Joludi Blog

Apr 13
Nil esse homini melius neque clementia.
Parece que la gente es más feliz cuando llega a la madurez o un poco más allá. Al menos eso es lo que dicen un gran número de estudios al respecto. A mí eso me sorprende. Dicen que la razón puede ser el hecho de que con los años, los corazones se ablandan y la tolerancia hacia los defectos propios y ajenos se abre paso. No se. Ojalá me ocurra a mí también esa bendición. Debo confiar en ello porque al fin y al cabo es un fenómeno bien expresado por muchos autores desde hace miles de años. Por ejemplo, existe un precioso texto de Terencio, en Adelfos, que describe bien esa catarsis que sobreviene con la edad y que ahora validan los psicólogos contemporáneos: 
“Por mucho que un hombre haya definido bien su esquema de vida, lo cierto es que las circunstancias, los años, la experiencia…acaban por introducir un nuevo elemento y enseñar nuevas lecciones. Descubres que no sabes lo que creías que sabías y ahora desprecias aquello que antes creías de primera necesidad. Eso es lo que me ha pasado a mí. El estilo duro de vida al que hasta ahora estaba habituado, es algo a lo que renuncio cuando ya mi carrera está casi completada. ¿Y esto por qué? Pues porque la dureza misma de la vida me ha enseñado que no hay otras cualidades mejores en un hombre que la dulzura de carácter y la tolerancia” (“…id quam ob rem? re ipsa repperi facilitat nil esse homini melius neque clementia”)
 

Nil esse homini melius neque clementia.

Parece que la gente es más feliz cuando llega a la madurez o un poco más allá. Al menos eso es lo que dicen un gran número de estudios al respecto. A mí eso me sorprende. Dicen que la razón puede ser el hecho de que con los años, los corazones se ablandan y la tolerancia hacia los defectos propios y ajenos se abre paso. No se. Ojalá me ocurra a mí también esa bendición. Debo confiar en ello porque al fin y al cabo es un fenómeno bien expresado por muchos autores desde hace miles de años. Por ejemplo, existe un precioso texto de Terencio, en Adelfos, que describe bien esa catarsis que sobreviene con la edad y que ahora validan los psicólogos contemporáneos: 

“Por mucho que un hombre haya definido bien su esquema de vida, lo cierto es que las circunstancias, los años, la experiencia…acaban por introducir un nuevo elemento y enseñar nuevas lecciones. Descubres que no sabes lo que creías que sabías y ahora desprecias aquello que antes creías de primera necesidad. Eso es lo que me ha pasado a mí. El estilo duro de vida al que hasta ahora estaba habituado, es algo a lo que renuncio cuando ya mi carrera está casi completada. ¿Y esto por qué? Pues porque la dureza misma de la vida me ha enseñado que no hay otras cualidades mejores en un hombre que la dulzura de carácter y la tolerancia” (“…id quam ob rem? re ipsa repperi facilitat nil esse homini melius neque clementia”)

 


Decidir, elegir.

