Joludi Blog

Sep 15
De mortis nil.

De mortis nil nisi bonum dicendum est...No hay que decir nada de los muertos, ni siquiera bueno. Vale. De acuerdo. Pero es que estomaga tanto obituario servil y tanta adulación postmortem en los medios. Un buen amigo me dice que todo este jaboneo es la prueba irrefutable de que el país está profundamente enfermo. Yo lo veo más bien como la prueba irrefutable de que los medios ya han agonizado.En cuanto a los egregios finados, no se si habrá razones para considerarlos mejores o peores personas que sus miles de empleados que madrugan cada mañana para ir a trabajar, esforzándose para llegar malamente a fin de mes. Lo que hicieron estos prebostes, bueno o malo, se me antoja que lo hicieron no por filantropía precisamente, sino, en su propio y santo interés y beneficio. No se a qué viene tanto impulso beatificador. Y a todos, por poco informados que estemos, nos consta que los dos usaron, o acaso abusaron, del poder omnímodo que en vida tuvieron. Un poder que a uno sirvió para controlar y manipular, cual sátrapa persa, la vida social, económica y política del país, torciendo el brazo incluso a la Justicia cuando tuvo necesidad y ocasión de hacerlo, y al otro para someter y sojuzgar, desde su impresionante poder de compra, a una constelación de proveedores y comerciantes (no era él, por cierto, quien te devolvía el dinero si no estabas satisfecho…quien te lo devolvía era el sufrido proveedor, que recibía sin más de vuelta su mercancía). Ambos prohombres contribuyeron, con su paroxismo de sucursales, cajeros y moles, a hacer más feas y menos humanas nuestras calles y ciudades. ¿Talento? Puede ser. Pero algo o mucho de su pujanza habrá de ser imputada al contubernio que supieron concebir y mantener con gobiernos y municipios de todos los colores. Uno construyó su imperio en un mundo, el de las modernas finanzas, cuyos pies de barro ahora conocemos bien y al que sabemos ya que ha de atribuirse la infelicidad y la miseria de millones. Otro lo hizo capitalizando una vertiginosa e irrepetible burbuja socioeconómica que, cuando tocó a su fin, le dejó expuesto a la indiscutible superioridad de otros competidores con modelos de distribución mucho más avanzados, creativos y eficientes, desde el sector de los libros y la música, al de la electrónica, la moda, los muebles o el hogar.
Descansen en paz ambos, que tendrán derecho. Pero, por dios, que dejen ya los periodistas de atufarnos con el incienso barato del coro de las vanas alabanzas. Dejemos que el botín siga en manos de Botín. Y que el dinosaurio de la distribución sobreviva si puede bajo la égida de ese sobrino desconocido del prototendero que lleva el nombre, ya es fatalidad, de uno de los dos cacos del Calvario, al que la tradición cristiana quiere ver como el Santo Patrón de los Ladrones.
De mortis nil.
De mortis nil nisi bonum dicendum est...No hay que decir nada de los muertos, ni siquiera bueno. Vale. De acuerdo. Pero es que estomaga tanto obituario servil y tanta adulación postmortem en los medios. Un buen amigo me dice que todo este jaboneo es la prueba irrefutable de que el país está profundamente enfermo. Yo lo veo más bien como la prueba irrefutable de que los medios ya han agonizado.
En cuanto a los egregios finados, no se si habrá razones para considerarlos mejores o peores personas que sus miles de empleados que madrugan cada mañana para ir a trabajar, esforzándose para llegar malamente a fin de mes. Lo que hicieron estos prebostes, bueno o malo, se me antoja que lo hicieron no por filantropía precisamente, sino, en su propio y santo interés y beneficio. No se a qué viene tanto impulso beatificador. Y a todos, por poco informados que estemos, nos consta que los dos usaron, o acaso abusaron, del poder omnímodo que en vida tuvieron. Un poder que a uno sirvió para controlar y manipular, cual sátrapa persa, la vida social, económica y política del país, torciendo el brazo incluso a la Justicia cuando tuvo necesidad y ocasión de hacerlo, y al otro para someter y sojuzgar, desde su impresionante poder de compra, a una constelación de proveedores y comerciantes (no era él, por cierto, quien te devolvía el dinero si no estabas satisfecho…quien te lo devolvía era el sufrido proveedor, que recibía sin más de vuelta su mercancía).
Ambos prohombres contribuyeron, con su paroxismo de sucursales, cajeros y moles, a hacer más feas y menos humanas nuestras calles y ciudades. ¿Talento? Puede ser. Pero algo o mucho de su pujanza habrá de ser imputada al contubernio que supieron concebir y mantener con gobiernos y municipios de todos los colores.
Uno construyó su imperio en un mundo, el de las modernas finanzas, cuyos pies de barro ahora conocemos bien y al que sabemos ya que ha de atribuirse la infelicidad y la miseria de millones. Otro lo hizo capitalizando una vertiginosa e irrepetible burbuja socioeconómica que, cuando tocó a su fin, le dejó expuesto a la indiscutible superioridad de otros competidores con modelos de distribución mucho más avanzados, creativos y eficientes, desde el sector de los libros y la música, al de la electrónica, la moda, los muebles o el hogar.
Descansen en paz ambos, que tendrán derecho. Pero, por dios, que dejen ya los periodistas de atufarnos con el incienso barato del coro de las vanas alabanzas. Dejemos que el botín siga en manos de Botín. Y que el dinosaurio de la distribución sobreviva si puede bajo la égida de ese sobrino desconocido del prototendero que lleva el nombre, ya es fatalidad, de uno de los dos cacos del Calvario, al que la tradición cristiana quiere ver como el Santo Patrón de los Ladrones.

