Joludi Blog

Aug 11
El origen de la palabra “suerte”.
Las “sors” romanas eran las cuentas de cierto tipo de collares muy primitivos, generalmente en forma de tablillas de madera o bolitas de piedra pulida. El término “sors” proviene del verbo “sero”, que significaba cerrar, engarzar, ligar, anudar…Con esas “sors”, una vez sueltas, los romanos trataban de adivinar el destino. Las lanzaban al aire y veían como caían. O escribían cosas en las tablillas y luego trataban de componer frases, un poco al estilo de ese juego de palabras inscritas en pequeños imanes que algunos tienen en los frigoríficos.Este origen etimológico es sugestivo. Indica que al arrojar las “suertes”, se está tratando de reencontrar la secuencia, el orden de unos acontecimientos que ahora se nos antojan caóticos. Se aspira de algún modo a que las cuentas “recuerden” algo de su orden original, cuando estaban engarzadas, y sugieran con ello algo que nos permita identificar la pauta de lo que está ocurriendo. Al lanzar la suerte se pretende “anudar” lo que está suelto.La palabra “sors” latina perdió pronto el significado original, o más bien este quedó en segundo término frente a la acepción más usual relacionada con el azar y el destino. Echar o lanzar las “sortes” era equivalente a probar fortuna, a “lanzar los dados”. De hecho, se utlizaban indistintamente las dos expresiones. Por ejemplo, Julio Cesar, cuando cruza el Rubicon, exclama “alea jacta est”. Es decir, no dice “la suerte está echada”, sino más bien “los dados están lanzados”, porque “alea” es más bien, originariamente, “dados” y la forma verbal “jacta” indica arrojar al aire. Pero el significado es parecido, por lo que la traducción más usual de la frase de César, no es del todo errónea, aunque me parece más bonita y respetuosa con el sentido original la mencionada en último lugar.“Sors” tuvo muchos derivados en latín, todos relacionados con la fortuna y la adivinación. El término “sortes” pasó a servir para referirse a casi cualquier método adivinatorio imaginable, aunque no tuviese ninguna relación con el procedimiento de lanzar bolitas o tablillas.Una de las “sortes” más populares en Roma era la “Sortes Virgilianae” o “Sortes Homericae”. Consistía en escoger al azar una línea de alguna obra de Virgilio o de Homero y tratar de interpretar su significado en relación con lo que a uno le estaba preocupando en ese momento. Era un método usado desde tiempos remotísimos. Por ejemplo, se contaba que Socrates, cuando estaba en el pasillo de la muerte, consultó la Sortes Homericae. Le salío el verso 9.363 de la Iliada, que decía:“Llegaré sin demora, a la fértil Phthia, justo al tercer día”Y de aquí dedujo Socrates que le quedaban tres dias de vida. Como así fue.Las Sortes Virgilianae o Sortes Homericae evolucionaron, con la llegada del Cristianismo, a las “Sortes Sanctorum”. Era exactamente lo mismo, pero la consulta adivinatoria se hacía con los libros de la patrística cristiana o con la Biblia. A la Iglesia oficial le horrorizaba esta superstición y en casi todos los concilios de los primitivos cristianos las actas reflejan terribles anatemas contra esta práctica. Pero estaba muy extendida. Incluso los jueces visigodos parece que tomaban decisiones basadas en una consulta aleatoria, lo que horroriza a Menéndez Pelayo cuando lo describe. (Por cierto, a mí me parece que la forma en la que utilizan la Biblia algunas de las personas que la consultan, empezando por los neocon que lidera Bush, no dista mucho de esta forma ancestral de superstición…)En fin, lo esencial de este breve análisis etimológico de la “suerte" es que me da la impresión de que el esfuerzo humano por entender el destino, “echando las suertes” es fundamentalmente un esfuerzo por reencontrar un orden previo de las cosas. Un esfuerzo por hacer emerger un orden anterior que por alguna razón se ha perdido. En este sentido, la etimología de "suerte" nos sugiere que las prácticas adivinatorias no son necesariamente una muestra de irracionalidad. Paradójicamente, podrían ser interpretadas de un modo opuesto. Al lanzar las cuentas del collar, el hombre ansía reencontrarse con un orden perdido en el que indudablemente cree. No acepta que el mundo sea una loca sucesión de acontecimientos sin sentido. Busca una pauta, porque cree que existe esa pauta. Y eso es el principio de todo esfuerzo por comprender el mundo.
Creer en la suerte, tirar las “sortes” es en cierto modo apostar por la razón.
Es aspirar a alinear las líneas de un libro cuyas palabras se han desordenado.
Descubrir lo que el destino nos ha ocultado.
Es como aspirar a re-engarzar las cuentas de un collar que se ha deshecho…

El origen de la palabra “suerte”.