En la Antigüedad no estaba nada claro lo del “derecho a decidir”. En realidad, la misma idea de decidir por uno mismo era, entre los primeros cristianos, y en sí mismo algo peligroso, herético. Porque, como es bien sabido, herejía significaba eso precisamente, decidir, separarse, a partir del verbo griego aireo (un verbo cuyo eco también encontramos en palabras como diéresis, que viene a significar elegir entre dos vocales de un diptongo, separarlas por tanto)
En realidad, aireo no tenía una connotación negativa al principio. En los textos evangélicos, por ejemplo, el verbo aireo,en sus diferentes formas, aparece frecuentemente como simple sinónimo de optar o escoger. Sin más. Más tarde, cuando la Iglesia ya está formada como poderosa institución social, es cuando la acción de elegir se convierte en peligrosa de por sí. Era inevitable. Y es entonces cuando se usa la palabra “herejía” para calificar el delito de adoptar una postura distinta a la general. Y para conjurar, con un término que adquiere connotaciones terribles, la vorágine de opciones y elecciones, a cual más peculiar, que surgían a cada instante en cada rincón de aquel mundo en ciernes de cristianización y sometido a poderosísimas fuerzas centrífugas.
Pocas cosas más entretenidas que echar un vistazo breve a la historia de las herejías, es decir, a la historia del derecho a decidir en el ámbito de la religión cristiana. Un vistazo breve a aquellos oscuros tiempos que van desde el siglo I hasta el XI. 
Podríamos empezar por ejemplo con los Simoniacos, cuyo líder, Simón el Mago, se eleva hacia el cielo de Roma, en un prodigio taumatúrgico hasta que San Pedro toma medidas y lo baja bruscamente al suelo, rompiéndole las piernas. Podríamos seguir con los Emerobatistas, que pasaban el día entero sumergidos en el agua bautismal, lo que les venía muy bien “para aprovechar y lavar vestidos y cuerpo”. Luego tendríamos que fijarnos en los Carpocracianos, para los cuales Dios debería tener la apariencia de un asno. O los Basilidianos, que adoraban a los puerros y a las cebollas. O los Dactilorinquitos, que andaban por el mundo con el dedo índice permanentemente en la boca, sugiriendo la necesidad de mantener un silencio absoluto y eterno. O los Sacoforos, que rezaban agitando un dedo en el aire para desorientar al demonio, siempre al acecho. O los Etnófronos, que trataban de comunicarse con Jesucristo y adivinar el futuro mediante interrogatorios formales al queso (desconozco qué variedad)…Y así sucesivamente. No existe historia más fascinante que la historia de las herejías. La historia de los que se empeñaban en ser diferentes, en decidir por sí mismos, en salir del cauce común.

Decidir, elegir.

En la Antigüedad no estaba nada claro lo del “derecho a decidir”. En realidad, la misma idea de decidir por uno mismo era, entre los primeros cristianos, y en sí mismo algo peligroso, herético. Porque, como es bien sabido, herejía significaba eso precisamente, decidir, separarse, a partir del verbo griego aireo (un verbo cuyo eco también encontramos en palabras como diéresis, que viene a significar elegir entre dos vocales de un diptongo, separarlas por tanto)

En realidad, aireo no tenía una connotación negativa al principio. En los textos evangélicos, por ejemplo, el verbo aireo,en sus diferentes formas, aparece frecuentemente como simple sinónimo de optar o escoger. Sin más. Más tarde, cuando la Iglesia ya está formada como poderosa institución social, es cuando la acción de elegir se convierte en peligrosa de por sí. Era inevitable. Y es entonces cuando se usa la palabra “herejía” para calificar el delito de adoptar una postura distinta a la general. Y para conjurar, con un término que adquiere connotaciones terribles, la vorágine de opciones y elecciones, a cual más peculiar, que surgían a cada instante en cada rincón de aquel mundo en ciernes de cristianización y sometido a poderosísimas fuerzas centrífugas.

Pocas cosas más entretenidas que echar un vistazo breve a la historia de las herejías, es decir, a la historia del derecho a decidir en el ámbito de la religión cristiana. Un vistazo breve a aquellos oscuros tiempos que van desde el siglo I hasta el XI. 

Podríamos empezar por ejemplo con los Simoniacos, cuyo líder, Simón el Mago, se eleva hacia el cielo de Roma, en un prodigio taumatúrgico hasta que San Pedro toma medidas y lo baja bruscamente al suelo, rompiéndole las piernas. Podríamos seguir con los Emerobatistas, que pasaban el día entero sumergidos en el agua bautismal, lo que les venía muy bien “para aprovechar y lavar vestidos y cuerpo”. Luego tendríamos que fijarnos en los Carpocracianos, para los cuales Dios debería tener la apariencia de un asno. O los Basilidianos, que adoraban a los puerros y a las cebollas. O los Dactilorinquitos, que andaban por el mundo con el dedo índice permanentemente en la boca, sugiriendo la necesidad de mantener un silencio absoluto y eterno. O los Sacoforos, que rezaban agitando un dedo en el aire para desorientar al demonio, siempre al acecho. O los Etnófronos, que trataban de comunicarse con Jesucristo y adivinar el futuro mediante interrogatorios formales al queso (desconozco qué variedad)…Y así sucesivamente. No existe historia más fascinante que la historia de las herejías. La historia de los que se empeñaban en ser diferentes, en decidir por sí mismos, en salir del cauce común.