Sep 14
Polvo, tiempo, sueños y agonías.
Veo que en la portada de La Vanguardia hoy hablan de ajedrez. En titulares. Y eso, solo eso, me impulsa a leer. 
Compruebo decepcionado que el periodista se limita a comparar la situación política catalana con una peliaguda partida de ajedrez. ¡Acabáramos!
Curiosamente, también, en el interior, uno de los articulistas menciona, al hilo del proceso soberanista, un cuento sobre dos reyes que juegan al ajedrez mientras, sin que ellos lo sepan, sus ejércitos se enfrentan en sangrienta batalla. 
Los monarcas de ese cuento se enfrascan en su partida, sin tener conciencia de que el tablero sobre el que mueven las piezas y el campo de batalla en el que se desangran sus soldados son solo dos expresiones de un mismo destino inexorable y están misteriosamente conectadas la una con la otra. 
El periodista dice que esto es un cuento escocés, y se lo atribuye a un gran poeta nacional de Escocia, Edwin Morgan.
En realidad, no es así. No creo que el periodista conozca mucho al oscuro Morgan. O quizá sí, dada la actualidad de todo lo escocés. Pero, sin duda, el autor del artículo ha tenido la gran suerte de poder leer a Borges en su idioma original (quizá aprovechando que se cumple ahora su centenario). Y, ciertamente Borges cita esta historia de los dos reyes ajedrecistas en su obrita de 1955, a medias con Bioy, titulada  “Cuentos Breves y Extraordinarios”. Allí, Borges menciona como fuente de la historia una obra de Edwin Morgan (The Week-End Companion to Wales and Cornwall. Chester, 1929).
Pero esto es una broma típica del genio argentino. Nunca escribió el poeta Morgan nada que se parezca a The Week-End Companion, título más propio de una folleto de agencia de viajes que de un libro de poemas o cuentos, lo cual ya debería hacer sospechar al, presumo, sagaz periodista. Por añadidura, Edwin Morgan tenía solo 9 tiernos añitos en 1929, año que Borges menciona, para seguir con la broma, como fecha de publicación de la fementida obra del vate escocés.
Lo único que tenemos de cierto en todo esto es la vinculación de la historia de la partida entre prebostes, entendida como sombra platónica o eco ideal de una conflagración real, al folklore céltico. Pero no al escocés, lo siento mucho, sino al galés. 
Porque el cuento de los dos personajes poderosos absortos en el tablero mientras sus respectivos ejércitos combaten sin que ellos lo sepan, es una de las historias que forman parte del Mabinogion, recopilación de historias del folklore galés publicada por Lady Charlotte Guest en el siglo XIX. Es una narración que nos habla de una mítica partida entre el Rey Arturo y el príncipe Owain. 
Pero, ay, tampoco podemos decir que se trate de una partida de ajedrez, pues es bien sabido que dicho juego, aunque el recopilador de la historia lo ignorase, no llega realmente a Europa hasta muchos siglos más tarde de los tiempos artúricos, y a través de la expansión del Islam. Mas bien sería una partida del impronunciable juego galés de tablero, parecido a las damas, llamado gwyddbwyll. Lo que ocurre es que esta misma divertida palabra es la que se usa actualmente en lengua gaélica para referirse al juego-ciencia. Pero esto es cosa distinta.
La obra de Borges está plena de referencias al ajedrez. Esta que nos ocupa, sacada del Mabinogion o Mabnogion, y que al periodista de la Vanguardia le ha dado pie para su crónica política, es  solo una más entre muchas. 
Porque a Borges el ajedrez le fascinaba tanto como los espejos, los laberintos y los infinitos. 
Quizá porque en el fascinante juego intelectual que es el ajedrez, Borges no veía sino el  enigmático espejo de un mundo laberíntico e infinito.
Un mundo en el que tú y yo somos jugadores, y al mismo tiempo piezas. Trebejos que otro jugador más poderoso mueve sin que nosotros lo sepamos. 
Y quizá, piensa Borges, ese otro jugador, a su vez, es también juego en manos de otro jugador, y así sucesivamente. 
Este pensamiento, en el que resuena el saber gnóstico ancestral, está expresado genialmente en los dos sonetos que Borges dedicó al ajedrez, y que terminan con los versos admirables: 
 “Dios mueve al jugador y este la pieza /¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías?”

