mi verdadera naturaleza, la encontré allí.
Lo que no se me ocurre es cómo hacer una traducción alternativa y correcta del título pensado por Dinesen. Miro los sisales de Olduvai agitados por el viento seco que llega del Serengueti, y pienso que quizá no es posible.
 

Out of Africa

Memorias de Africa es, junto con Buscando el Tiempo Perdido, la peor traducción posible,  y la más infiel, del título de una obra maestra de la literatura.

Cuando Dinesen tituló así su novela, en 1936 si no me equivocó, quiso hacer un guiño a una teoría antropológica o paleontológica que entonces empezaba a ser divulgada y que se confirmaría algunas décadas después con la aparición de los huesos de la pequeña Lucy, imaginada en el cielo y con diamantes por los Beatles (Bitizu, los llaman aquí). Me refiero a la teoría según la cual la Humanidad nació en Africa y salió de Africa. A esa teoría, concebida en buena medida por Leakey en este remoto rincón de Olduvai, rebosante de duvais, es decir, de sisales en lengua masai, ya se la conocía, en los medios cultos de los años 30, como la Out of Africa Theory. 

Eso es lo que pretendió sugerir la autora: que yo nací de verdad en Africa, que yo nací aquí, como la Humanidad entera. Que yo vine de allí. Que mis raíces, mi yo, mi verdadera naturaleza, la encontré allí.

Lo que no se me ocurre es cómo hacer una traducción alternativa y correcta del título pensado por Dinesen. Miro los sisales de Olduvai agitados por el viento seco que llega del Serengueti, y pienso que quizá no es posible.

 



Olor.

Los veteranos del Real Madrid están de gira por Tanzania. Uno de estos días han visitado, cómo no, una boma masai. En la portada de un periódico de Arusha aparece la ignara esposa de uno de los ex-jugadores, tapándose abiertamente la nariz, supongo que por el olor que sus delicadas pituitarias no son capaces de resistir.  
Lógicamente, he sentido cierta indignación y verguenza ajena, aibu y kasirika, que se diría en swahili, al ver esa foto.
Reconozco que los masais huelen fuerte. Pero un visitante debe contener la tentación de taparse las narices, digo yo. Además, hay que entender de dónde viene ese olor. No es el sudor corporal, como se suele pensar. Los masais apenas sudan. Es el olor de una especie de sebo de vaca que los masais utilizan para impregnarse y para conseguir que los animales salvajes les reconozcan y les esquiven. Quizás si esa damisela de la nariz tapada supiese esto, se habría contenido en su gesto, tan descortés hacia los anfitriones. O tal vez tampoco.
 

Olor.

Los veteranos del Real Madrid están de gira por Tanzania. Uno de estos días han visitado, cómo no, una boma masai. En la portada de un periódico de Arusha aparece la ignara esposa de uno de los ex-jugadores, tapándose abiertamente la nariz, supongo que por el olor que sus delicadas pituitarias no son capaces de resistir.  

Lógicamente, he sentido cierta indignación y verguenza ajena, aibu y kasirika, que se diría en swahili, al ver esa foto.

Reconozco que los masais huelen fuerte. Pero un visitante debe contener la tentación de taparse las narices, digo yo. Además, hay que entender de dónde viene ese olor. No es el sudor corporal, como se suele pensar. Los masais apenas sudan. Es el olor de una especie de sebo de vaca que los masais utilizan para impregnarse y para conseguir que los animales salvajes les reconozcan y les esquiven. Quizás si esa damisela de la nariz tapada supiese esto, se habría contenido en su gesto, tan descortés hacia los anfitriones. O tal vez tampoco.

 


Estrellas en la hierba.

Ya en noche cerrada, caminando hacia la tienda, en lo más profundo (kati kati) del Serengueti, el masai que nos escolta me dice, excitado, algo así como que hay “statas” en el suelo. ¿Statas?. No le entiendo. ¿Será algún tipo de reptil? Pero él dice que me lo puede jurar, y señala con su linterna hacia la pradera…¡Ah, ya veo por fin, son los ojos de incontables animales agazapados en la hierba: ngiris (jabalíes), fisis (hienas), sunguras (liebres) y tal vez bwehas (chacales)…No entendí al principio la lírica metáfora del vigilante: estrellas, stars, en el suelo. Y no la entendí pese a que es un verdadero lugar común de la poesía: aguas como cristales, manos como la nieve, ojos que brillan astros y astros que miran como ojos…Estoy poco espabilado. O quizá sean las dos o tres copas de amarula que me he tomado.
 