Apr 12
Ley universal
La razón por la que las aves migratorias vuelan en bandadas es estrictamente aerodinámica. Buscan el mínimo esfuerzo, lo que resulta imprescindible en sus largas travesías. Lo mismo hacen los ciclistas que ruedan en pelotón. La ley del mínimo esfuerzo es tal vez la ley que explica más cosas del mundo y de la vida.

Ley universal

La razón por la que las aves migratorias vuelan en bandadas es estrictamente aerodinámica. Buscan el mínimo esfuerzo, lo que resulta imprescindible en sus largas travesías. Lo mismo hacen los ciclistas que ruedan en pelotón. La ley del mínimo esfuerzo es tal vez la ley que explica más cosas del mundo y de la vida.


Lección nº 1.
Si alguien me pide consejo sobre cómo afrontar la vida, le digo que lo esencial es aceptar que el Problema forma parte de tu existencia. No te puedes librar de eso. Pero es también estar preparado para que cuando llegue el Problema, que siempre llega, lo puedas mirar a los ojos y le puedas decir: soy más grande que tú, puedo contigo.

Lección nº 1.

Si alguien me pide consejo sobre cómo afrontar la vida, le digo que lo esencial es aceptar que el Problema forma parte de tu existencia. No te puedes librar de eso. Pero es también estar preparado para que cuando llegue el Problema, que siempre llega, lo puedas mirar a los ojos y le puedas decir: soy más grande que tú, puedo contigo.


Talentos.
Hay dos tipos de talento: el de los que tienen visión y el de los que simplemente tienen vista. El mundo está hecho de tal modo, que los primeros están infravalorados casi siempre. Y sobrevalorados los segundos.

Talentos.

Hay dos tipos de talento: el de los que tienen visión y el de los que simplemente tienen vista. El mundo está hecho de tal modo, que los primeros están infravalorados casi siempre. Y sobrevalorados los segundos.


Efímero.

Nada es para siempre. Pero tenemos que actuar, en la mayoría de los casos, como si lo fuera. Tomar conciencia de que todo es efímero lleva a la parálisis.

Efímero.

Nada es para siempre. Pero tenemos que actuar, en la mayoría de los casos, como si lo fuera. Tomar conciencia de que todo es efímero lleva a la parálisis.


Experiencia
Cuando alguien presume de tener “experiencia” en algo, me pongo en estado de alerta. Porque la experiencia no es lo que hacen en uno las cosas que le pasan. Es más bien lo que uno hace con las cosas que le pasan. Son cosas muy diferentes.

Experiencia

Cuando alguien presume de tener “experiencia” en algo, me pongo en estado de alerta. Porque la experiencia no es lo que hacen en uno las cosas que le pasan. Es más bien lo que uno hace con las cosas que le pasan. Son cosas muy diferentes.


Responsabilidad.

Hay quien dice que todos los problemas de nuestra sociedad se deben a que la gente no es responsable de sus propios actos. Pues tal vez. Pero yo pregunto entonces si acaso esa gente es también responsable de no tener responsabilidad. Asunto peliagudo, paradoja insufrible.

Responsabilidad.

Hay quien dice que todos los problemas de nuestra sociedad se deben a que la gente no es responsable de sus propios actos. Pues tal vez. Pero yo pregunto entonces si acaso esa gente es también responsable de no tener responsabilidad. Asunto peliagudo, paradoja insufrible.