Polvo, tiempo, sueños y agonías.

Veo que en la portada de La Vanguardia hoy hablan de ajedrez. En titulares. Y eso, solo eso, me impulsa a leer.

Compruebo decepcionado que el periodista se limita a comparar la situación política catalana con una peliaguda partida de ajedrez. ¡Acabáramos!

Curiosamente, también, en el interior, uno de los articulistas menciona, al hilo del proceso soberanista, un cuento sobre dos reyes que juegan al ajedrez mientras, sin que ellos lo sepan, sus ejércitos se enfrentan en sangrienta batalla. 

Los monarcas de ese cuento se enfrascan en su partida, sin tener conciencia de que el tablero sobre el que mueven las piezas y el campo de batalla en el que se desangran sus soldados son solo dos expresiones de un mismo destino inexorable y están misteriosamente conectadas la una con la otra. 

El periodista dice que esto es un cuento escocés, y se lo atribuye a un gran poeta nacional de Escocia, Edwin Morgan.

En realidad, no es así. No creo que el periodista conozca mucho al oscuro Morgan. O quizá sí, dada la actualidad de todo lo escocés. Pero, sin duda, el autor del artículo ha tenido la gran suerte de poder leer a Borges en su idioma original (quizá aprovechando que se cumple ahora su centenario). Y, ciertamente Borges cita esta historia de los dos reyes ajedrecistas en su obrita de 1955, a medias con Bioy, titulada  “Cuentos Breves y Extraordinarios”. Allí, Borges menciona como fuente de la historia una obra de Edwin Morgan (The Week-End Companion to Wales and Cornwall. Chester, 1929).

Pero esto es una broma típica del genio argentino. Nunca escribió el poeta Morgan nada que se parezca a The Week-End Companion, título más propio de una folleto de agencia de viajes que de un libro de poemas o cuentos, lo cual ya debería hacer sospechar al, presumo, sagaz periodista. Por añadidura, Edwin Morgan tenía solo 9 tiernos añitos en 1929, año que Borges menciona, para seguir con la broma, como fecha de publicación de la fementida obra del vate escocés.