Las “sors” romanas eran las cuentas de cierto tipo de collares muy primitivos, generalmente en forma de tablillas de madera o bolitas de piedra pulida. El término “sors” proviene del verbo “sero”, que significaba cerrar, engarzar, ligar, anudar…
Con esas “sors”, una vez sueltas, los romanos trataban de adivinar el destino. Las lanzaban al aire y veían como caían. O escribían cosas en las tablillas y luego trataban de componer frases, un poco al estilo de ese juego de palabras inscritas en pequeños imanes que algunos tienen en los frigoríficos.
Este origen etimológico es sugestivo. Indica que al arrojar las “suertes”, se está tratando de reencontrar la secuencia, el orden de unos acontecimientos que ahora se nos antojan caóticos. Se aspira de algún modo a que las cuentas “recuerden” algo de su orden original, cuando estaban engarzadas, y sugieran con ello algo que nos permita identificar la pauta de lo que está ocurriendo. Al lanzar la suerte se pretende “anudar” lo que está suelto.
La palabra “sors” latina perdió pronto el significado original, o más bien este quedó en segundo término frente a la acepción más usual relacionada con el azar y el destino. Echar o lanzar las “sortes” era equivalente a probar fortuna, a “lanzar los dados”. De hecho, se utlizaban indistintamente las dos expresiones. Por ejemplo, Julio Cesar, cuando cruza el Rubicon, exclama “alea jacta est”. Es decir, no dice “la suerte está echada”, sino más bien “los dados están lanzados”, porque “alea” es más bien, originariamente, “dados” y la forma verbal “jacta” indica arrojar al aire. Pero el significado es parecido, por lo que la traducción más usual de la frase de César, no es del todo errónea, aunque me parece más bonita y respetuosa con el sentido original la mencionada en último lugar.
“Sors” tuvo muchos derivados en latín, todos relacionados con la fortuna y la adivinación. El término “sortes” pasó a servir para referirse a casi cualquier método adivinatorio imaginable, aunque no tuviese ninguna relación con el procedimiento de lanzar bolitas o tablillas.
Una de las “sortes” más populares en Roma era la “Sortes Virgilianae” o “Sortes Homericae”. Consistía en escoger al azar una línea de alguna obra de Virgilio o de Homero y tratar de interpretar su significado en relación con lo que a uno le estaba preocupando en ese momento. Era un método usado desde tiempos remotísimos. Por ejemplo, se contaba que Socrates, cuando estaba en el pasillo de la muerte, consultó la Sortes Homericae. Le salío el verso 9.363 de la Iliada, que decía:
“Llegaré sin demora, a la fértil Phthia, justo al tercer día”
Y de aquí dedujo Socrates que le quedaban tres dias de vida. Como así fue.
Las Sortes Virgilianae o Sortes Homericae evolucionaron, con la llegada del Cristianismo, a las “Sortes Sanctorum”. Era exactamente lo mismo, pero la consulta adivinatoria se hacía con los libros de la patrística cristiana o con la Biblia. A la Iglesia oficial le horrorizaba esta superstición y en casi todos los concilios de los primitivos cristianos las actas reflejan terribles anatemas contra esta práctica. Pero estaba muy extendida. Incluso los jueces visigodos parece que tomaban decisiones basadas en una consulta aleatoria, lo que horroriza a Menéndez Pelayo cuando lo describe. (Por cierto, a mí me parece que la forma en la que utilizan la Biblia algunas de las personas que la consultan, empezando por los neocon que lidera Bush, no dista mucho de esta forma ancestral de superstición…)
En fin, lo esencial de este breve análisis etimológico de la “suerte" es que me da la impresión de que el esfuerzo humano por entender el destino, “echando las suertes” es fundamentalmente un esfuerzo por reencontrar un orden previo de las cosas. Un esfuerzo por hacer emerger un orden anterior que por alguna razón se ha perdido. En este sentido, la etimología de "suerte" nos sugiere que las prácticas adivinatorias no son necesariamente una muestra de irracionalidad. Paradójicamente, podrían ser interpretadas de un modo opuesto. Al lanzar las cuentas del collar, el hombre ansía reencontrarse con un orden perdido en el que indudablemente cree. No acepta que el mundo sea una loca sucesión de acontecimientos sin sentido. Busca una pauta, porque cree que existe esa pauta. Y eso es el principio de todo esfuerzo por comprender el mundo.

Creer en la suerte, tirar las “sortes” es en cierto modo apostar por la razón.

Es aspirar a alinear las líneas de un libro cuyas palabras se han desordenado.

Descubrir lo que el destino nos ha ocultado.

Es como aspirar a re-engarzar las cuentas de un collar que se ha deshecho…


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