Mysterium.
Cuando yo era niño me impresionaban mucho todas esas liturgias pascuales que tienen lugar en estas fechas y que realidad son perfectamente comprensibles desde el punto de vista antropológico, pues al fin y al cabo no son sino ritos apotropaicos para conjurar el pavor respecto a la Muerte. Hoy lo veo todo con comprensión.
El caso es que al niño que fui, tan perplejo ante todo, le parecían sumamente misteriosas aquellas siniestras procesiones que llenaban las calles. Además, yo oía decir a los mayores que eran los “misterios de la Semana Santa”, por lo que esa expresión confirmaba mi sensación de que aquello era en verdad misterioso.
¿Misterioso? ¿Cómo que “misterioso”? A su vez ese término me parecía particularmente extraño en un mundo, como el de la religión, en el que yo veía que todo se nos presentaba como ciertísimo, clarísimo, dogmático, indiscutible y verdadero de toda verdad. ¿Cómo que misterioso, entonces?
Con el tiempo he comprendido que la clave del misterioso misterio era simplemente, como suele ocurrir, una traducción más bien errónea.
La palabra misterio, en griego antiguo, no implicaba la idea de algo inexplicable, sino de algo de lo que no se debía hablar, lo que es muy distinto. Se derivaba del verbo griego muo o mio, que significa enmudecer, callar. Era un término onomatopéyico, pues el propio acto de pronunciar el sonido m nos obliga a cerrar la boca. Algo ha quedado de esta idea entre nosotros. No decir ni mu es estar más mudo que mudo, en cierto modo.
Ahora, bien, entre los griegos, eran comunes ciertos ritos o liturgias secretas, que por ser propias de iniciados, exigían a los participantes un sigilo exquisito. Esto hizo que la palabra misterio acabase significando en griego no tanto la obligación de enmudecer, sino la representación o escenificación teatral respecto de la cual se demandaba máximo secreto. 
Sin embargo, el término mysterion, al pasar al latín, como mysterium, y de ahí a las lenguas romances, lo hizo con la exclusiva connotación de cosa inexplicable, perdiendo el elemento “teatral” y “secretista” que era inherente al vocablo original griego.
Así que los traductores al latín y romances de los textos bíblicos no fueron suficientemente buenos como para captar el matiz “teatral” del misterio griego. Y crearon un lío morrocotudo. Porque aunque quien conozca bien el origen de la palabra (como los teólogos y autores de liturgias) saben que al utilizar misterio solo se refieren a una especial ceremonia, sin especiales enigmas, para el común de los mortales, en cambio, la palabra misterio es…pues eso, misteriosa. Como me ocurría a mí al escucharla cuando era niño y oía al cura decir eso de “vamos a celebrar los sagrados misterios…”
Pero es que incluso el error de traducción ha tenido interesantes consecuencias en el campo estricto de la teología. Hay un tema fascinante que es la noción de “mysterium iniquitatis”, que San Pablo menciona en una de sus epístolas (la segunda a los Tesalonicenses). Esa expresión se ha visto como una extraña referencia al Mal (o Iniquidad) en el mundo, que en verdad es algo misterioso para los creyentes en un Dios bueno y todopoderoso. Pero en realidad, es casi seguro que San Pablo no se refería a eso. Más posiblemente se estaba refiriendo a algo mucho más inquietante, a mi juicio, y mucho más escalofriante. Sí, todo indica que San Pablo, en coherencia con el significado preciso de la expresión griega que utilizó en esa epístola, se refería a algo así como la representación, la escenificación final del Mal en el seno de la Iglesia, entendida como un paso previo para el retorno de Cristo al mundo. Esta interpretación es exactamente la que hace San Agustín y antes que él Ticonio, en quien el de Hipona se inspiró tan a menudo para su obra maestra, la Ciudad de Dios. El Mysterium Iniquitatis de San Pablo es, sin ninguna duda prácticamente, la escenificación de la actividad del Anticristo…en el seno de una Iglesia que es, a la vez, fusca et decora (como reza el Cantar de los Cantares), o sea, oscura y brillante, permixta, mezclada de bien y de mal.
De esa naturaleza dual de la Iglesia (y quizá de toda obra humana) habla estos días Bergoglio, que reconoce por fin el tremendo alcance de la pederastia entre sus filas. Solo le falta decir justamente a este Papa excepcional, que estamos viviendo el verdadero Mysterium Iniquitatis paulino, en su fase final. Pero eso ya lo sugirió  en cierto modo  y sin palabras, su predecesor al tomar esa portentosa decisión de dimitir. Si alguien tiene dudas a este respecto, yo le recomiendo que consulte un largo y sesudo artículo publicado en 1956 por un joven teólogo de 30 años, en la Revue des Etudes Augustiniennes. Es un artículo titulado “Beobachtungen zum Kirchenbegriff des Tyconius im Liber Regularum” y en el se plantea esta concepcion ticoniana y agustiniana del Misterio del Mal como lo que en realidad es, es decir, la representación teatral, la escenificación (mysterium) de la actividad del Anticristo…del Mal operante en el seno de la Iglesia. En particular, el autor del artículo centraba su atención en la séptima de las Reglas de Ticonio, justamente aquella que se titula “De diabolo et eius corpore”, y en la que se describe la doctrina del “corpus bipartitum” de la Iglesa, de su lado diestro y siniestro. 
Pues bien, el joven autor de ese artículo sobre Ticonio y sobre el verdadero Misterio del Mal y el Anticristo en la Iglesia se llamaba, mira por dónde, Joseph Ratzinger.
 