Lo único que tenemos de cierto en todo esto es la vinculación de la historia de la partida entre prebostes, entendida como sombra platónica o eco ideal de una conflagración real, al folklore céltico. Pero no al escocés, lo siento mucho, sino al galés. 

Porque el cuento de los dos personajes poderosos absortos en el tablero mientras sus respectivos ejércitos combaten sin que ellos lo sepan, es una de las historias que forman parte del Mabinogion, recopilación de historias del folklore galés publicada por Lady Charlotte Guest en el siglo XIX. Es una narración que nos habla de una mítica partida entre el Rey Arturo y el príncipe Owain. 

Pero, ay, tampoco podemos decir que se trate de una partida de ajedrez, pues es bien sabido que dicho juego, aunque el recopilador de la historia lo ignorase, no llega realmente a Europa hasta muchos siglos más tarde de los tiempos artúricos, y a través de la expansión del Islam. Mas bien sería una partida del impronunciable juego galés de tablero, parecido a las damas, llamado gwyddbwyll. Lo que ocurre es que esta misma divertida palabra es la que se usa actualmente en lengua gaélica para referirse al juego-ciencia. Pero esto es cosa distinta.

La obra de Borges está plena de referencias al ajedrez. Esta que nos ocupa, sacada del Mabinogion o Mabnogion, y que al periodista de la Vanguardia le ha dado pie para su crónica política, es  solo una más entre muchas.

Porque a Borges el ajedrez le fascinaba tanto como los espejos, los laberintos y los infinitos. 

Quizá porque en el fascinante juego intelectual que es el ajedrez, Borges no veía sino el  enigmático espejo de un mundo laberíntico e infinito.

Un mundo en el que tú y yo somos jugadores, y al mismo tiempo piezas. Trebejos que otro jugador más poderoso mueve sin que nosotros lo sepamos.

Y quizá, piensa Borges, ese otro jugador, a su vez, es también juego en manos de otro jugador, y así sucesivamente.

Este pensamiento, en el que resuena el saber gnóstico ancestral, está expresado genialmente en los dos sonetos que Borges dedicó al ajedrez, y que terminan con los versos admirables: 

 “Dios mueve al jugador y este la pieza /¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías?”


Sep 13
Sobre la bici.
Me dicen que la bicicleta es peligrosa. Eso es hasta cierto punto cierto. Crecen mucho las víctimas del ciclismo de carretera, sobre todo por la insufrible falta de consideración hacia el ciclista por parte de muchos conductores del maldito automóvil. Pero la bicicleta también salva vidas. A mí, por ejemplo, la bicicleta me salva la vida cada mañana, cuando salgo a pedalear al amanecer. Comprendo que no me entiendas cuando digo esto. Pero eso será porque nunca has experimentado eso oleada de suprema libertad que te envuelve tan pronto te subes al sillín. Eso será porque nunca has comprobado cómo queda atrás la melancolía a medida que haces girar las dos ruedas sobre el sendero. Eso será porque no has sentido nunca el rocío de la mañana en tu frente mientras llegas a la cima de una colina. Eso será porque no has sentido jamás la sensación de volar como un pájaro cuando te deslizas hacia abajo, agazapado sobre el manillar, en una cuesta pronunciada. Eso será porque no has notado nunca cómo canta tu corazón sobre la bici y cómo sientes que vas uniendo un poco a la estirpe de los dioses a cada golpe de pedal. La bicicleta cambia el mundo dulcemente. El tuyo, para empezar.

Sobre la bici.

Me dicen que la bicicleta es peligrosa. Eso es hasta cierto punto cierto. Crecen mucho las víctimas del ciclismo de carretera, sobre todo por la insufrible falta de consideración hacia el ciclista por parte de muchos conductores del maldito automóvil. Pero la bicicleta también salva vidas. A mí, por ejemplo, la bicicleta me salva la vida cada mañana, cuando salgo a pedalear al amanecer. Comprendo que no me entiendas cuando digo esto. Pero eso será porque nunca has experimentado eso oleada de suprema libertad que te envuelve tan pronto te subes al sillín. Eso será porque nunca has comprobado cómo queda atrás la melancolía a medida que haces girar las dos ruedas sobre el sendero. Eso será porque no has sentido nunca el rocío de la mañana en tu frente mientras llegas a la cima de una colina. Eso será porque no has sentido jamás la sensación de volar como un pájaro cuando te deslizas hacia abajo, agazapado sobre el manillar, en una cuesta pronunciada. Eso será porque no has notado nunca cómo canta tu corazón sobre la bici y cómo sientes que vas uniendo un poco a la estirpe de los dioses a cada golpe de pedal. La bicicleta cambia el mundo dulcemente. El tuyo, para empezar.