Estrellas en la hierba.

Ya en noche cerrada, caminando hacia la tienda, en lo más profundo (kati kati) del Serengueti, el masai que nos escolta me dice, excitado, algo así como que hay “statas” en el suelo. ¿Statas?. No le entiendo. ¿Será algún tipo de reptil? Pero él dice que me lo puede jurar, y señala con su linterna hacia la pradera…¡Ah, ya veo por fin, son los ojos de incontables animales agazapados en la hierba: ngiris (jabalíes), fisis (hienas), sunguras (liebres) y tal vez bwehas (chacales)…No entendí al principio la lírica metáfora del vigilante: estrellas, stars, en el suelo. Y no la entendí pese a que es un verdadero lugar común de la poesía: aguas como cristales, manos como la nieve, ojos que brillan astros y astros que miran como ojos…Estoy poco espabilado. O quizá sean las dos o tres copas de amarula que me he tomado.

 


Aug 23
Amboseli

La belleza, como la verdad, no suele ser pura. Y si es pura, no suele ser bella, ni suele ser verdad.
Esto se aprecia, por ejemplo, cuando se mira una puesta de sol, epítome intemporal de lo bello. 
Es significativo que la puesta del sol no tome su belleza del astro rey, sino del humilde polvo de la tierra. 
El sol, sin polvo en suspensión, no es sino un cegador foco de luz. 
Por eso, los atardeceres en Amboseli (o los del Guadarrama, que fascinaban a Velazquez) son majestuosos. Incluso Mercedes, que no es una gran experta con la máquina, consigue imágenes hermosas.
Porque Amboseli, Embusel, significa justamente lugar polvoriento, en el idioma de los masais. El polvo volcánico, fruto de erupciones antiquísimas del Kilimanjaro y otros cráteres próximos, lo envuelve y lo penetra todo por aquí. Pero la ventaja es que ese mismo finísimo polvo es el que hace posible una escenografía solar prodigiosa que se repite cada tarde. Dan ganas de aplaudir cada crepúsculo, como, asombrado, vi hacer días atrás en el Café del Mar, allá en Ibiza. Aunque en ese lugar que ahora me parece tan remoto, cobraban por el simple privilegio de mirar al sol (lo que es el colmo de la locura marketiniana), mientras que aquí, por ahora, es gratis. Pero no me fío.

Amboseli

La belleza, como la verdad, no suele ser pura. Y si es pura, no suele ser bella, ni suele ser verdad.

Esto se aprecia, por ejemplo, cuando se mira una puesta de sol, epítome intemporal de lo bello. 

Es significativo que la puesta del sol no tome su belleza del astro rey, sino del humilde polvo de la tierra. 

El sol, sin polvo en suspensión, no es sino un cegador foco de luz. 

Por eso, los atardeceres en Amboseli (o los del Guadarrama, que fascinaban a Velazquez) son majestuosos. Incluso Mercedes, que no es una gran experta con la máquina, consigue imágenes hermosas.

Porque Amboseli, Embusel, significa justamente lugar polvoriento, en el idioma de los masais. El polvo volcánico, fruto de erupciones antiquísimas del Kilimanjaro y otros cráteres próximos, lo envuelve y lo penetra todo por aquí. Pero la ventaja es que ese mismo finísimo polvo es el que hace posible una escenografía solar prodigiosa que se repite cada tarde. Dan ganas de aplaudir cada crepúsculo, como, asombrado, vi hacer días atrás en el Café del Mar, allá en Ibiza. Aunque en ese lugar que ahora me parece tan remoto, cobraban por el simple privilegio de mirar al sol (lo que es el colmo de la locura marketiniana), mientras que aquí, por ahora, es gratis. Pero no me fío.


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