Mysterium.

Cuando yo era niño me impresionaban mucho todas esas liturgias pascuales que tienen lugar en estas fechas y que realidad son perfectamente comprensibles desde el punto de vista antropológico, pues al fin y al cabo no son sino ritos apotropaicos para conjurar el pavor respecto a la Muerte. Hoy lo veo todo con comprensión.

El caso es que al niño que fui, tan perplejo ante todo, le parecían sumamente misteriosas aquellas siniestras procesiones que llenaban las calles. Además, yo oía decir a los mayores que eran los “misterios de la Semana Santa”, por lo que esa expresión confirmaba mi sensación de que aquello era en verdad misterioso.

¿Misterioso? ¿Cómo que “misterioso”? A su vez ese término me parecía particularmente extraño en un mundo, como el de la religión, en el que yo veía que todo se nos presentaba como ciertísimo, clarísimo, dogmático, indiscutible y verdadero de toda verdad. ¿Cómo que misterioso, entonces?

Con el tiempo he comprendido que la clave del misterioso misterio era simplemente, como suele ocurrir, una traducción más bien errónea.

La palabra misterio, en griego antiguo, no implicaba la idea de algo inexplicable, sino de algo de lo que no se debía hablar, lo que es muy distinto. Se derivaba del verbo griego muo o mio, que significa enmudecer, callar. Era un término onomatopéyico, pues el propio acto de pronunciar el sonido m nos obliga a cerrar la boca. Algo ha quedado de esta idea entre nosotros. No decir ni mu es estar más mudo que mudo, en cierto modo.

Ahora, bien, entre los griegos, eran comunes ciertos ritos o liturgias secretas, que por ser propias de iniciados, exigían a los participantes un sigilo exquisito. Esto hizo que la palabra misterio acabase significando en griego no tanto la obligación de enmudecer, sino la representación o escenificación teatral respecto de la cual se demandaba máximo secreto. 

Sin embargo, el término mysterion, al pasar al latín, como mysterium, y de ahí a las lenguas romances, lo hizo con la exclusiva connotación de cosa inexplicable, perdiendo el elemento “teatral” y “secretista” que era inherente al vocablo original griego.