Wittgenstein y los pasteles de carne.
Mientras cenamos en el jardín unos crujientes pasteles de carne recién traídos de la panadería San Miguel, de Murcia, Rosalía me pregunta para qué diablos sirve la filosofía. 
Me limito a darle la famosa respuesta de Wittgenstein, “la filosofía sirve para ayudar a que la mosca salga de la botella…”.
Es una respuesta que, al igual que el pastel de carne, no ha sido superada hasta la fecha.

Wittgenstein y los pasteles de carne.

Mientras cenamos en el jardín unos crujientes pasteles de carne recién traídos de la panadería San Miguel, de Murcia, Rosalía me pregunta para qué diablos sirve la filosofía.

Me limito a darle la famosa respuesta de Wittgenstein, “la filosofía sirve para ayudar a que la mosca salga de la botella…”.

Es una respuesta que, al igual que el pastel de carne, no ha sido superada hasta la fecha.


Roca Sogdiana.

Esta tarde acompañaré a Silvano hasta la Pedriza del Guadarrama, ese museo pétreo tan infravalorado, para que haga un poco de escalada. Se ha traído los piolets y demás parafernalia. Le pregunto si sabe cuándo y cómo nació el alpinismo.
Pues le digo que fue en Afganistán, y le debemos la idea a Alejandro Magno, allá por el 327 antes de Cristo. El conquistador Macedonio había llegado hasta una fortaleza inexpugnable, situada en lo alto de una enorme roca. Alejandro envío mensajeros para preguntar a los defensores si preferían rendirse. Oxiartes, el dueño de la fortaleza rechazó la oferta, diciendo que se renderían solo cuando los soldados griegos tuviesen alas. Fue entonces cuando a Alejandro (o tal vez a alguno de sus asesores) se le ocurrió la idea de utilizar los clavos y las cuerdas de las tiendas de su campamento para escalar la famosa Roca Sogdiana.  Murieron 30 hombres en el ascenso, según las crónicas, pero el resto se presentó al amanecer ante un asombrado Oxiartes a quien le indicaron que los soldados griegos ya tenían alas. Oxiartes se rindió inmediatamente.

Roca Sogdiana.

Esta tarde acompañaré a Silvano hasta la Pedriza del Guadarrama, ese museo pétreo tan infravalorado, para que haga un poco de escalada. Se ha traído los piolets y demás parafernalia. Le pregunto si sabe cuándo y cómo nació el alpinismo.

Pues le digo que fue en Afganistán, y le debemos la idea a Alejandro Magno, allá por el 327 antes de Cristo. El conquistador Macedonio había llegado hasta una fortaleza inexpugnable, situada en lo alto de una enorme roca. Alejandro envío mensajeros para preguntar a los defensores si preferían rendirse. Oxiartes, el dueño de la fortaleza rechazó la oferta, diciendo que se renderían solo cuando los soldados griegos tuviesen alas. Fue entonces cuando a Alejandro (o tal vez a alguno de sus asesores) se le ocurrió la idea de utilizar los clavos y las cuerdas de las tiendas de su campamento para escalar la famosa Roca Sogdiana.  Murieron 30 hombres en el ascenso, según las crónicas, pero el resto se presentó al amanecer ante un asombrado Oxiartes a quien le indicaron que los soldados griegos ya tenían alas. Oxiartes se rindió inmediatamente.


Contagio.

Los estados mentales son contagiosos. Más que el Ebola. Cada día se añaden nuevos items al elenco de lo que se va transmitiendo de unas almas a otras. 
Los psicólogos ya han demostrado hace tiempo que la melancolía se contagia a poco que te descuides. 
Ahora han probado que lo que se contagia también, y de qué forma, es el stress (Psychoneuroendocrinolgy, vol XLV, 2014).
Quizá esto explica la epidemia rampante de ansiedad y tristeza. 
Pero veámoslo desde el lado positivo. Lo podemos considerar como una prueba de nuestra fascinante capacidad para empatizar con el otro. 
Y además, siempre podemos aspirar a que algún día entre en juego una epidemia de felicidad que neutralice tanto stress y tanta amargura sin demasiado por qué.

Contagio.

Los estados mentales son contagiosos. Más que el Ebola. Cada día se añaden nuevos items al elenco de lo que se va transmitiendo de unas almas a otras.

Los psicólogos ya han demostrado hace tiempo que la melancolía se contagia a poco que te descuides.

Ahora han probado que lo que se contagia también, y de qué forma, es el stress (Psychoneuroendocrinolgy, vol XLV, 2014).

Quizá esto explica la epidemia rampante de ansiedad y tristeza.

Pero veámoslo desde el lado positivo. Lo podemos considerar como una prueba de nuestra fascinante capacidad para empatizar con el otro.

Y además, siempre podemos aspirar a que algún día entre en juego una epidemia de felicidad que neutralice tanto stress y tanta amargura sin demasiado por qué.


Ubicumque amici sunt.
Me preguntan ayer, mientras almorzamos, en qué lugar del mundo me gustaría vivir. Respondo con una frase al estilo de Ciceron: allí donde vivan mis amigos. Ubicumque amici sunt…
Puedes ser feliz prácticamente en cualquier lugar del globo, si tienes seres queridos cerca. Da lo mismo que sea Logroño, Bangalore, Nairobi o San Petersburgo. O un exoplaneta.

Lo importante no es el lugar del mundo en el que te encuentras tú, sino como se encuentra el mundo dentro de tí. 

Y eso, en buena medida, depende de quienes estén a tu lado. Ubicumque amici sunt.

Ubicumque amici sunt.

Me preguntan ayer, mientras almorzamos, en qué lugar del mundo me gustaría vivir. Respondo con una frase al estilo de Ciceron: allí donde vivan mis amigos. Ubicumque amici sunt…

Puedes ser feliz prácticamente en cualquier lugar del globo, si tienes seres queridos cerca. Da lo mismo que sea Logroño, Bangalore, Nairobi o San Petersburgo. O un exoplaneta.

Lo importante no es el lugar del mundo en el que te encuentras tú, sino como se encuentra el mundo dentro de tí.

Y eso, en buena medida, depende de quienes estén a tu lado. Ubicumque amici sunt.


Esta vez no podrá decir que no.
Es un producto grotesco. Y el anuncio tiene tan escaso gusto como el propio producto que anuncia. Pero hay que reconocer que es impactante. Con el impacto propio de los grandes disparates. Y también hay que reconocer que es veraz. Muy veraz. El difunto no podrá ya negarse esta vez, stavolta, a comprar ese diamante sintetizado en laboratorio a partir del carbono de sus propias cenizas. Eso es axiomáticamente cierto. El copywriter, de una agencia italiana que tiene el muy apropiado nombre de Peyote, y a quien imagino partiéndose de culpable risa y jocoso cinismo al escribir el texto, se ha limitado a poner en titulares una verdad que en rigor, es incuestionable. En rigor mortis ciertamente. Pero es que en rigor, todo rigor es mortis.

Esta vez no podrá decir que no.

Es un producto grotesco. Y el anuncio tiene tan escaso gusto como el propio producto que anuncia. Pero hay que reconocer que es impactante. Con el impacto propio de los grandes disparates. Y también hay que reconocer que es veraz. Muy veraz. El difunto no podrá ya negarse esta vez, stavolta, a comprar ese diamante sintetizado en laboratorio a partir del carbono de sus propias cenizas. Eso es axiomáticamente cierto. El copywriter, de una agencia italiana que tiene el muy apropiado nombre de Peyote, y a quien imagino partiéndose de culpable risa y jocoso cinismo al escribir el texto, se ha limitado a poner en titulares una verdad que en rigor, es incuestionable. En rigor mortis ciertamente. Pero es que en rigor, todo rigor es mortis.