Así que los traductores al latín y romances de los textos bíblicos no fueron suficientemente buenos como para captar el matiz “teatral” del misterio griego. Y crearon un lío morrocotudo. Porque aunque quien conozca bien el origen de la palabra (como los teólogos y autores de liturgias) saben que al utilizar misterio solo se refieren a una especial ceremonia, sin especiales enigmas, para el común de los mortales, en cambio, la palabra misterio es…pues eso, misteriosa. Como me ocurría a mí al escucharla cuando era niño y oía al cura decir eso de “vamos a celebrar los sagrados misterios…”

Pero es que incluso el error de traducción ha tenido interesantes consecuencias en el campo estricto de la teología. Hay un tema fascinante que es la noción de “mysterium iniquitatis”, que San Pablo menciona en una de sus epístolas (la segunda a los Tesalonicenses). Esa expresión se ha visto como una extraña referencia al Mal (o Iniquidad) en el mundo, que en verdad es algo misterioso para los creyentes en un Dios bueno y todopoderoso. Pero en realidad, es casi seguro que San Pablo no se refería a eso. Más posiblemente se estaba refiriendo a algo mucho más inquietante, a mi juicio, y mucho más escalofriante. Sí, todo indica que San Pablo, en coherencia con el significado preciso de la expresión griega que utilizó en esa epístola, se refería a algo así como la representación, la escenificación final del Mal en el seno de la Iglesia, entendida como un paso previo para el retorno de Cristo al mundo. Esta interpretación es exactamente la que hace San Agustín y antes que él Ticonio, en quien el de Hipona se inspiró tan a menudo para su obra maestra, la Ciudad de Dios. El Mysterium Iniquitatis de San Pablo es, sin ninguna duda prácticamente, la escenificación de la actividad del Anticristo…en el seno de una Iglesia que es, a la vez, fusca et decora (como reza el Cantar de los Cantares), o sea, oscura y brillante, permixta, mezclada de bien y de mal.

De esa naturaleza dual de la Iglesia (y quizá de toda obra humana) habla estos días Bergoglio, que reconoce por fin el tremendo alcance de la pederastia entre sus filas. Solo le falta decir justamente a este Papa excepcional, que estamos viviendo el verdadero Mysterium Iniquitatis paulino, en su fase final. Pero eso ya lo sugirió  en cierto modo  y sin palabras, su predecesor al tomar esa portentosa decisión de dimitir. Si alguien tiene dudas a este respecto, yo le recomiendo que consulte un largo y sesudo artículo publicado en 1956 por un joven teólogo de 30 años, en la Revue des Etudes Augustiniennes. Es un artículo titulado “Beobachtungen zum Kirchenbegriff des Tyconius im Liber Regularum” y en el se plantea esta concepcion ticoniana y agustiniana del Misterio del Mal como lo que en realidad es, es decir, la representación teatral, la escenificación (mysterium) de la actividad del Anticristo…del Mal operante en el seno de la Iglesia. En particular, el autor del artículo centraba su atención en la séptima de las Reglas de Ticonio, justamente aquella que se titula “De diabolo et eius corpore”, y en la que se describe la doctrina del “corpus bipartitum” de la Iglesa, de su lado diestro y siniestro. 

Pues bien, el joven autor de ese artículo sobre Ticonio y sobre el verdadero Misterio del Mal y el Anticristo en la Iglesia se llamaba, mira por dónde, Joseph Ratzinger.

 


Imagen de marca.
Unos investigadores han realizado un estudio para demostrar si los violinistas profesionales son capaces de distinguir el sonido de un verdadero Stradivarius. Negativo. Pura filfa. Ni lo distinguen, ni les gusta especialmente. Y son profesionales. Lo que es la imagen de marca…

Imagen de marca.

Unos investigadores han realizado un estudio para demostrar si los violinistas profesionales son capaces de distinguir el sonido de un verdadero Stradivarius. Negativo. Pura filfa. Ni lo distinguen, ni les gusta especialmente. Y son profesionales. Lo que es la imagen de marca…


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