Sep 11
Labalaba.
No conseguí fotografiar decentemente ninguna mariposa, en la tarde que pasé en el Lago Manyara, pese a las 1400 especies catalogadas en Tanzania. Todo lo que logré fue una instantánea de una (posiblemente) belenais muy polvorienta que, para fastidiarme, se negó obstinadamente a abrir sus alas ante mi objetivo y solo lo hizo cuando me incorporé, harto ya de resistir el sol y los mosquitos. Me llevé desde luego la belleza de esas criaturas en la memoria. Una belleza que, por cierto, los hombres reconocemos universalmente, independientemente de nuestra cultura o condición. Este reconocimiento de la mariposa es una universalidad que parece reflejarse en la aliteración que está presente en su denominación en muchísimos lenguajes. Es algo realmente notable cómo se da siempre una repetición silábica, como si el imaginario artífice del lenguaje en cuestión hubiese pretendido reflejar fonéticamente el incesante aleteo del lepidóptero. Llaman a la mariposa kipepeo en swahili, volvoreta en portugués, papillon en francés, farfalla en italiano,  bumblebee en inglés, babochka en ruso…Y si investigas un poco en otros idiomas te encuentras a menudo con el mismo fenómeno, desde el pieperuda del búlgaro al precioso labalaba de los hablantes del yoruba, en Africa Occidental. Tiene que haber alguna explicación chomskiana para esta constante. A mí se me ocurre que no es otra sino un eco de la profunda similitud de todos los seres, independientemente de su raza o condición. Solo nos diferenciamos en verdad, como diría Jardiel Poncela, a lo sumo, en la marca de ropa interior que usamos. Esto se aprecia viajando.

Labalaba.

No conseguí fotografiar decentemente ninguna mariposa, en la tarde que pasé en el Lago Manyara, pese a las 1400 especies catalogadas en Tanzania. Todo lo que logré fue una instantánea de una (posiblemente) belenais muy polvorienta que, para fastidiarme, se negó obstinadamente a abrir sus alas ante mi objetivo y solo lo hizo cuando me incorporé, harto ya de resistir el sol y los mosquitos. Me llevé desde luego la belleza de esas criaturas en la memoria. Una belleza que, por cierto, los hombres reconocemos universalmente, independientemente de nuestra cultura o condición. Este reconocimiento de la mariposa es una universalidad que parece reflejarse en la aliteración que está presente en su denominación en muchísimos lenguajes. Es algo realmente notable cómo se da siempre una repetición silábica, como si el imaginario artífice del lenguaje en cuestión hubiese pretendido reflejar fonéticamente el incesante aleteo del lepidóptero. Llaman a la mariposa kipepeo en swahili, volvoreta en portugués, papillon en francés, farfalla en italiano,  bumblebee en inglés, babochka en ruso…Y si investigas un poco en otros idiomas te encuentras a menudo con el mismo fenómeno, desde el pieperuda del búlgaro al precioso labalaba de los hablantes del yoruba, en Africa Occidental. Tiene que haber alguna explicación chomskiana para esta constante. A mí se me ocurre que no es otra sino un eco de la profunda similitud de todos los seres, independientemente de su raza o condición. Solo nos diferenciamos en verdad, como diría Jardiel Poncela, a lo sumo, en la marca de ropa interior que usamos. Esto se aprecia viajando.


Sep 10
Bicicleta.

La bicicleta es como la vida: no se cae si persistes en pedalear; pero si paras, vas al suelo o te derrumbas en la melancolía.
Por cierto que el hecho de que las bicicletas no se caigan cuando pedaleas es tan misterioso como el hecho de que la vida no se venga abajo cuando de verdad crees en ella. 
Desde hace más de 100 años, se ha intentado explicar científicamente ese prodigio del equilibrio del ciclista sobre dos finas ruedas. 
La teoría principal ha sido siempre la giroscópica. Pero no era un enfoque concluyente ni suficientemente explicativo. Experimentalmente, se han diseñado bicicletas con el efecto giroscópico artificialmente neutralizado. Y seguían sin caerse.
Tú mismo puedes descartar el efecto giroscópico (el mismo efecto que sujeta un aro en movimiento) si te fijas en un par de cosas muy significativas. Si lanzas una buena bicicleta hacia delante, sin montura, comprobarás que recorre un largo trecho sin caerse, autoequilibrándose. Pero si la lanzas hacia detrás, verás que se cae inmediatamente. Cosa rara esta diferencia, si la clave del equilibrio fuese realmente la conservación del momento angular. Por otro lado, fíjate también en que no basta pedalear para que la bicicleta se sustente. Necesitas saber manejar el manillar con micromovimientos (algo muy sencillo, que incluso los monos son capaces de hacer).
No. Una bicicleta no es simplemente un doble aro infantil. Se sujeta debido un milagro geométrico, relacionado con la diferencia de centros de gravedad entre la parte delantera y trasera del ingenio, y por la existencia del sensible manillar y la dirección. Esto se ha demostrado, más allá de toda duda, tan tarde como en la última década del siglo XX. Hasta entonces, disfrutábamos del placer insuperable de surcar el mundo sobre el sillín, pero, como suele ocurrir, sin entender bien por qué podíamos hacerlo…Un milagro geométrico, sí, es lo que me ha sostenido esta mañana en mi paseo diario por el bosque, a la luz de una luna inmensa y cegadora. O el que me sustentó el pasado domingo al amanecer, por las calles de Oviedo, emulando a los héroes de la carretera que luego vería de cerca. Siempre en el fascinante equilibrio sobre la bici. Y sobre la vida.

Bicicleta.

La bicicleta es como la vida: no se cae si persistes en pedalear; pero si paras, vas al suelo o te derrumbas en la melancolía.

Por cierto que el hecho de que las bicicletas no se caigan cuando pedaleas es tan misterioso como el hecho de que la vida no se venga abajo cuando de verdad crees en ella. 

Desde hace más de 100 años, se ha intentado explicar científicamente ese prodigio del equilibrio del ciclista sobre dos finas ruedas.

La teoría principal ha sido siempre la giroscópica. Pero no era un enfoque concluyente ni suficientemente explicativo. Experimentalmente, se han diseñado bicicletas con el efecto giroscópico artificialmente neutralizado. Y seguían sin caerse.

Tú mismo puedes descartar el efecto giroscópico (el mismo efecto que sujeta un aro en movimiento) si te fijas en un par de cosas muy significativas. Si lanzas una buena bicicleta hacia delante, sin montura, comprobarás que recorre un largo trecho sin caerse, autoequilibrándose. Pero si la lanzas hacia detrás, verás que se cae inmediatamente. Cosa rara esta diferencia, si la clave del equilibrio fuese realmente la conservación del momento angular. Por otro lado, fíjate también en que no basta pedalear para que la bicicleta se sustente. Necesitas saber manejar el manillar con micromovimientos (algo muy sencillo, que incluso los monos son capaces de hacer).

No. Una bicicleta no es simplemente un doble aro infantil. Se sujeta debido un milagro geométrico, relacionado con la diferencia de centros de gravedad entre la parte delantera y trasera del ingenio, y por la existencia del sensible manillar y la dirección. Esto se ha demostrado, más allá de toda duda, tan tarde como en la última década del siglo XX. Hasta entonces, disfrutábamos del placer insuperable de surcar el mundo sobre el sillín, pero, como suele ocurrir, sin entender bien por qué podíamos hacerlo…Un milagro geométrico, sí, es lo que me ha sostenido esta mañana en mi paseo diario por el bosque, a la luz de una luna inmensa y cegadora. O el que me sustentó el pasado domingo al amanecer, por las calles de Oviedo, emulando a los héroes de la carretera que luego vería de cerca. Siempre en el fascinante equilibrio sobre la bici. Y sobre la vida.


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